La Mendoza más conservadora

La Mendoza más conservadora

sep 23, 12 • In Columnas, Política, Tapa

Entre el campo civil y el institucional se agranda el abismo. A la pujanza de uno corresponde la pobreza del otro. La política como máquina de impedir.


Cleto Cobos y Paco Pérez. Ilustración de Diego Juri.

Por Andrés Gabrielli

Entre la Mendoza oficial y la Mendoza civil hay un abismo que no para de ensancharse.

La Mendoza traccionada por el ciudadano común mantiene, pese a las sucesivas trabas, el histórico empuje que la transformó en una de las provincias más admiradas.

Es sobre esa provincia industriosa, austera, laburante, proyectada con ínfulas hacia el futuro, que el gobernador Francisco Pérez pretende reconstituir el “espíritu grande”.

La Mendoza institucional y política es su cara opuesta, el lado oscuro de la luna: indolente, perezosa, conservadora en el peor sentido del término, ahíta adentro de la cueva tapizada de telarañas donde se arrebuja. Espíritu chico. Endeudado. Carente de liderazgo.

Un caso testigo de la Mendoza pujante que jalona, pese a todos los contratiempos, el campo privado, es lo que se mueve en torno de la industria vitivinícola, cuyos vinos, arquitectura y gastronomía se encuentran al nivel de los mejores del mundo.

De la Mendoza oficial ni falta que hace extraer un ejemplo. Toda ella, en plenitud, es una máquina vetusta. Una enorme máquina de impedir. Egoísta.

Vientre infértil, incapaz de generar una renovación que cambie el sentido de las cosas.

Atrasada en todos los sentidos

La Mendoza política padece un atraso aún más grave que no sólo se patentiza en su comparación con el campo civil, sino con el mismísimo campo político nacional.

Para bien o para mal –según quién la juzgue–, la fuerza hoy dominante, el kirchnerismo, devenido cristinismo, es lo contrario de una máquina de impedir: barre, cual viento huracanado, con cuanto encuentra en el camino.

Bullen las novedades en su seno. Desde las reglas y matrices económicas al Código Civil, desde el activismo juvenil a la Constitución, desde los cuadros partidarios a la relación con las iglesias, todo está en entredicho, puesto bajo el signo del cambio o, cuando menos, se halla bajo estudio. Ni la lealtad ni la traición son lo que eran antes.

En Mendoza nada de eso ocurre ni puede ocurrir.

Los partidos se volvieron conservadores. Sin excepción.

Para apelar a una palabra cara a Pérez Reverte: ¿nos estaremos volviendo gilipollas?

El sueño iluso de “Paco”

Francisco Pérez tiene el mismo sueño iluso que sus antecesores. Quiere modernizar la provincia.

Aspira a producir cambios en las reglas políticas, en la conformación del Estado, en la vetusta Constitución que, según sus palabras, “es la más antigua”.

Cosas parecidas imaginaron los demás gobernadores, por lo menos desde José Octavio Bordón hasta el presente.

Fueron fracasando, uno tras otro, inexorable, penosamente, con alguna pequeña excepción.

Enfrente tuvieron, siempre, la máquina de impedir mendocina: las distintas corporaciones (con la judicial a la cabeza) y los partidos políticos.

Cuando gobernaba el peronismo, se oponía la UCR.

Y viceversa.

Los demócratas, por su parte, se oponen sistemáticamente. Más ahora, cuyas posibilidades de acceder al poder son ínfimas.

Partidos que ya son partiditos

El proceso está claro. Los demócratas pasaron de ser un partido provincial a un partidito municipal, recluidos, apenas, en una comuna neohippie del Valle de Uco. Una estampa simpática, pero más propia del pasado bucólico que del futuro virtual, digital, hipertecnológico.

Los radicales siguen su derrotero. Progresivamente van dejando de ser un partido nacional para mantenerse con vida en un par de provincias. Mendoza es la más fuerte de ellas. De continuar así, pasarán a ser el próximo lencinismo.

El peronismo, finalmente, es el poder en Mendoza. Pero tampoco duerme tranquilo. El cristinismo, La Cámpora, amenazan con borrarlo del mapa, con devorarlo desde las entrañas. Ya en las anteriores elecciones aceptó, con mansedumbre, la humillación de que eligieran a todos sus diputados nacionales en Buenos Aires. El año próximo puede ser peor. Van a venir por todo.

¿Explican estas circunstancias que cada uno se volviese conservador? Viendo el plano inclinado, ¿les sirve de algo?
Gilipollas se le dice, popularmente, al tonto. Dicho en argentino: al nabo.

“No somos más gilipollas porque no podemos”, se enoja Pérez Reverte.

Nada se puede hacer

A Pérez no lo van a dejar hacer ni soñar.

No la han dejado siquiera a una referente actual de la talla de Aída Kemelmajer, uno de cuyos principales anhelos era disminuir la litigiosidad en la Justicia provincial.

Nada de eso avanza como debiera. Ni la reforma del Código Procesal Laboral. Nada.

Siempre, las fuerzas retardatorias han encontrado buenas excusas para oponerse.

El gobernador, convengamos, les sirvió la coartada obstaculizadora en bandeja.

Si bien sus intenciones reformistas lucen sinceras, lamentablemente el enorme ruido que hay en torno de la intentona para la re-re de Cristina Fernández lo sumergió en ese clima de época.

El propio Paco lo cebó abogando por la reelección indefinida de la Presidenta.

Quedó contaminado por la problemática nacional.

Y en ese plano es donde se recorta la figura de Julio Cobos.

Cobos, hoy, pugna por volver a ser el Cleto de la gente. Lo impulsan, denodadamente, los medios opositores. Lo impulsa el país también.

Es una esperanza. Pequeña, débil, por ahora, pero esperanza al fin.

La democracia argentina necesita opositores. Alguien en quien poder depositar una ficha. Es una cuestión de sanidad institucional.

Cobos va a jugar su chance en estos días, casi su última ficha.

Y una de las últimas fichas del radicalismo argentino.

Está claro entonces: Cobos le va a decir que no a Cristina. Y, por carácter transitivo, le va a decir que no a Paco.

Por el motivo que sea.

De hechos, los conceptos vertidos para oponerse a la reforma pedida por Pérez son un cúmulo de banalidades.

¿Una gilipollez?

A quién le importa.

“En cuanto se presenta una ocasión, somos más gilipollas todavía. Ustedes, yo. Todos nosotros. Unos por activa y otros por pasiva. Unos por ejercer de gilipollas compactos y rotundos en todo nuestro esplendor, y otros por quedarnos callados para evitar problemas, consentir con mueca sumisa y tragar como borregos –cómplices necesarios– con cuanta gilipollez nos endiñan, con o sin vaselina”.

Lo dice Pérez Reverte.

Y allá vamos.

http://www.diariouno.com.ar/afondo/La-Mendoza-mas-conservadora-20120923-0006.html

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