No nos une ni el papa Francisco

No nos une ni el papa Francisco

mar 17, 13 • In Columnas, Política, Tapa

La pelea política no cedió ni para celebrar la entronización de Bergoglio. El drama de Vale le impidió a Paco Pérez disfrutar del magno acontecimiento


La presidenta Cristina, el gobernador Paco y el papa Francisco (ilustración de Diego Juri para Diario UNO)

Por Andrés Gabrielli
Columnista de Diario Uno

El país vive, desde hace años, bajo el signo de la discordia. De ese magma atrabiliario se alimenta en su diario quehacer.

Como si fuera un imperativo existencial estar mal, con las mandíbulas apretadas, siempre.

Las rasgaduras se ramifican por arriba y por abajo del tejido social.

Arriba, en la cúpula política y dirigente, el leit motiv de cualquier acción mayor es la pendencia, la imposición, borrar al contendiente. Sin consenso ni diálogo posibles ni deseables.

Abajo, hacia la base, reina la inseguridad. Cualquier encuesta la coloca al tope de las preocupaciones ciudadanas.

Y la violencia. Otra reina negra. Que no deja a salvo ni siquiera las menudas fiestas del fútbol.

No es de extrañar, entonces, que un acontecimiento tan prodigioso, multiplicador y trascendente como la designación de Jorge Bergoglio al frente de la Iglesia de Roma haya resultado insuficiente para unir, aunque más no fuera por un breve instante, a los argentinos.

La abrumadora mayoría, es cierto, se estremeció, rió y lloró de emoción, se abrazó más hondamente que si hubiéramos ganado un Mundial de Fútbol. Pero no ocurrió lo mismo en la cima del poder.

Y la cima del poder influye, necesariamente, en el humor popular.

Paco, distante de Francisco
Fue una lástima. En especial para un hombre creyente y de espíritu dialoguista, cuando está tranquilo, como Francisco Pérez.

Envuelto en la nube de sus contradicciones y de su carácter, el gobernador se perdió dos grandes oportunidades, de esas que se dan escasamente en la vida o, al menos, en una gestión.

La primera, fue no haberse envuelto en un extenso y conmovido abrazo con su comunidad al conocerse la noticia del papa Francisco.

Había júbilo espontáneo y respetuosa exaltación en los hogares mendocinos. Pérez, de cara al público, apenas emitió un gesto dándose por enterado.

Dos escuetos tuits suyos, el mismo 13 de marzo, denotan su estado de ánimo, su distanciamiento. En uno le auguró “buena estrella” al “nuevo Papa Jorge Bergoglio” (sic). Acto seguido le tributó “un respetuoso saludo”. Solo un escalón por encima del clamoroso silencio del canciller Timerman sobre el particular.

La mente de Pérez estaba concentrada casi entera y obsesivamente, al igual que la semana anterior, en el conflicto de la minera Vale y en las reacciones que generaba en Buenos Aires.

Un tema central de agenda, es cierto. Centralísimo.

Pero que le quitó “piel” para conectar con su gente.

Los líderes que arrastran y contagian se visten con piel de pueblo, como diría Pajarito Zaguri.

Aislado, por cortarse solo
La otra inmejorable oportunidad que, por ahora, dilapidó Pérez -y creemos que a su pesar-, fue la de unir voluntades en torno al “drama” de Vale.

Nadie, en Mendoza, hubiera dejado de encolumnarse detrás de su figura y de su gestión. Nadie de la política, del mundo empresario y del sindicalismo se hubiera mostrado indiferente o reacio. Tampoco la gente común.

Entre otras cosas, porque Pérez, en esta deserción de la minera, es más víctima que victimario. Igual que la Provincia.

La responsabilidad mayor, en todo caso, está cargo de la Nación, cuyos lineamientos macroeconómicos son parte de las excusas que esgrime Vale para suspender el proceso.

Si Pérez, entonces, hubiera bajado al llano y hubiera hecho de tripas corazón con las fuerzas mendocinas, habría consolidado un liderazgo unánime.

Celso Jaque, en el gobierno anterior, gozó de un momento similar ante una nueva amenaza por la promoción industrial.

Lo dilapidó yéndose a Buenos Aires, donde conversó “solo con Dios”, para atarse a promesas que nunca se cumplieron.

Paco eligió un camino similar. Dio su arenga más encendida desde la Capital, rodeado por el gabinete nacional y definiéndose, apasionadamente, como “soldado de Cristina” bajo de la bandera de la re-reelección.

¿Qué tiene que ver el conflicto de la minera en Malargüe con la reforma constitucional para eternizar a la Presidenta en el poder? Es un misterio más grande que el del Espíritu Santo.

Pero tuvo como consecuencia anular el ánimo de colaboración en las fuerzas opositoras, ya de por sí bastante predispuestas, dado el calendario comicial en curso, a aprovecharse del traspié con chicanas mediocres.

Una oposición, radical y demócrata, cuya oportunista posición antiminera durante la campaña electoral contra Pérez, ahora al mostrarse sensibilizada por Vale denota un grotesco ejercicio de hipocresía.

Ventana abierta hacia la paz
¿Habrá alguna posibilidad de revertir la tendencia? ¿De comunicarle un sentimiento más amable a la población argentina, de abrir la posibilidad de un diálogo sincero, un diálogo sembrador?

La irrupción, histórica, inaudita, de Francisco, el Papa argentino, debería ser la gran excusa. El gran motor del encuentro.

La Presidenta, que se verá cara a cara con Bergoglio en Roma, está en primera fila para intentarlo. ¿Cómo quedar indiferente al llamamiento de un papa que quiere “una Iglesia pobre y para los pobres”?

Cristina, y nadie más, es quien debe sofrenar y desactivar a sus perros guardianes -para utilizar la etiqueta de Paul Nizan-, a su ala dura: los Verbitsky, los D’Elía, los Víctor Hugo, las Bonafini… ¡la novia de Boudou!

Es demasiado extenuante, para el clima social, la descalificación permanente, el odio a toda hora contra gente que, bien o mal, es importante en el país como los gobernadores Scioli, Macri, De la Sota, Bonfatti, Peralta, el exvicepresidente Cobos, el supremo Lorenzetti y la Corte, el cegetista Moyano, el auditor Despouy, el actor Darín, los periodistas críticos… El papa Francisco.

Solo la Presidenta, en el actual estado de cosas, por encima de la diplomacia obligada, puede provocar en el país la revolución pacificadora, la búsqueda de “la verdad, la bondad y la belleza” que pretende Francisco para el mundo.

Tal actitud, vista desde aquí, sería beneficiosa principalmente para Pérez, puesto que el gobernador, sin tropa propia en la provincia, fundamenta toda la legitimación de su poder político en la Presidenta.

A ella se debe, en cuerpo y alma, según viene de ratificar.

Así pues, si bajan desde la cúpula efluvios venenosos, su aire también se enrarece.

Si, en cambio, el cielo se dulcifica, Paco podrá, él también, abrir los brazos, ampliamente, a los demás.

Su comunidad lo necesita y espera.

http://www.diariouno.com.ar/afondo/No-nos-une-ni-el-papa-Francisco-20130318-0040.html

 

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