Belgrano Rawson: “Hay pocos escritores buenos en cualquier país del mundo”

Belgrano Rawson: “Hay pocos escritores buenos en cualquier país del mundo”

ago 24, 13 • In Letras, Música y Letras, Tapa

El escritor argentino acaba de publicar un nuevo libro de cuentos, “Vamos fusilando mientras llega la orden”, ahora que, según dice, se le apagó la pasión por la lectura.

Por Horacio Bilbao

Belgrano Rawson en una visita a las Malvinas, donde ahora ubica algunos de sus cuentos.

Belgrano Rawson en una visita a las Malvinas, donde ahora ubica algunos de sus cuentos.

Aunque esta vez nos convoque su nuevo trabajo, Vamos fusilando mientras llega la orden (Planeta), la charla con Eduardo Belgrano Rawson deriva hacia sus libros por venir. Saldremos de esta entrevista con tres o cuatro títulos nuevos, con un par de documentales en gestación -porque ahora el escritor cultiva la pasión de filmar- y con la urgencia de una crónica sobre los 100 días del gobierno de Salvador Allende en Chile que, cuando la cuenta, parece leída. Dan ganas de llamarlo para que nos mande los borradores. El no lo haría nunca. Reniega de mostrar la cocina de su escritura, y por eso tira todo lo que usa para construir sus libros. “Es como si un carpintero guardara la viruta”, compara este autor que se define como de tiro largo.

Los deja madurar a sus escritos. En este caso, ya tenía el título desde 2005. Este, su segundo volumen de relatos, funciona como envase contenedor de unos cuantos inéditos con otras historias que guardaba en el sótano. El trabajo está dividido en dos partes: Vamos fusilando, enfocado en situaciones cotidianas que rebosan de ironías y Tres disparos, tres relatos sobre Malvinas que ya había publicado en Clarín, rescritas aquí con los tiempos de la literatura. “Es bueno que pase el tiempo”, ratifica el autor.

Pero a la vez se va aggiornando. Se compró una cámara que el mismo opera y una isla de edición. Y tiene varios proyectos. Las chicas de las valijas, es uno. Habla de tres jóvenes que se van subalquilando un departamento miserable en París. “El cine siempre fue un amor no consumado para mí, y ahora, con la aparición del digital no me quedan excusas”, dice. Veremos cómo le va. Con sus libros cautiva lectores en varios países. En Francia, Alemania, Italia y Grecia, por nombrar algunos de los que pagan en euros. Curiosamente, nunca lo publicaron ni en España ni México. ¿Qué esperan?

Los rituales del box, la ironía del lenguaje, la mirada social, la brutal rutina alimentaria de un tipo que sufre la hipertensión de la aurora, la francesa puteadora del metro, marcan el rumbo de algunas de estas viejas nuevas historias. Pero el horizonte de Belgrano Rawson es extenso. De tan anticipador que se ha vuelto, ya nos avisa que jamás escribirá sus memorias. Por suerte vive contando, en formatos y soportes varios, sembrando información personal, que es otra manera de hacer memorias.

Aunque tu obra toque grandes temas, la colonización de los indios en Fuegia, la revolución cubana en Rosa de Miami, los personajes de Noticias de nuestra América, lo que prevalece es el tono cotidiano de tus historias. Y en este libro, eso se acentúa, ¿es deliberado?

Nunca me propuse afrontar grandes desafíos temáticos, como pudieron ser los últimos días de los fueguinos, los primeros genocidios, o Rosa de Miami, que habla del apogeo de la revolución cubana y de su lenta declinación que llega hasta nuestros días. Lo mismo me ocurrió con esa crónica periodística que es Noticias… pero esas cosas nacieron, yo nunca me propuse escribir una gran historia. No se, será que ahora me ocupo más de la grandeza de lo cotidiano, un gran desafío. Los grandes temas son peligrosos. Podés escribir sobre la retirada de los yanquis en Vietnam y ser muy chato, en cambio, zambulléndote en el guiso que prepara tu tía puede salir algo bueno.

¿Tu origen de periodista hace que investigues, aunque luego desgranes y reconstruyas literariamente esas investigaciones?

Sí, nunca dejo de investigar. Necesito conocer todo acerca del tema aunque después retenga muy poco de todo aquello. Es una malformación del periodismo. No sé cuánto me sirve, pero no puedo dejar de hacerlo.

La excusa para estos relatos de Malvinas son los tres disparos, pero son tres puntos de vista diferentes: contás desde el poder en Le Poisson Volant, desde los colonos a través de John Fowler, y desde los soldados argentinos que murieron allá, representados por es hombre que habla desde la tumba, la gusanera.

Fue el enfoque que me salió, y para ello fue muy importante haber ido a Malvinas, con todas las sensaciones contradictorias que surgen allí. La primera sensación, en realidad, son las ganas de volverte. Llegás a la base militar, te atienden milicos ingleses, el viento es tan fuerte que descose las banderas inglesas, no hay un solo árbol…

En “Le poisson volant” el tema central es la sesión del hombre fuerte de Francia con su analista en París, un hecho decisorio para la guerra (Nota: Belgrano Rawson no los nombra, pero habla del entredicho que hubo entre Thatcher y Miterrand por los misiles Exocet)

Sí, ese es el fundamento del relato. El psicólogo francés abocado a atender al presidente francés que sufre un gran conflicto, que es real, porque traiciona su clientela al darle los códigos de los misiles a la mujer que lo acosa.

Borrar nombres, fechas, huellas concretas, ¿es tu manera de desmenuzar la investigación para volverla un relato?

Así es. Es una manera de no cargar la mochila de la información de la historia. En Fuegia es más notable, allí nada se llama como se llamó. No figura el Cabo de Hornos, ni el Estrecho de Magallanes, ni el Canal Beagle, ni los yamanas se llaman yamanas ni los Onas se llamana onas, pero sin embargo nadie podría dejar de advertir que eso es Tierra del Fuego. Todo está denominado de manera ficticia.

¿Qué significa esa ausencia de referencias?

Una total libertad para la narración, aunque mantengo el espíritu de lo que pasó.

En muchas de estas historias, contadas con humor y todo, persiste una imagen de derrota. Arrasaron a los indios, la revolución triunfó pero…

Si hay alguna idea en la mira, y dudo de mis ideas, es que no hay guerras heroicas. A los cubanos no les gustóRosa de Miami, porque no tenía entidad heroica. Les molestó el foco del humor, aunque el libro habla bien de Cuba. Creo que cuando muere el Che desaparece un ícono moral muy importante en Cuba. El Che no transaba. Y después vinieron hechos terribles, como el fusilamiento de Ochoa, un héroe de Angola, por una causa de narcotráfico. ¿Podemos presentar eso como una victoria? La revolución dejó muchas cosas positivas, pero tengo miradas contradictorias.

Hay varias sentencias literarias en distintos cuentos, una es los libros como refugio, ¿no?

Sí, me sorprendió que en este libro aparezca tanto el hecho de la lectura. Sucede en varios cuentos, y justo ahora que la pasión por la lectura se me ha apagado. Yo vivía en estado de novela prácticamente, pero eso ya no lo tengo.

¿Y por qué crees que se apagó?

No puedo explicar por qué se apaga una pasión. Por eso me resulta maravilloso descubrir un libro que me motiva, es como renacer.

En el cuento del e-book el protagonista se pregunta para qué quiere un millón de libros.

Es la sensación de estar abrumado. Me pasa también con las películas. Ya no sabemos qué ver. Antes, ir al cine implicaba una ceremonia. Empilcharse, pagar la entrada, darle una propina al acomodador, sentarse, esperar a que se apaguen las luces y entrar en estado de fascinación. Hoy, a través de Internet, podríamos mirar cine todo el tiempo, y sin embargo hay una infinidad de cosas que no ves. Es como vivir en la heladería.

La literatura, el cine, el arte, ¿puede recuperar ese ritual?

No se. Los tiempos que nos tocan son estos, tiempos de una reducción catastrófica de la lectura. Me pregunto si no vamos hacia un país de analfabetos con notebooks. Ojo, no está mal repartir notebooks, pero eso solo no sirve para nada.

Tizón escribía con nostalgia por esos páramos del interior del que salían buenos escritores, en los que anidaban historias orales bien contadas. Vos, Tizón, Di Benedetto, Soriano, podrían ser algunos ejemplos, ¿eso se acabó?

Creo que no, más bien diría que hay pocos escritores buenos en cualquier país del mundo. La calidad es una cosa, el mercado otra y la capacidad de lectura otra. Hay países en los que se lee mucho y no necesariamente tienen buenos autores.

Pero crecieron sin televisión.

En San Luis no veíamos televisión, pero había bibliotecas. Y la biblioteca que había en casa, me salvó de ser un ignorante profundo. La escuela primaria fue importante para mí, pero la secundaria no me dio nada. A partir de sexto grado mi verdadera educación empezó en esa biblioteca.

¿Cómo y de quién era esa biblioteca?

El dueño de esa biblioteca era mi viejo, y allí había de todo, porque mi viejo era filósofo. Pero había libros fuera de mi alcance. Borges, Proust, son autores con los que yo no he podido. En cambio, me fascinaba la narrativa norteamericana. Tuve una manera muy anárquica de elegir lo que había en esa biblioteca. Podía con Mark Twain, con Jack London, y hasta con algunas cosas de Faulkner…

Los más alejados de la academia…

Claro, esa es la literatura que me encantó, Truman Capote…

¿Estás más cerca de la calle que de la academia?

No se si en la calle, pero en todo caso jamás escribo desde la biblioteca, en todo caso lo hago desde la emoción.

Una emoción que te llega incluso de los recuerdos, como esa cita de los Karamazov que aparece otro cuento: “No hay nada más útil que un buen recuerdo”…

Es de lo único que me acuerdo de Los hermanos Karamazov. Un libro que me resultó difícil, porque hasta los rusos llegaba, pero no a todos. Y esa lectura anárquica de un tipo que ignora todo acerca de la literatura, y que realmente se formó con lo que agarraba de la biblioteca. Después, de casualidad, encontré a los latinoamericanos y eso me salvó. Descubrí que en español había buenas cosas, quizás mejores que muchas otras. Salí del mundo de las traducciones.

Que también criticás acá cuando hablás de las “pedorras traducciones españolas”…

(Risas) Eso se me hizo muy notable. No se idiomas, entonces hasta que no pude valorar lo que significaba leer bien en el idioma original, no tomé conciencia de eso. Después de leer a Cortázar, a Rulfo, al primer Vargas Llosa, al primer Carlos Fuentes, comprendí que la escritura tenía una música a la cual yo, modestamente, quería aspirar.

No es una sentencia sobre la escritura, pero hay un interrogante, te preguntás si alguien amará a su trabajo. ¿Te preocupa eso?

Lo cuento a través de esa chica que, aunque parezca acomodadora del cine, en realidad es actriz. Es eso, aunque seas Galileo, ya nunca verás una estrella, porque los astrónomos de hoy están condenados a la pantalla de la computadora. Hoy es muy poca la gente que disfruta de su trabajo. Nadie es lo que dice ser. Pero hubo una época en la los tipos eran orgullosos laburantes de su oficio. Y es algo que nos pasa a todos.

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Nota: Por un error de edición, en la versión de está nota que se publicó en la Ñ impresa del sábado 17 de agosto, el epígrafe consignaba que el entrevistado había “luchado en Malvinas”. Nuestras disculpas a Belgrano Rawson, quien nos envió esta simpática carta.

Vamos fusilando mientras llega la orden

Gracias por la intención, pero salir en una foto junto a un avión derribado no lo convierte a uno en soldado. Me refiero a la linda entrevista de Horacio Bilbao en la última Eñe, donde el epígrafe alude a mi supuesta condición de combatiente. Por si las moscas, aclaro que tampoco provoqué el derribo del avión. Cordialmente

Eduardo Belgrano Rawson

CABA

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Belgrano-Rawson_0_976102411.html

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