El viento que arrasa, de Selva Almada

El viento que arrasa, de Selva Almada

nov 30, 13 • In Letras, Música y Letras

el viento que arrasa

El verbo es «arrebatar», en el sentido de «atraer algo como la vista, la atención» y «sacar de sí, conmover poderosamente excitando alguna pasión o afecto».

Una novela te puede arrebatar.

Me fascina cuando una novela me agarra del cuello del buzo y me lleva a rastros por donde quiere y me hace creer lo que se le antoja y me enamora de los personajes por más raros y simples que aparenten ser y me deja pensando en sus grandezas y miserias y no me deja hacer otra cosa hasta que pasa un rato, hasta que la novela se me calma en la cabeza, hasta que todas las tensiones que se pulsaron aflojan un poco la vibración. Me encantan las novelas cuando son como El viento que arrasa.

La prosa de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) tiene aquí esa cosa faulkneriana de Mientras agonizo, pero pasada (y un poco suavizada) por los filtros de la luz terrosa de los campos de algodón (los del sur de aquel sur) y de la ropa limpia (de algodón, está claro) que se ponen las gentes de pueblo los domingos de misa.

Pocos personajes: un reverendo evangelista entre fanático y farsante; un mecánico al que le dicen «el gringo»; un «chango» jovencito al que lo apodan Tapioca; una jovencita, Leni, que es la hija de reverendo, y el perro Bayo, que olfatea tormentas como pocas veces se pueden describir y escribir, protagonizan esta breve historia, tal como si bailaran un chamamé (animado y triste a la vez) en un almacén de campaña.

Breve historia que transcurre en el marco de un día de sequía y su noche de tormenta (aunque teje retrospectivamente las vidas de esos personajes), y en el escenario de un taller mecánico perdido en medio de la campaña provincial deshabitada. En ese marco, la avería de un automóvil (el del reverendo y su hija, llevado a rastras hasta el taller) bien puede ser la metáfora y el detonante de todas las averías que atraviesan las vidas de padres e hijos (y madres ausentes) en su sucesión mundana y en sus desencuentros generacionales. Allí, entonces, para esos personajes, el cielo y la tierra, lo terrenal y lo celestial, solo tienen un punto de contacto: la palabra humana y los silencios.

La escritora sabe que en eso, en la fuerza de esas palabras y de esos silencios, en la economía de esas palabras y de esos silencios, se juegan los destinos más terrenales que divinos de sus personajes (humanos, demasiado humanos).

Con un pulso envidiable, Selva Almada conduce el relato para arrebatar a este lector y, seguramente, a todo lector que se acerque a estas páginas.

Belleza de novela, viento que arrasa.

http://machadolens.wordpress.com/2012/04/29/el-viento-que-arrasa-novela-de-selva-almada/

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