Cómo ser feliz “a la argentina”

Cómo ser feliz “a la argentina”

mar 31, 13 • In Columnas, Política, Tapa

Ante la imposibilidad de ahorrar, la abundancia de feriados exacerba el consumo. Gana la industria del ocio pero sufre la Mendoza agroindustrial.


Los ministros Javier Espina (Turismo), Marizul Ibáñez (Cultura) y Marcelo Barg (Agroindustria) (ilustración de Diego Juri para UNO)

Por Andrés Gabrielli
Columnista de UNO

La Argentina de estos días sonríe al sol de otoño, benevolente, y anda de paseo.

Le ha encontrado la vuelta a los distintos cerrojos que plantea la imperativa realidad.

Puesto que no se puede adquirir moneda extranjera, y visto que la inflación y la voracidad de la AFIP desaconsejan cualquier ahorro, los pesos duran poco y nada en el bolsillo. Vuelan, raudos, hacia el consumo.

Y qué mejor excusa para gastar que nuestro récord mundial en materia de feriados.

Así pues, mientras una porción recorre exóticos rincones del globo, otros turistean por los parajes lejanos o cercanos de la Patria. La mayoría, sin embargo, se solaza tomando mate en la vereda de su casa.

Quienes más disfrutan, claro, son los chicos, en especial los de Buenos Aires. La multiplicidad de días inhábiles, combinados con las exitosas huelgas docentes, les permite rascarse a cuatro manos.

El país, otrora tanguero, llorón y melancólico, ingresó al soñado jardín del dolce far niente.

Quizá, casi sin pretenderlo, hemos hallado la fórmula de la felicidad colectiva.

La Pimpi, garante del país feliz
La ecuación pinta ideal. Millones de argentinos se desplazan este fin de semana largo a lo largo y a lo ancho del país mientras el Ejecutivo celebra la peregrinación.

Escuchemos al ministro de Turismo Enrique Meyer: esto demuestra “el éxito de las políticas de ordenamiento de feriados” dispuesta por el Gobierno nacional, dice.

O sea, que hay regocijo en la cúpula y en la base de la sociedad.

Es una fórmula exportable.

Pero para que la felicidad “a la argentina” resulte completa, para cerrar el círculo jubiloso, se necesitan algunos mecanismos complementarios.

Uno de ellos, el más efectivo y necesario, es negar, sistemáticamente, cualquier malestar, cualquier pelo en la sopa que ensombrezca el ánimo.

El Gobierno tiene sus expertos para tarea tan delicada.

Una integrante de ese grupo de élite es la subsecretaria de Defensa del Consumidor, María Lucila Colombo, la Pimpi, mano derecha de Guillermo Moreno.

Ella protagonizó la entrevista más comentada de la radio mendocina esta semana.

Consultada en el programa Hola, País, de Radio Nihuil, sobre la tarjeta Supercard, en un momento la Pimpi minimizó la importancia de la inflación en el país. La inflación es la que marca el Indec, enfatizó. Y no mueve la aguja.

La fresca aseveración colmó la paciencia del conductor del espacio, Carlos María Sicilia, que se terminó trabando en un acalorado intercambio de opiniones con la Pimpi quien, sin despeinarse, siguió recitando el catecismo del aquí no pasa nada.

El diálogo quedó registrado en Facebook. Es una perla.

La fórmula de la felicidad nacional exige este tipo de apostolados.

Alegría con luces y sombras
Sin bien la fórmula del júbilo criollo hoy parece imbatible para grandes y chicos, para gobernantes y ciudadanos de a pie, se debe tener en cuenta que no todos participan de la fiesta.

Quedan heridos en el camino.

De lo contrario, esto sería el paraíso.

Y, se sabe, la Argentina no es el paraíso. Aunque el Papa y el mejor jugador del mundo hoy tiren juntos el carro del orgullo nacional hacia las estrellas.

Dicho en otros términos, hay luces y sombras, ganadores y perdedores en este rotativo Carnaval Federal de la Alegría en el que ha entrado el país.

Podemos ilustrarlo, en el ámbito provincial, mediante una especie de aplausómetro o medidor de sonrisas en el gabinete de Paco Pérez.

Este fin de semana extralargo, por ejemplo, desbordan de entusiasmo y de figuración en medios y en redes sociales Javier Espina (Turismo) y Marizul Ibáñez (Cultura).

Su algazara es legítima. Las plazas hoteleras están cubiertas. Desbordan las rutas de paseantes y forasteros. El ciclo Música Clásica por los Caminos del Vino cada vez tiene más identidad y brillo.

En contraposición, otros ministros, como Rolando Baldasso (Infraestructura) o Marcelo Barg (Agroindustria), no consiguen eliminar la preocupación de su semblante.

Muy comprensiblemente.

El reciente Waterloo (que ojalá sea pasajero) de la minera Vale no habilita ningún jolgorio. El miércoles, cuando se reinstale la rutina, el diario trajín tras el ensueño, esa pesada carga volverá a encorvar la espalda del Gobierno mendocino. Dicha sombra se extenderá sobre todo 2013.

Entre el ocio y la producción
La frontera que separa a Espina e Ibáñez de Baldasso y Barg, en estos días de holgazanería creativa, es la misma que divide a la industria (o la cultura) del ocio de la Mendoza productiva básica.

Hoteleros y gastronómicos, pongamos por caso, están de parabienes. También los grandes espacios, como los shoppings y los hipermercados (esos mismos que quieren domar Moreno y la Pimpi Colombo).

La agroindustria local, no atada al turismo, en cambio, sufre y clama en el desierto.

Más puntualmente, la vitivinicultura, industria madre, se encuentra en su momento de máxima actividad, en la etapa clave de su gestación de productos, o sea, en la cosecha y en la elaboración.

“La uva tiene sus tiempos y por estos días se está levantando el grueso de la cosecha de uvas argentinas en todo el país”. Palabras del presidente del INV, Guillermo García. Más claro, agua.

Consecuencia: estos maxiferiados impactan de lleno en la mano de obra. O faltan trabajadores o los costos laborales se multiplican.

A ello se deben añadir graves condicionantes de la coyuntura, como el tipo de cambio desfavorable, los retrasos en reintegros de IVA o la devolución de derechos de exportación.

Los piquetes y cortes de ruta extendidos son la frutilla en el postre de esta etapa.

Se entiende, por lo tanto, la profunda arruga que cruza la frente de Baldasso, de Barg y hasta del ministro de Hacienda, Marcelo Costa (¿cuál será el hueco que le producirá, a la larga o a la corta, la deserción de Vale en su presupuesto al rojo vivo?).

En resumidas cuentas, vivificador resulta “el contagioso ritmo de los tambores” que hermana a los hombres desde los tiempos inmemoriales.

Pero no todo es carnaval.

Bien vendría que la felicidad argentina fuese más repartida.

http://www.diariouno.com.ar/afondo/Como-ser-feliz-a-la-argentina-20130331-0026.html

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