Entrevista a Rodolfo Braceli, versión extendida.

Entrevista a Rodolfo Braceli, versión extendida.

jun 9, 12 • In Galeria Flickr, Letras, Música y Letras, Tapa

Entrevista de Andrés Gabrielli a Rodolfo Braceli
Es el primero de una serie de suplementos que presentará el Diario UNO, en su edición de los sábados, con una selección de las célebres entrevistas de este “gran” entrevistador.
Aquí podrás leer la versión extendida de la entrevista, ya que en el suplemento tuvimos que acortarla bastante para adecuarnos a los límites del papel.

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Entrevistar al periodista, al poeta, que se ha vuelto célebre (perdón por el adjetivo) gracias a sus entrevistas, es como jugar un picadito con Messi.

Mete julepe el desafío, pero también contagia adrenalina, ganas de sacarle el jugo a este hombre que ya es todo un personaje… ilustre.
Perdón nuevamente. A Rodolfo Braceli no le cae muy simpático eso de ser “ilustre” y muchísimo menos que uno pretenda erigirle una estatua en vida.
Pero ese es un problema suyo, no nuestro, que tenemos por misión meterle el facón en las entrañas, hasta donde quepa.
La parada es difícil. Porque Braceli es un gran interrogador, pero un oceánico respondedor. Su hablar pausado, quedo y largo; su tendencia al monólogo; su legendaria costumbre de apagarle el grabador a quien osa entrevistarlo; su desconfianza hacia los modernos sistemas de comunicación, como el teléfono móvil o las computadores portátiles… son, hoy, verdaderos escollos a vencer.
Pero, en fin. Ahí vamos.
Don Rodolfo, saque su cuchillo, porque he venido a matarlo.

La Mendoza del Cancionero
–El sábado próximo empezamos a publicar una serie de grandes entrevistas tuyas. Es como una apretada antología. ¿Por qué elegiste esos nombres, entre miles?
–Por ser personajes esenciales, primordiales, mundiales, como Quino o Nicolino Locche. O la Negra Sosa que para mí, artísticamente, es mendocina.
–Artísticamente, pero tenía un alma mendocina, también, ¿no?
–Totalmente. Aquí se hizo mujer. “Aquí me puse gruesa”, decía ella.
–E hizo su crecimiento en buena compañía…
-Claro, con Oscar Matus y Tejada (Gómez), la cantante salió del cascarón. Eso está en el libro que escribí sobre ella. Una noche estábamos en la casa de Iverna Codina de Giagnoni, la novelista chilena. Era una reunión de escritores, pintores y ese tipo de gente. Esa noche, como todas las noches, terminó con la Negra cantando.
–¿Cómo era ella por ese entonces?
–Tenía una cinturita de avispa.
–¿Y era linda Mercedes?
–¡Muy interesante! Coqueta.
–¿Qué pasó, entonces, esa noche?
-Cuando terminó la cosa, Iverna agarró a la Negra, la llevó a un rincón del jardín, era verano…
–¿Vos qué hacías por ahí?
–Y… como yo siempre he andado mironeando y escuchando, me acerqué. Iverna le dijo: “Mirá, Negra, vos lo que tenés que hacer es ponerte ese diente que te falta y volar. Volar de acá, volar…”.
–Y voló.
–Sí. Después de eso, la Negra voló. A Buenos Aires. Y fue pasando las pequeñas penurias de pensión en pensión. La reconocieron en Uruguay. Después vino el gran reconocimiento en Buenos Aires, en América Latina y el mundo.
–Gran importancia le atribuís, entonces, a aquella noche en lo de Iverna.
–Sí, aquella noche mendocina fue como una bisagra.
–¿Cómo era aquella Mendoza del Cancionero con Armando Tejada Gómez, Matus, Tito Francia?
-Justamente eso: era la Mendoza de Carlos Alonso, que ya se estaba yendo a Buenos Aires; la de (Antonio) Di Benedetto, Alberto Rodríguez, Néstor Vega, Crimi. La Mendoza de una cantidad de tipos que venían a la Universidad por unos meses o años y se terminaban quedando. Es el caso de Sergio Sergi, Víctor Delhez, Ducmelic…
–Bueno, pasó Cortázar por acá…
–¡Cortázar! Entre paréntesis, leí últimamente las cartas de Cortázar, los cinco tomos. ¡Cinco tomos! Yo me pregunto, ¿a qué hora escribía? Pues bien, su paso por Mendoza fue muy importante. Tuvo una gran amistad con Sergi.
–¡Una Mendoza añorada, entonces!
–No lo digo con nostalgia, porque si no pareciera que todo tiempo pasado fue mejor. Pero fijate qué personajes, ¿no?: Ramponi, Cúneo, Roig, Alfonso Solá González… ¡Había una potencia! Y la Negra era una esponja en esa Mendoza. Para ella era todo aprendizaje, como si fuera una niña, absorbiendo cada cosa.
–Aunque, supongo, no todo era un cuento de hadas.
-Exactamente. Era una Mendoza, desde el punto de vista artístico, muy fuerte. Pero, por otro lado, estaba la otra Mendoza, totalmente esquiva, conservadora, rechazando todo esto.
–¿De qué año estamos hablando en torno al Nuevo Cancionero?
–En torno a 1961/62. Yo me acuerdo que un domingo, tipo seis de la tarde, aparecieron, con toda naturalidad, por el viejo diario Los Andes, la Negra, Armando, Oscar Matus, Tito Francia, el Mamadera Aragón y alguien más, para anunciar un espectáculo. Di Benedetto me dijo: “Bueno, ahí los tiene”. Y yo fui y les hice la nota, sobre una presentación que tenían al otro día en el Círculo de Periodistas. Era el Nuevo Cancionero.

Sobre el arte de escuchar
–Empecemos a hablar de tu oficio, que tantas satisfacciones te ha dado. ¿Qué es mejor en la vida, preguntar o responder?
–Escuchar.
–Maravilloso…
–Sí, escuchar. Esa es una clave que me costó décadas aprender. Muchas veces, en los seminarios o en entrevistas, suelen elogiar mis preguntas. Y yo les digo que mis preguntas son excusas para entrar en clima. Generando el clima se genera la confesión. Y hay un punto en que la pauta del entrevistador se va, queda de lado, y el mismo entrevistado se encuentra diciendo cosas inesperadas…
–Que ni sabía…
–Que ni sabía, claro.
–Por eso creo que el entrevistador tiene algo también de psicólogo…
-Y de adivinador. Muchas veces yo tiro palabras o se me cae algo al suelo, como esta tapita de agua mineral, y de ahí sale la punta del hilo para la entrevista. Pero, en definitiva, para mí, lo más importante, como decíamos, es saber escuchar. Y esto vale también para la política, para el matrimonio…
-Ok, pero ¿cuál es tu clave personal?
–Mi clave siempre es el miedo.
–A ver si lo explicás un poco.
–He hecho cientos y cientos de entrevistas: a boxeadores, a futbolistas, a actores, a pintores, a científicos, a políticos, a modelos, a presos con cadena perpetua, a premios Nobel, a personajes ignotos… y no recuerdo una sola entrevista a la que haya ido sin el nudo del miedo en el estómago. Es una especie de hélice interna, entre el ombligo y las pelotas. Quiero decir que jamás pude hacer nada de taquito. Sueño con mis entrevistados antes y después del encuentro. Mi miedo, que podría ser una limitación, al final es una herramienta. Ya no lucho para sacarme ese jodido miedo de encima. El miedo, mi miedo, me parece que hace que el entrevistado tenga por su lado menos miedo y se descontracture y se suelte. Y así se va tejiendo, con la mano del sabio azar, la conversación que lleva al clima y a la confesión.
–Me da la impresión de que el tiempo de las grandes entrevistas está pasando. Por lo mismo que dijiste vos. Es un mundo de mucho ruido, el nuestro, en donde ya casi no nos escuchamos.
-Sí. Algunos dicen que la entrevista es un género en extinción. Fernández Díaz lo dijo, precisamente, presentando un libro mío en la Feria, Escritores descalzos. Me quedó zumbando eso. Y yo creo que sí, que tiene razón. Pero no es fatal eso.
–Me interesa profundizar tu punto de vista crítico sobre el asunto.
–La entrevista, tal cual se está planteando en estos tiempos, solo como interrogatorio, no es ni siquiera un género. Cualquiera anota diez preguntas, tiene la precaución de ponerle pilas nuevas al grabador y termina delegando todo en este último.
–Es una renuncia, entonces. Pregunto, pensando en las generaciones jóvenes, ¿cómo debe ser la cosa?
–El género tiene que provocarse, salir del interrogatorio, ir a la conversación, generar clima e ir de ahí a la confesión. El periodista, por otra parte, tiene otras cosas. Tiene cinco sentidos: debe mirar, oler, tocar, todo.
–Apliquemos tus conceptos a una entrevista en particular. Por ejemplo, al azar, con Amalita Fortabat.
–En una larga entrevista, es muy interesante lo que ella me puede decir. Pero estando en su casa hay otras cosas más interesantes todavía. De pronto, en una pared de cuatro por ocho, tiene una fortuna con la que se puede comprar diez manzanas de estas. Mirás hacia otro lado y en una caja fuerte hay un Van Gogh. Estoy con una supermillonaria y de repente me pregunto: ¿qué olor hay en la casa de Amalita Fortabat?
–¿Y qué olor había? ¿Qué descubriste?
–¡Ese es el reportaje! Olía a pizza.
–¿Qué te significó el dato?
–La pizza es una cosa de pobres. “Es lo que como casi todos los días”, me dice Amalita, “me encanta”. La otra cosa, como decíamos antes, es mirar. Entonces miro el piso. Ella me ve y me dice: “Sí, la alfombra está raída. ¿Sabe por qué? Porque la usamos mucho y acá no se tiran las cosas”.
–¿Pero le hiciste preguntas a Amalita, finalmente?
–Le hice una pregunta luego de unas tres horas. Ibamos en un auto y le solté: “¿Qué opina de esta frase: pobre, pero honrado?”. ¡Casi me bajó del auto de la furia que le di!
–¿Por qué?
–Le molestó el hecho de que los pobres fueran honrados y los ricos no. Me dijo: “La gracia no es ser pobre y honrado. La gracia es ser rico y honrado”. Era una mujer de temer. Decía que no había que cortar por lo sano sino más arriba cuando algo estaba enfermo.

Gabo, lo máximo
–¿Cuántos personajes ilustres has entrevistado, más o menos?
-Cientos, desde Atahualpa Yupanqui a Liza Minelli. Un alumno de una escuela de periodismo sacó una especie de cuenta. Desde los años sesenta, llegó a la conclusión de que tengo más de 2.000 entrevistas. Para mí cada una de ellas ha sido una forma de aventura, el conocer al otro…
–Con tanto en tu haber, ¿cuál fue el momento en que sentiste haber tocado el techo? ¿Cuál de ellas fue el súmmum, lo máximo?
-Por lo difícil que resultó, la de García Márquez. Estuve cuatro años tras ella.
–¿Por qué es tan complicado conseguirlo a Gabo?
–A García Márquez sabemos que no se lo puede entrevistar y menos en la Argentina, porque desde que sacó Cien años de soledad en el país, tiene muchos compromisos.
–Habiendo pasado por todas las representantes habidas y por haber, incluyendo a su sobrina, que le lleva la agenda, ¿cómo hiciste para llegar, finalmente?
–Siempre hay una cerradura. Un día vino Maruja Pachón, la protagonista de Noticias de un secuestro, a presentar el libro en Buenos Aires. Conseguí un encuentro con ella. Le dije: “Mire, García Márquez la metió en un libro. Yo lo que quiero hacer ahora es sacarla del libro y reconstruir varias cosas que usted vivió”. Entonces me dio su dirección y su teléfono de Bogotá.
–¿Y te fuiste hasta allá, a la pesca?
–En unos meses, se presentó un viaje a Colombia, más bien turístico. Ibamos periodistas de varios medios. Yo me salí del grupo y le fui a hacer la nota a Maruja. Dos noches después, tomando un vinito –ella tomaba vino chileno-, le pedí que me consiguiera quince minutos por teléfono con García Márquez. Al otro día, estábamos por salir a hacer una foto, y la llamó él. Ahí arregló todo.
–¡Qué momento! ¿Cómo te fuiste preparado?
–Fueron dos horas, con dos grabadores, diez marcadores… Me fui armado con todo.
–Quedó como uno de tus grandes legados.
–Ahí se planteó también el tema de la entrevista. Esa nota se tradujo y terminó con un libro en Italia. Y ha originado un libro que sale ahora, publicado por la Universidad de la Plata y Capital Intelectual, a dúo. Se llama Ciento un años de soledad.
–¿Cómo está conformado el libro?
–Es la entrevista real y una entrevista ficción, que yo le hago a García Márquez. Esta última se ubica en el año 2029, en marzo, el día anterior a su 101° cumpleaños.
–¿Cómo se arma la entrevista ficticia?
–Es muy sencillo. García Márquez está en terapia intensiva, conectado, y yo me meto al hospital. ¿Qué mejor lugar para hacer un secuestro en Colombia? Entro, lo desconecto y me lo llevo a la casa, que es el único lugar a donde no lo van a ir a buscar. Ahí se arma un largo diálogo, una discusión, en donde hablamos de mujeres, de la muerte…
–Un diálogo inventado por vos.
–Totalmente ficción, pero muy entresacado, fuera de contexto, de cosas que él vivió.
–¿Qué otras entrevistas de este tipo figuran?
-Una con Oliverio Girondo. La escribí cuando murió Oliverio.
–Supongo que en circunstancias muy distintas.
–Claro. Esto arrancó cuando yo estaba en Los Andes. En verano había poco que hacer. Entonces Di Benedetto me decía: “Hágales las necrológicas a Chaplin, a Dalí”. Y yo me tenía que hacer la cabeza de que habían muerto. Ahí se me ocurrió ponerme a conversar con Espantapájaros. Eso completa el libro. Hay otras charlas con Rulfo, con Henry Miller. Y otra ficción, en encuentro entre Kafka y Van Gogh. Todo lo que se dicen es textual. Quiero demostrar que Van Gogh era el tipo más sensato de la tierra, no un loco.
–¿Y Kafka?
–Kafka todo el tiempo se quiere suicidar y es Van Gogh el que trata de persuadirlo, porque tiene un optimismo a toda prueba.

El ciudadano ilustre
–Pues bien, has entrevistado a cientos de personajes ilustres. Ahora el ilustre sos vos, Rodolfo Braceli, ciudadano ilustre de Mendoza y de Luján. ¿Cómo se siente eso?
–Fueron dos momentos en donde, realmente, se me fue la laucha al poto. Es medio chileno el dicho. Pero en Mendoza también se decía eso en una época.
–O sea, quedaste tocado.
–Sí, fue muy emocionante porque te encontrás con toda tu vida, con esa suma de cosas que hacen que vos estés ahí. Yo sueño con hacer un gran tributo mío a los traspapelados de Mendoza.
–¿Quiénes son los traspapelados?
–Escritores, por ejemplo, algunos conocidos, pero traspapelados al fin. Tipos como David Eisenchlas, extraordinario. O Humberto Crimi, que tenía cuentos que se anticiparon a Woody Allen. Era tan loco que me hizo prologarle el libro cuando yo tenía 20 años.
–Eisenchlas, al menos, tiene una sala con su nombre.
–Sí, pero tiene una obra sobre la historia del cine social argentino que debería ser editada. Yo no conocí a alguien que supiera más de cine que David, salvo el uruguayo Alsina Thevenet. Otro es (Gildo) D’Accurzio.
–Detengámonos en él. Creo que se merece un aparte.
–Absolutamente de acuerdo. Gildo D’Accurzio, que no escribió ningún libro, pero que, mientras estuvo su prodigiosa y admirada internacionalmente imprentita de la calle Buenos Aires, nos editó a todos, permitió que rompiéramos el cascarón del huevo. Editó por primera vez desde Di Benedetto hasta Tejada Gómez, pasando por Ramponi, Vázquez, Lorenzo, Crimi, Cúneo y decenas y decenas. A mí también me reeditó mi primer libro, Pautas eneras, a los meses de ser prohibido y quemado en 1962, hace justo 50 años, durante el gobierno de facto. Don Gildo fue una madera santa para los clavos literarios. Discretísimo y generoso, su sello generalmente aparecía en la contratapa: “Impresiones D´Accurzio”. El Cortázar de París dudaba entre editar en Buenos Aires, con Losada, o publicar con D’ Accurzio, “en la imprentita de Mendoza”. Por eso quiero hacer ese libro sobre los traspapelados porque tengo historias impresionantes para contar.
–Hablas de los “clavos literarios”. ¿Vos fuiste uno de ellos?
–No, yo le pagué. Te cuento: ya estaban imprimiendo la tapa de mi libro y don Gildo me dijo: “No se me vaya a quedar enculado con el fuego, Rodolfo”. Al rato me llevó a una panadería que estaba por ahí cerca y me hizo pasar adentro, hasta el horno y me señaló: “Vea, ahí tiene el otro fuego, el fuego bueno.” Como yo seguía con cara de preocupación me preguntó qué me pasaba. Le dije que me iba a costar mucho pagarle los 1500 ejemplares de la edición. Me dijo: “Usted me va a pagar. La primera mitad me la paga comprándome ahora mismo dos kilos de pan”. Yo le dije: “¿Y los otros 750 ejemplares, cuándo, don Gildo?” Él me contestó: “Le doy una semana más de plazo. Me compra otros dos kilos de pan y listo.”
–Aunque tu recuerdo es entrañable, ahora te noto con el ceño apretado, Rodolfo. ¿Seguís enculado con el fuego?
–El fuego destructor es casi una costumbre de nuestra Mendoza. A Julio Le Parc le quemaron parte de su muestra en la salita de Pampa Mercado y Patiño Correa. A Víctor Hugo Cúneo le quemaron dos veces el quiosquito de libros usados y finalmente se prendió fuego él, para hacer juego con el fuego… Pero mi ceño se debe al tristísimo y vergonzoso final que tuvo la imprenta de don Gildo D´ Accurzio, que hasta hacía libros para Italia, para Alemania, etc. Ya en su vejez don Gildo quiso venderla por un precio simbólico a la Universidad de Cuyo y la estreñida burocracia de los canosos mentales, ni bola. Al final la imprentita fue rodando de mano en mano y se fue al mismo carajo. Responsabilidad de los gobiernos, pero también responsabilidad de nosotros, los escritores e intelectuales, que vivimos alzados por el asqueroso combustible de las envidias de cada día y de cada noche. Realmente, no necesitamos enemigos para jodernos y destruirnos.
–Contame, mientras, de algún otro traspapelado de esa época.
-Estaba el Loco Vega, Néstor Waldino Vega, que escribió Los nacimientos, editado por D’Accurzio, e hizo una película que se llamaba Café, café y que me hizo su asistente de dirección cuando andaba, también, por los 20 años. Cada tanto, el Loco intervenía la cultura de la provincia. Entraba, por asalto, de forma relámpago, al despacho del director de Cultura. Un día se le metió a Pancho Correas y comenzó a nombrar, por ejemplo, comandante de la Novela a Antonio Di Benedetto, comandante del Ensayo a Arturo Andrés Roig, comandante de la Nueva Poesía a fulano de tal, y así la cosa.
–¡Un personaje!
–Absoluto. Un día, en uno de sus ataques de locura, iba caminando por el segundo piso de la Biblioteca San Martín y se encontró con una escultura de piedra. Se puso frente a ella y la tiró al piso. Luego, Alfredo Dono, director de coros de Mendoza, otro traspapelado, le dijo: “Néstor, ¿por qué hizo eso? ¡Era la escultura de su hijo!”. Y el Loco le contestó: “Sí. Pero yo la miré. Y no me bajó la mirada”. ¡Extraordinario!
–¿A quién elegirías como ícono cultural de Mendoza: a Hilario Cuadros, Draghi Lucero, Fader, Quino, Favio, Di Benedetto? ¿Otro?
–A esta lista podríamos añadir, también a Roig, un profesor que era maestro (lo tuve en el 2° año del Nacional); a D’Accurzio, por lo que te dije; a Luis Quesada, un plástico excepcional, una prodigiosa cabeza pensadora sin alardes ni impostaciones; a Benito Marianetti, un poeta de la política y de la decencia… Andrés, esta es una pregunta jodedora porque me obliga a cierta injusticia. Todos los que nombraste son íconos, están de este lado de la pulseada, del lado de los primordiales, de los hacedores de vida, nunca del lado de los reaccionarios, que haciendo la vista gorda apoyaron la tortura, la desaparición de personas, la violación de la vida y de la muerte, hasta el robo de criaturas arrancadas desde la misma placenta.
–Lo mismo para el deporte: ¿a quién elegimos como ícono de Mendoza, a Nicolino, al Negro Contreras, al Víctor?
–Otra vez voy a responder incurriendo en injusticias. A la lista de íconos del deporte agregaría a esa saeta que fue Pedro Manfredini, triunfador en la Selección argentina y en el fútbol italiano; a Pascualito Pérez, campeón argentino, sudamericano, olímpico y primer campeón mundial del boxeo argentino. Y al heroico Negro Eusebio Guíñez, que punteó, sin asistencia de su equipo, más del ochenta por ciento de la maratón de las olimpiadas de Londres. Tenía más de 40 años y de todas maneras llegó quinto. Pero a la hora de elegir un ícono deportivo, señalo a Nicolino. Con él hasta hice un mediometraje y peleé cuatro rounds para saber qué se siente pegándole al abismo. Lo elijo porque, en un deporte y en un siglo donde todo está organizado para la destrucción carnicera, él, Nicolino, el Intocable, haciendo todo al revés de esos mandatos, llegó a campeón mundial. Lo arrojaron a los leones y no se dejó comer por ellos y tampoco los mató, se puso a conversar con ellos. Nada menos.

Conversando con Sarmiento
–¿A qué personaje de la Historia te hubiera gustado entrevistar?
–A Sarmiento. Una cabeza absoluta. Además, arbitrario, desmesurado. Un novelista absoluto, un periodista absoluto. Hizo nuevo periodismo antes que todos, como Walsh o Hemingway. Hay capítulos del Facundo que son ejemplos de crónicas periodísticas. Y es una novela y es un ensayo.
–¿Y a quién otro hubieras interrogado?
–A Marlon Brando. A Rosas. Trataría de reunirlo con Sarmiento. Y a San Martín.
–¿Qué parte de San Martín te interesa?
–Me hubiera gustado entrarle a esa zona enigmática que tenía. Le hubiera preguntado a San Martín sobre el acto de renunciar teniendo la sartén por el mango. Tenía todo y, sin embargo, largó, una cosa muy rara en un argentino. También me hubiera gustado entrevistar a Monteagudo.
–¿Y Belgrano?
–¡También! Al Manuel Belgrano de los últimos años. Y al Mariano Moreno de un rato antes de subir al barco. Por supuesto, a Facundo Quiroga, cuando iba al muere, en esas horas de presentimientos. Al Manco Paz y a Artigas.
–¿Qué técnica usarías?
–Me encerraría con cada uno de ellos, pondría llave a la puerta y enseguida arrojaría la llave por la ventana, una ventana enrejada… Por empezar, no les preguntaría nada. Que el silencio hiciera lo suyo.
–¿Y a Hitler?
–Por supuesto. De hecho, a decenas de personajes, yo, como recurso, los he invitado a un juego: se abre esa puerta y entra fulano de tal. ¿Qué le dice, qué le pregunta? Y a uno de los que hice entrar muchas veces fue a Hitler.
–¿Y qué le preguntaron?
–Por ejemplo, Bradbury le preguntó que qué había pasado con una mujer, con sus padres, algo que explicara la capacidad para el mal de este tipo. Bradbury estaba encantado de preguntarle a Hitler. A Woody Allen también se lo propuse. Y dijo: “Lo primero que hago es darle una trompada. Lo ato y rápidamente salgo disparando”.
–Hay dos gigantes como Cervantes y Shakespeare de los cuales se sabe poco. ¿Por dónde lo abordarías a Cervantes si lo tuvieras delante?
–A Cervantes le diría que no lea ni escuche a grandes comunicadores, por ejemplo, de la Argentina, de la radio, conductores matinales, multipremiados, porque el Día del Idioma es el día de su muerte. ¡Sería deprimente para él! ¡Si anduviese por acá se cortaría el otro brazo!
–Y en tren de elegir, si los tuvieras delante a ambos, a Cervantes y al Quijote, ¿a cuál elegirías para tu nota?
–A Cervantes, porque incluye al Quijote. También me gustaría charlar mucho con Sancho.
–¿Quién te llama más la atención, el Quijote o Hamlet?
–El Quijote, sobre todo porque habla en castellano. Yo no hablo otro idioma que el castellano. He estudiado inglés, francés, italiano, griego y latín. Y de todo eso, solo podría reunir cuatro o cinco frases que se me quedaron milagrosamente. Es casi como un muro el idioma.

Diálogos deliciosos y no tanto
–¿De tus 2.000 entrevista, cuál es la que te dio más placer?
–Una de las que más placer me dio es la que cierra este ciclo de entrevistas que publicará el diario: la que le hice a Valentín Céspedes, el hachero. Es un tipo que nunca fue a la escuela, que luchó por tener un maestro cuatro meses por año. Él sostenía que lo grave no son el hambre ni la pobreza, sino la ignorancia, el analfabetismo, porque nos hacen pensar que el hambre y la pobreza son inevitables.
–¿Qué otra entrevista pondrías en este rango placentero?
–Otra que me produjo un enorme placer fue la que le hice a Alicia Moreau de Justo, cuando tenía 100 años y tres meses. Fue toda una tarde maravillosa. Hablamos de todo lo posible. Ella, por momentos, se dormía, y yo la esperaba. Ahí le largué una pregunta de las pavotas, a ciegas: ¿cuál fue el día más feliz de su vida? ¡Cómo le vas a preguntar eso a Alicia Moreau de Justo?
–¿Y qué te dijo?
–Me respondió: “El día de mi primera menstruación”. ¿Y por qué? “Porque ese día conversé muchísimo con mi padre y me hice amigo de él”.
–Qué bárbaro. Cuánto rédito te dio esa tontera.
–Finalmente, cuando me iba, con sus cien años a cuestas, Alicia me acompañó hasta el ascensor y, tras preguntarme por mis hijos, me dijo: “¿Sabe para qué ha servido esta reunión de trabajo entre usted y yo? Para que mi padre, a través de nosotros, se abrace con sus hijos”.
–Los inesperados regalos que te dan estos encuentros, ¿no?
-Es que no hay entrevista que no te deje una forma de conocimiento. Recuerdo a un preso de San Juan, de una cárcel modelo, que cada vez que lo iban a largar se mandaba una cagada y seguía en cana. La fui a entrevistar. Estuve casi toda una mañana con él. Era una pared. Un tipo sin energía, que contestaba con monosílabos. Cuando ya nos íbamos, me agarró del brazo y me dijo: “Señor, ¿sabe una cosa? Quiero decirle algo. Yo sé leer y sé escribir. Y nunca nadie me escribió una carta”. Es una novela, un poema, lo que se quiera.
–¿Llegaste a odiar a algún entrevistado?
–Tanto como odiar, no. Pero he tenido cruces jodidos, muy tensos, por ejemplo, con un Aldo Rico que se violentó (más que de costumbre) porque le pregunté por Gandhi y Lanza del Vasto. Más adelante le pregunté por San Martín, le recordé que el general ciudadano decía que “las guerras son un flagelo”. Ahí Rico ya echaba espuma por la boca y golpeaba con su índice morado mi grabador. Al final le recordé esa frase de San Martín que dice que “nuestras bibliotecas serán superiores a nuestros ejércitos”. A esta altura yo ya estaba en la puerta del ascensor.
–¿Y con alguien del campo civil?
–También tuve momentos muy tensos con César Luis Menotti cuando le pregunté cómo él, izquierdista oral, pudo convivir con Lacoste y con los militares asesinos que usaron el Mundial del 78. Cómo pudo saludar, tan sonriente, al general Galtieri, en la concentración de la Selección en Mar del Plata. Me contestó que la foto de ese saludo fue armada. Le repliqué que el entusiasmo del saludo estaba en él, que la foto no lo inventó. Me terminó diciendo que ese día se sintió tan mal que se tomó un avión para ir a ver a la Negra Sosa que volvía a cantar en el país. En fin.

El fútbol, nuestro espejo
–Preguntonta muy argentina: ¿Di Stefano, Maradona o Messi?
–Di Stéfano y Maradona y Messi son el mismo ser. Tres apellidos distintos y un solo dios verdadero. Los tres, como Fangio, como Ginóbili, han servido para alimentarnos el viejo vicio, tan sembrado por los medios de des–comunicación, de creernos “los mejores del mundo”. Cuando las calamidades nos avisaron que no éramos los mejores, encontramos consuelo oyendo y diciendo que “somos los más inexplicables”. Claro, siempre los más.
–Se juega como se vive, dicen. ¿Qué indica, como país, el gran nivel de violencia que afecta y rodea al fútbol argentino?
–La violencia que afecta y rodea al fútbol no es mayor que la violencia que anida en nuestra sociedad. Por ejemplo, algo que me llama la atención de Mendoza, no es que se conduzca mal, es que últimamente parece que los automovilistas aceleran, le apuntan a uno al medio cuando está cruzando las calles. Volviendo al fútbol: la violencia de los barra brava proviene no sólo de “villeros” y de “negros”, sino de prolijos caballeros que son dirigentes. Por lo demás, hay que ver en las plateas el grado de violencia que exhalan señores y hasta señoras muy aseñoradas. Lo que pasa es que todos vemos la violencia en el ojo ajeno. Nos espantamos, por ejemplo, con la frontalidad, señalada como violencia, de un ex piquetero como Luis D’Elía y traspapelamos rapidito la violencia de los señores y señoras de la Recoleta y barrio Norte, y del Pro, y la violencia de los señores de la Mesa de Enlace cuando cantan furiosos y provocativos el Himno en esa Sociedad Rural que sigue evocando a Martínez de Hoz, la cabeza civil de la dictadura asesinadora. Ocurre que D´ Elía comete el peor de los pecados: es morocho y gordo y tiene el nariz torcida. Los otros con gente linda, disfrazada de gauchos, dueños hasta de la escarapela.
–¿Hay alguna metáfora futbolera que te represente, que te exprese personalmente?
–No sé si metáfora, pero soy del parecer que el fútbol es el espejo que mejor nos espeja. Si queremos saber sobre nuestras violencias explícitas e implícitas, la podemos ver a través del futbol. Si queremos saber sobre nuestro racismo larvado (“Maradona, ¡qué se puede esperar de ese negro villero!”) el fútbol lo muestra. Si queremos saber de nuestro triunfalismo y derrotismo, tan sembrado por los medios de des–comunicación, el fútbol lo muestra. Si queremos saber de nuestras supersticiones convertidas en religión y de nuestra religión convertida en superstición (monseñor Emilio Ogñenovich, en un altar del atrio de la Basílica de Luján bendiciendo a Tinelli y diez mil hinchas de San Lorenzo), el fútbol lo muestra. El fútbol no es culpable ni es inocente: es el espejo que mejor nos espeja. Es una radiografía que muestra nuestros tumores. No nos enojemos con la radiografía. El futbol, aparte de un juego prodigioso, es, además, una patria más intensa que la patria misma. ¿Exageración? Comparemos la cantidad de banderas que salen nuestros días patrios con el aluvión de banderas que emergen en un Mundial.

Alergia a las estatuas
–Bueno, ahora que sos ciudadano ilustre, como decíamos más arriba, ¿si te hicieran una estatua…
–(Ríe a carcajadas)
–… dónde te gustaría que la pusieran?
–¿Una estatua? ¡¡No!! Cuando te hacen una estatua… la cosa es irreparable. Ya cuando te empiezan a nombrar ciudadano ilustre de acá y de allá, y te empiezan a dar ciertos premios, la cosa viene mal.
–Pero supongamos que la estatua se hace a tu pesar, ¿dónde te gustaría que fuera emplazada?
–Es que una estatua me resulta casi intolerable. ¡Ni en pedo!
–Está bien, pero la podemos colocar contra tu voluntad.
–Si es por voluntad de estar, entonces un lugar sería Luján de Cuyo, la cancha del Bajo…
–Ok, si te hace sufrir tanto, te cambio la estatua por una plaza.
–Bueno, pero que sea un lugar donde se pueda vivir y comer. Una plaza que tenga bastantes focos rotos.
–¿Focos rotos? ¿Por qué?
–Porque, como decíamos en una época, un lugar con el foco roto es propicio para intercambiar organismos con las mujeres.
–¿Qué otro lugar emblemático tuviste en tu juventud, tipo paraíso perdido?
–Para mí, la palabra Luján es como un talismán. Es el lugar donde me hicieron mis viejos, me enseñaron a respirar. Tengo las imágenes más fuertes y el recuerdo de cinco o seis años desesperados.
–¿Desesperados?
–Sí, porque yo siempre estaba escuchando lo que hablaban los grandes, que es una manera de hacer entrevistas. Y me desesperaba, realmente, porque pensaba: “¡Se creen que yo no entiendo, se creen que yo no entiendo!”. Esa era mi frase.
–¿De Luján fue tu primera noviecita?
–Sí.
–¿Te acordás cómo se llamaba?
–Susana. Estábamos en lo que hoy sería el jardín de infantes de la escuela Comandante Torres. Yo me acuerdo que había algo entre los dos. Cosas de niños. Muy erótico. Y yo empecé a juntar las sillitas, en torno a la mesita donde nos sentábamos, hasta que se tocaron. Estábamos muy pegaditos. Era un momento, como diría Bioy Casares, en que levitábamos. Entonces la maestra nos vio y dijo: “¡Qué pasa ahí!” y que esto y lo otro. ¡Una vergüenza terrible! Fue casi un crimen decirles algo así a dos niños que se estaban adorando.
–¿Y hubo otras Susanitas?
–Sí, claro. Jugábamos a las escondidas en el corralón familiar, de noche, en verano. Y por ahí no te encontraban… porque habías coincidido con otras criaturas.
–¿A qué edad perdiste la virginidad?
–Era muy chiquito, muy chiquito.
–¿Qué significa muy chiquito?
–Muy chiquito es esto: recuerdo que a mí me alzaban y yo me daba cuenta de que esa mujer que me alzaba tenía un par de tetas. ¡Y yo disfrutaba con conciencia de las tetas! O sea, disfruté de la impunidad de ser niño. Es una manera de perder la virginidad. Después me vino la timidez cuando grande.
–Vuelvo a lo de ciudadano ilustre. Ilustre, según el diccionario, significa “de distinguida prosapia, casa, origen, etc.”. ¿Cuál es tu prosapia, la heráldica de tu escudo?
–Así es: soy dos veces ciudadano ilustre, de la ciudad de Mendoza y de mi Luján de Cuyo. No lo voy a negar: recibí esas distinciones con el corazón reventándome el pecho. Sentí, en todo momento, que las recibían mis padres que laburaron siempre, hasta en los días de guardar. Que se tomaron las primeras vacaciones cuando ya iban rumbo a los setenta años de edad. Sentí que mis hermanos, Carlos y Orlando, también las recibían. En cuanto a lo que dice el eructante diccionario: sí, tengo una flor de prosapia, la del trabajo, que me enseñaron mis viejos. Primero, en mi adolescencia aprendí el oficio de mosaísta y, simultáneamente, el periodismo, que en realidad hago desde la escuela primaria. De paso te digo que soy un privilegiado: porque trabajo en lo que me gusta. Si mis sucesivos patrones se enteraran de lo que yo gozo haciendo entrevistas, escribiendo, no me pagarían, me cobrarían.
–No me respondiste sobre tu escudo.
–Por supuesto que tengo escudo, y muy cerca, sobre mi PC: es un viejo banderín de Luján Sport Club, con el color primordial, el granate. El granate malbec. A ese color dediqué mi libro De fútbol somos.
–¿Sentís el frío del bronce sobre tu cuerpo?
–No siento esa clase de frío, porque no tengo nada que ver con el bronce. Quienes sienten ese frío son los pobres próceres, a quienes hemos congelado en la perfección distanciadora.

Con asco a la muerte
–Me quedó picando lo de la estatua, vuelvo a ello. ¿Por qué te jode tanto?
–Por empezar, porque para que suceda la tal estatua yo debiera estar muerto. Y esto no me lo aconsejo. No me quiero morir ni por puta. Además, yo no doy para estatua.
–Por lo visto no te llevás bien con la idea de la muerte.
–Así es, qué voy a hacerle… Aunque sé racionalmente que la muerte es una estación natural de la vida, no me llevo bien con esta porfiada señora con sonrisa de Gioconda. Ahora me acuerdo que García Márquez me confesó algo sorprendente: que recién asumió que él también se iba a morir después de sus sesenta años de su edad. Y que a la muerte le tiene bronca… Yo también le tengo bronca, y asco. Asco por toda la ceremonia, sepelio, tufo de flores, los tipos que al final vienen a soldar el ataúd. Una mierda todo eso.
–¿Y cómo solucionás eso que sentís sobre la muerte?
–Con mis libros, con mis obras de teatro. Varias de mis obras surgen a través de lo que alguien dijo que es la “poética de la resurrección”: me permití resucitar a Federico García Lorca, a Violeta Parra, a Tejada Gómez, a José Luis Cabezas y otros. Los traigo, los vuelvo a nacer, los hago vivir esto que vivimos hoy.
–¿No es demasiado pretencioso eso?
–No creo: vivimos en un sitio, en un mundo, donde no nos consultan para la muerte contra natura, para la asesinación. Los asesinadores no nos piden permiso para matar. Nosotros, ¿por qué habríamos de pedirles permiso para resucitar? Hasta el concepto de resurrección nos afanaron. Por qué lo vamos a regalar. Lo nuestro es resucitar. Sin andar resucitando, la vida no tiene sentido…
–En fin, estábamos con las estatuas. Seguimos con las benditas estatuas.
–Yo he escrito contra las estatuas, por ejemplo, en mi libro Don San Martín, a usted qué le parece. Allí digo que nuestros próceres mueren dos veces: cuando mueren y cuando les hacen la jodida estatua. Porque la estatua los congela en la perfección y entonces los distancia. Y encima, la condecoración de las palomas… Además y por empezar: yo no soy prócer ni nada parecido. Tengo pies planos y el tabique desviado. No soy ni me siento prócer. Debe ser muy aburrido eso; además, las pelotas se enfrían. Y es una lástima.
–¿Y qué sentís que sos?
–Siento que soy un güevón, pero no un pelotudo. Soy alguien que anda por los treinta libros, porque me los escribieron mis padres. Mi vieja no completó el tercer grado y no leyó ni la contratapa de un libro. Aunque lloraba porque en el vecindario le dijeron que si estudiaba Filosofía y Letras me iba a cagar de hambre, cuando llegó la fecha me dio una patada en culo para que me fuera a inscribir de una vez.
–¿Y tu viejo?
–Mi viejo, por su parte, no fue nunca a la escuela porque mi abuelo, bestial laburante, no lo dejaba estudiar; había que trabajar o trabajar. Cuando andaba cerca de los veinte años mi papá se pagaba un maestro para que le enseñara lo elemental. Guardo sus cuadernitos y los recibos del pago por sus lecciones particulares.
–Es muy fuerte, veo, lo de tus viejos.
–Es que ellos me dieron y me siguen dando todo. Yo soy ateo los días pares y agnóstico los días impares. Pero creo en la memoria del aire: el aire que los tocó a ellos es mismo aire que me toca a mí, ahora. Aire mediante nos estamos tocando. Cada mañana, en ayunas, nombro a mis padres. Ellos, que ahora respiran de otra manera, me dicen: “¡Vamos, hay que meterle!”. Y yo le meto. Con un entusiasmo que no hay caso, no puedo controlar. Yo me dejo llevar por ese entusiasmo: ellos me escriben los libros.

Alma de poeta
–Te hice, recién, preguntas eróticas porque alguna vez vos dijiste que escribías poesía con el solo fin de conseguir chicas.
–Sí. Es lo que dicen todos los actores también, además de los poetas.
–¿Y te fue bien con esto?
-Era el lema que nos habíamos puesto con el Luis Villalba y con un tal Palavecino, un salteño. Los tres íbamos como en gira, a San Rafael, a San Juan, dando recitales.
–Consejo para los generaciones futuras: ¿cómo te fue mejor con las mujeres, como poeta, periodista, dramaturgo o ensayista?
–Te diría que como poeta, porque yo no podría hacer reportajes sin la poesía. En todos mis géneros está la poesía.
–Sin poesía, no hay entrevista, decís. ¿En qué consiste la poesía?
–No en hacer una pregunta poética, no en utilizar el vocabulario poeticudo. No. Es esa zona ciega en la que vos te tirás sin red. Lo hablamos recién. Muchas veces, hay un momento de la entrevista en yo pregunto cualquier cosa que no tiene que ver con nada; algo que se me cruza y lo dejo. Y ahí está la cosa, en la adivinación. Es una cuestión de actitud, la del riesgo de tirarse sin red. No hay entrevista, pues, sin adivinación, sin escuchar al otro y sin poesía.
–¿Dónde aprendiste a escuchar? ¿Alguien fue tu maestro en este arte?
–Aprendí y no termino de aprender a escuchar. En general, nadie quiere ir a comer solo a un restaurante. A mí eso me fascina. Cuando llegué a Buenos Aires estaba solo. Y tenía oportunidad de cenar solo en el viejo Bachín. Yo me buscaba una mesa de rincón, sin nadie atrás, y desde ahí veía y escuchaba impunemente. Y a las mesas distantes, si no las escuchaba, las adivinaba. Leía a la gente. Y adivinando me armaba una historia. Ese hombre y esa mujer están aburridos, no tienen energía ni para separarse, imaginaba… Aquel tipo está verseando y cree que la mina está fascinada con él… Y así sucesivamente. Maestros en esto no tuve…
–¿Ninguno? Cuesta creerlo.
–Aunque ahora me doy cuenta de que sí tuve: recuerdo a ese genio del que fui amigo en Mendoza, Sergio Sergi. Sergio escuchaba, escuchaba con la oreja, escuchaba con la mirada, hasta escuchaba con su pipa. Además, creo que esto de escuchar me viene como hábito obligado por mi terrorífica timidez.
–Siguiendo con esto, ¿cuánto tiene de psicólogo o psicoanalista el buen entrevistador?
–Tiene mucho de eso. Me han señalado esa condición. En todo caso lo que yo hago es una especie de psicoanálisis salvaje: escucho, semblanteo, me animo al trueque, adivino.
–¿Te has analizado alguna vez?
–Si no me cobrás, te cuento (risas). Al responderte con esta especie de coartada me acuerdo de mi entrevista a Woody Allen. Le pregunté. ¿qué le diría ahora a Freud si lo tuviese adelante? Me respondió Woody: “¡Le diría que me devuelva todo el dinero que me ha sacado!”.

Derecha y frivolidad, dos karmas
–¿Cómo es posible que hayás desarrollado tu periodismo muy opinante, vehemente, inclinado a tomar partido, en medios que tiraban para la derecha y cabalgaban sobre la frivolidad como, por ejemplo, la revista Gente?
–Así es, me persigue el karma de haber sido empleado por medios que ideológicamente tiran para la derecha y, muchas veces, para la frivolidad. Por empezar, yo soy una especie de anarquista sin bombas ni balas y esas cosas. Una sola vez tuve un arma en las manos, en una invitación que nos hicieron a los periodistas en el Liceo Militar. Se me dio vuelta el estómago, me descompuse, vomité… Mi socialismo no ha sido el de Américo Ghioldi, adherente a la Libertadora, que derrocó a Perón en el 55.
–Te pregunté cómo hiciste para trabajar en revistas derechosas y frívolas.
–Aunque despacito, a eso iba: pienso que siempre trabajamos en empresas. Tantas veces ni sabemos quiénes son nuestros patrones. Efectivamente, trabajé en medios como Gente y, si bien no escribí siempre lo que me daba la gana, siempre me las arreglé para no escribir cabronadas. Uno es dueño de sus deditos, de la pregunta que hace o no hace, del orden de las preguntas que sí condicionan el sentido. Nunca dejé que nadie me dictara ni me manejara los deditos. Nunca me presté a una nota reaccionaria. Puedo responder con el archivo por todo lo que escribí. En Gente entrevisté a García Márquez, dos veces a Mario Benedetti hablando sobre el capitalismo carnicero, sobre el hambre, etc. En esa misma revista entrevisté al hachero Valentín Céspedes. Así es, respondo por todo lo que escribí. He sido redactor especial de Gente, de La semana, de Siete Días (cuando sus dueños eran los italianos de la P2, la pedúe), de Play Boy. Por ejemplo, en Play Boy escribí la entrevista a Alicia Moreau. Si alguien me trae una nota mía de las frívolas, completamente banal, una página o un párrafo reaccionarios, juro que dejo el periodismo y me voy a la misma mierda. Resumiendo: no hay nada de heroico en no entregarse a la comodidad del empleado obediente. Creo que dar sermones en la iglesia es más fácil que dar sermones en el quilombo. Me rajaron una punta de veces. Pero en lo mío no hay nada de heroico. Valió la pena y la alegría ser dueño de mis deditos y de mis amígdalas de arriba y de abajo.
–¿Quién fue tu mejor jefe de redacción? ¿Qué te enseñó?
–El mejor, el más arriesgado, el más arbitrario, el más estimulante, fue Jacobo Timerman. Lo tuve de director en Mendoza, en el diario El Diario, que duró apenas ocho meses. Y en La Razón matutina, que también duró poco. Timerman alentó la parte narradora y observadora mía, me desmarcó de lo que yo quería hacer. La mujer de Timerman, una vez, luego de elogiar mi crónica, me dijo que le faltaba algo: decir la temperatura del día de los sucesos. Una enseñanza absoluta.
–¿Y el más canalla?
–Sí, lo estás adivinando: aunque él me siga elogiando en sus programas –cosa que me preocupa–, mi jefe más canalla fue un periodista de gran velocidad, de notable instinto: Chiche Gelblung. A él se le atribuye la frase: “Que la ética no te haga fracasar la nota”.
–¿Y la censura, dentro de un medio, que más te dolió?
–Me dolió y me hizo putear. Fue algo peor que censura. Fue en la editorial Perfil, en el reportaje para la revista Play Boy que le hice a Alicia Moreau de Justo. En un momento de la entrevista, Alicia Moreau respondía sobre Raúl Alfonsín. Lo elogiaba humanamente y como estadista. Los editores no cortaron ese fragmento, eso hubiera sido censura y de la jodida. Lo que hicieron fue reescribir la respuesta diciendo exactamente lo contrario. Un asco. Esto fue casi lo peor.
–¿Qué querés significar con tu “casi lo peor”?
–Que en realidad lo peor fue, sin tener que irme del país, no poder escribir aquí durante seis años, entre 1974 y 1980. Unos se exiliaron afuera, otros se exiliaron adentro. Comparativamente, no me puedo quejar: muchos, miles, no pudieron exiliarse ni adentro ni afuera, desaparecieron del mapa.
–¿Cómo te las arreglaste esos seis años para vivir?
–Escribía reportajes latinoamericanos para una agencia, Ameuropress, que distribuía en 23 países y en 9 idiomas. Después salí de Ameuropress y me inventé una pequeña agencia con nombre de revista de poesía, PlenoSur. Así, todo junto, PlenoSur. En algún momento la cosa se me volvió difícil y pensé en irme y también recordé que tenía un oficio, el de mosaista, que sabía hacer losas de granito para las cocinas. No llegué a eso, pero la certeza de conocer ese oficio me dio cierta tranquilidad.
–Un entrevistador que admires.
–Más de uno, más de una: María Esther Giglio, Leyla Guerriero, María Moreno. Otra vez siento que es una injusticia no dar otros nombres, excepcionales. Pero ya que estamos quiero decir que leer las entrevistas y reportajes de Giglio, Guerriero o Moreno me produce una alegría alumbradora.
–¿Por qué?
–Porque al leerlas me doy cuenta todo lo que tengo para aprender. Y si tengo para aprender, le doy razones a mi día de mañana.

Entendiendo a la Presidenta
–La Presidenta se caracteriza por no hablar con los periodistas. Hoy, prácticamente no concede notas, no dialoga. Tu parecer.
–Andrés, ¿puedo pedirte algo?
–Mientras no sea que saltee esta pregunta, pedime.
–No, no voy a pedirte que saltees la pregunta, eso sería atentar contra la “sagrada libertad de expresión”. Lo que te pido es que esta respuesta salga entera. Que por “razones de espacio” no sufra a último momento un tijeretazo y quede parcializada.
–Ningún tijeretazo. Te escucho.
–Si es que hay libertad de expresión, también debe haberla para la Presidenta. Tiene derecho a no conceder notas. Como periodista yo preferiría que las concediera, aunque tengo dudas sobre el corsé de las conferencias de prensa que tradicionalmente son un engaña pichanga. Por otro lado, en tiempos cruciales como estos, no sé si servirían para otra cosa que para más crispación. Y aclaro, yo no tengo nada contra la mentada “crispación”, me parece saludable.
–A ver si me lo explicás mejor.
–Desde hace tiempo se ha dicho que este gobierno estaba crispado. Yo creo que así ha sido. Pero es la mitad de la verdad. Y la mitad de la verdad se vuelve falsedad. Yo creo que, aparte del Gobierno, en esta patria idolatrada hay una punta de crispados. Periodistas crispados. Ruralistas crispados. Traidores crispados. Lilita crispada y con guiñadas celebrando próximos apocalipsis. Macri (cuando no está de paseo) crispado. Peronistas no kirchneristas crispados. Yo también vengo crispado. Si hay algo muy bien repartido es la crispación. Pero la crispación, creo yo, tiene su costado positivo, saludable: nos hace caer las caretas. Cuando estamos crispados tenemos menos chance de ser hipócritas. No es poca cosa darle un descanso, en nuestra sociedad, a la hipocresía.
–Pero volviendo al punto de arranque: ¿qué pensás del “queremos preguntar” del programa de Lanata?
–Pienso que ese rato de periodistas más o menos estelares, alzando el cartelito, supervisado por Lanata como un Barita, es una patética copia de lo que hizo, pero con gracia, hace años, Tato Bores. Fue como un regreso al “país jardín de infantes” que definió en su momento María Elena Walsh. Triste, penoso y provocador de vergüenza ajena ver a experimentados, veteranos, muy premiados periodistas estelares moverse al compás de la batuta de un Lanata que se lució, convirtiéndolos en partenaires, con ese “quiero preguntar”. Lanata, después de todo, hizo lo suyo. A propósito de preguntar, siempre me pregunto qué le importa más a Lanata, si la búsqueda de la presunta verdad o el escándalo que puede llegar a producir esa presunta verdad.
–¿Te animás a responder ahora a esa pregunta tuya?
–Me animo. Creo que a Lanata más le importa el escándalo que puede producir la verdad que la verdad misma. Y quiero agregar algo: entre los periodistas y las periodistas estelares que aparecieron, juntitos y obedientes bajo la batuta de un Lanata que se debe haber sentido como el Orson Welles de El ciudadano, advertí que varios que invocan el derecho a preguntar, a ese derecho, qué pícara casualidad, no lo ejercieron en otros momentos donde la libertad de expresión era apretada. Por ejemplo, dijeron poco y menos que nada sobre esa suerte de dictadura que fue el Papel Prensa sólo para dos o tres diarios. Respecto de esa dictadura efectiva que fue el Papel Prensa se callaron, fueron cómplices de esa libertadura de expresión que hemos padecido, por décadas.

Ser Moreno
–¿Qué personaje de la Historia te hubiera gustado ser?
–Moreno escribió: “Es preferible una libertad peligrosa, a un servidumbre tranquila”. Eso sigue valiendo, latiendo. Por eso elijo a Mariano Moreno (ojo al piojo: pero sin subir a ese barco en el que le dieron el tecito que lo hizo desaparecer en el mar).
–¿Y de la literatura?
–En este minuto no se me ocurre ninguno.
–¿Cuál es tu época dorada de la Historia, en la que hubieras amado vivir, algo así como le ocurre al personaje de Woody Allen en Medianoche en París?
–Aunque no fue precisamente una “época dorada”, me hubiera gustado estar adentro de la guerra civil española. Por supuesto, del lado de los valerosos republicanos. En una de esas me encontraba con André Malraux y con John Dos Passos y con Neruda y con Guillén y con Miguel Hernández y con Hemingway.
–¿Y si te hubieras encontrado con Francisco Franco?
–No lo hubiera matado, pero le hubiera dado una flor de patada en el culo.
–Así no se gana una guerra, Rodolfo.
–También por eso fueron derrotados los republicanos.
–¿La mujer más bella del mundo?
–La más desguarnecida, Marilyn Monroe. Su espalda, a la altura de su cintura, es el apogeo de la sensualidad.
–¿Tu escritor más amado?
–Depende de los días. A veces Rulfo, a veces César Vallejo, a veces don Borges, a veces García Lorca, a veces Pablo de Rokha, a veces Quevedo.
–¿Quién ha sido el mendocino el bicentenario?
–El imprentero Gildo D’ Accurzio.
–Tenés héroes (deportivos, culturales, guerreros, etc)? ¿Te gustan los héroes? ¿Cuál es tu preferido?
–Prefiero los héroes que no son héroes. Los que no tienen nombre, los que están sembrados entre el hombre y la mujer común, los que no dan el brazo a torcer, los que hacen pan y el amor con el mismo sudor. Los que sueñan a rajacincha. Los primordiales en esta pulseada cada día más crucial.

Dios, con mayúscula y minúscula
–Ya que la entrevista es conocimiento, ¿lo entrevistarías a Dios?
–No, porque no existe.
–¿Y a Jesucristo, entonces?
–Me gustaría, alguien debe haber que se le parezca. Pero seguramente tendría muchas dificultades.
–Decís que no entrevistarías a Dios porque no existe, pero, ¿no lo harías hablar a través de la ficción como, por ejemplo, Saramago?
–Algo de esto intenté en un libro de poesía que presenté en 1963 al certamen Provincial de Mendoza. Aquello fue un desastre: el concurso fue declarado desierto en sus tres primeros premios y en sus tres menciones. Un detalle: entre los concursantes estaba Tejada Gómez. Otro detalle muy curioso: en el jurado había un miembro designado por los autores. Ni él votó a uno de nosotros ni para una humillante mención. Mi libro se llamaba “Jesucristo Pérez jeta a jeta con la vida”. Allí continuaba con algunos poemas de “Pautas eneras” en los que decía “Dios está viejo para los presentes trotes, / que venga el hermano entonces, / el hermano menor se entiende…” Lo que son las entrevistas, ahora, por culpa de tu repregunta me doy cuenta, que de algún modo intenté entrevistar a Dios con un libro de entrevistas, “En qué creen los que SI creen”. Por él desfilaron actores, deportistas, políticos, miembros de distintas religiones, un militar, etc. Y también lo entrevisté a Dios en algunos cuentos de mis libros “De fútbol somos” y “Perfume de gol”. Voy a terminar por confesar que soy un adicto al tema. Pero mejor no sigo con este tema porque Dios se va a cabrear.
–¿Cuándo nombrás a Dios, lo nombrás con mayúscula o con minúscula?
–Depende el día. Depende de si zondea o no zondea. A veces digo Dios, así, con mayúscula; a veces digo dios, así, con minúscula; a veces digo Diós con desesperación y le pongo acento. Por Dios te pido, cambiemos de asunto.
–¿La eternidad es un premio o un castigo, un don o una carga?
–La eternidad son los minutos adicionales de un partido final de Mundial, cuando la Argentina le va ganando a Alemania por un gol.
–¿Y la otra eternidad?
–La otra eternidad, la del humo ilimitado, sin que haya fuego, podría ser un castigo. Perdón, y con todo respeto: me cago en la eternidad. Porque es lisa y no tiene olor y me suena a limbo.
–Has hecho como 2.000 entrevistas, escuchando atentamente y mirando a los ojos a los entrevistados. ¿Cuál es la clave de lo humano?
-Hay varias claves. El miedo, el deseo… la envidia. La envidia, cuando rompe bolsa… es una de las cosas más fáciles, ¿no?

DI BENEDETTO, “EL OBSESIVO AJEDRECISTA DE LA LENGUA”

–¿Qué rango intelectual le atribuís a Di Benedetto? ¿Y a Zama, dónde la pondrías? ¿Alcanza a monumentos como Cien años de soledad?
–Di Benedetto no fue un gran periodista. Es más, se cuidó de serlo. Porque entendía que el periodismo podía contaminar su escritura. En cuanto a Zama y su narrativa, pienso que Di Benedetto es un gran novelista mendocino. Y es un gran novelista argentino. Y es un gran novelista latinoamericano. Y es un gran novelista del habla castellana. Sí, lo pongo en el nivel de García Márquez y del mejor Vargas Llosa y de Cortázar. Y, aunque prefiero no caer en las comparaciones de estilo deportivo, a Di Benedetto lo pongo arriba de Ernesto Sábato.
–¿Quién era Di Benedetto en resumen, más allá de la leyenda?
–No era un tipo fácil. Era complejo, por eso mismo fascinante. Se extenuaba en los tejidos de la convivencia. Mi relación con él tuvo sus momentos de distanciamiento enojado, cuando me rajaron del diario Los Andes. Al final, ya en la cárcel, por iniciativa de él empezamos a urdir un libro juntos, con lo que llevaba y traía Adelma Petroni, la única persona que cada jueves lo visitaba. Algo más: debo reconocer que yo fui muy contenido por él. Lo que sentía por mí, aun en plena pelotera, lo cuenta en su última novela, Sombras, nada más. Allí yo soy el personaje que llama Alfio.
–Pero hay muchos que, por así decir, no lo tragaban a Di Benedetto.
–Los hubo, los hay. Y tendrán sus razones. Pero lo que prevalecía en mucho de esos casos era la envidia, el más fácil de los sentimientos humanos. Di Benedetto, además de sus recodos, tenía algo imperdonable: talento.
–¿Era un silenciero, como se desprende de su obra?
–Sí, lo era. El silenciero tiene mucho de biográfico. Los ruidos, una radio encendida, lo que sacaban de quicio.
–¿Qué te enseñó?
–De periodismo, poco. De idioma, me enseñó muchísimo. Fue un ejemplar maestro del idioma: artesano, ingeniero, minucioso como un relojero, obsesivo ajedrecista del idioma. Yo tuve el incalculable privilegio de tenerlo de jefe durante más de cinco años.

http://www.diariouno.com.ar/mendoza/Braceli-imperdible-20120531-0036.html

 

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