Paco es más Paco en el cambio que no cambia

Paco es más Paco en el cambio que no cambia

dic 22, 13 • In Columnas, Política, Tapa

El gobernador no echó a ningún ministro y se blindó con sus íntimos para afrontar sus últimos dos años de poder declinante

El gobernador con su armadura de Iron Man, tiene en sus manos a Olfi Lafalla y Francisco García Ibáñez.

El gobernador Paco Pérez con dos de sus hombres de confianza, Olfi Lafalla y Pancho García Ibáñez (Ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Columnista de Diario UNO

El ingeniero Álvaro Alsogaray hizo famosa su frase “Hay que pasar el invierno” en medio de las privaciones de 1959.

Una de las tantas privaciones cíclicas de la Argentina.

Alsogaray, a la sazón ministro de Economía, argumentó con un planteo que podría aplicarse como comodín de nuestro devenir nacional: “Muchos años de desatino y errores nos han conducido a una situación muy crítica. Es muy difícil que este mes puedan pagarse a tiempo los sueldos de la administración pública”.

Hoy la frase en boga tiene un matiz similar, aunque acotado a este tramo angosto del calendario. “Hay que pasar las fiestas”, es la sensación que predomina, sobre todo en las administraciones provinciales.

Muchos son los gobernadores que están en serios aprietos para afrontar sus obligaciones salariales, más aún después de las asonadas policiales que les hicieron tirar la toalla. Palpan, también, el malhumor social. Y el desconcierto de pequeños y medianos empresarios.

Incluso uno de ellos, por no ser kirchnerista de paladar negro sino radical, el correntino Ricardo Colombi, tuvo margen para amagar con la emisión de cuasimoneda.

A Mendoza, debido a su confesa fidelidad a la Presidenta, ese camino le está totalmente vedado. Ni siquiera como simple amenaza retórica destinada a conseguir algún mendrugo más.

Pérez ratifica su rumbo
Por el momento, la Provincia ha transitado estos últimos días de agitación nacional con bastante buena fortuna en relación al resto.

Hubo recomposición salarial de los uniformados, pero nunca se dejó de prestar el servicio ni se produjeron acuartelamientos que pusieran en vilo a la población.

Tampoco la crisis energética, con su encadenamiento de cortes que ha estado torturando en especial a los porteños, se verificó por aquí.

Esta relativa calma seguramente influyó en el ánimo de Francisco Pérez a la hora de decidir los cambios en su equipo, que la realidad y los resultados electorales le estaban reclamando a gritos.

También el partido se los estaba reclamando al gobernador.

¿Qué le permitió la asordinada placidez de fines de diciembre a Pérez? Lo principal es que lo dejó moverse sin un cuchillo en la garganta, como le ocurriera a su par cordobés José de la Sota, que debió hacer una profunda limpieza ministerial.

Y eso que De la Sota venía de ganar las elecciones en su provincia.

Pérez, pese a perder dos veces seguidas por el 75% de los votos; pese, también, a que su estrella de Belén, la presidenta Cristina Fernández, también sufrió un duro revés en las urnas, decidió ratificar el rumbo.

Fue una decisión política, tan respetable o cuestionable como cualquier otra. Pero fue, también, y sobre todo, una decisión íntima.

El cambio que no cambia
Los cambios de gabinete anunciados por Pérez están entre los más sorprendentes de los últimos 30 años de democracia.

No se recuerda un antecedente igual. O sea, de una profusa remoción de ministros, pero no para echarlos, sino para rotarlos entre sí. Para enrocarlos. Permutarlos. Agitarlos como dados en un cubilete. O redistribuirlos en el juego, como quien baraja el mazo. Como guste.

Ciertos ministros pasaron a la segunda línea. Y viceversa. Otros cambiaron de cartera. A otros le crearon una nueva.

Pero, grosso modo, quedaron los mismos. Con módicas novedades, como la del cura Cristian Bassin en Desarrollo Social. Un gesto humano y humanístico. Una escarapela, más que un refuerzo técnico de gestión.

El cambio que no cambia va a ser, cuando se haga la crónica de estos días, una de las marcas distintivas del Espíritu Grande.

Paco se arropa en el paquismo
Lo que todo el mundo se pregunta es el porqué de esta movida de Paco.

Los menos piadosos le endilgarán un sentido gatopardista, o sea, cambiar algo para que nada cambie.

Alguno evoca con ironía a Carlos Menem cuando anunció, muy suelto de cuerpo: “Vamos a dar un giro de 360 grados”.

La razón parece ser más sencilla.

Pérez, desde el principio, fue consciente de que el gobernador tiene poder efectivo solo por dos años. Luego, su “lapicera se debilita”, como ilustran en su entorno.

Lo cual lo llevó a pedir, sin hipocresía, la reforma constitucional con reelección del primer mandatario.

No le salió. Tampoco tiene el dominio político del territorio. Y, encima, su gran fuente de legitimación nacional, la Presidenta, también está con su estrella declinante.

En conclusión: para el tramo final de su mandato, buscó blindarse con hombres de su más extrema confianza. Por eso Francisco García Ibáñez, el Pancho, emergió del velado rol de secretario Legal y Técnico para transformarse en vocero, en la voz oficial de Paco.

Por eso retornó Rodolfo Lafalla, el Olfi, como ministro de Gobierno, el cuadro político de Paco.

Por eso Bassin. Fue un pedido expreso de Celina, la esposa de Paco.

Por eso se menciona, hasta al hartazgo, a Matías Roby, amigo personal de Paco, como reemplazante de Díaz Russo en Salud, el hombre que tenía todas las fichas para irse y todavía está ahí.

En fin. Paco se reforzó de sí mismo. Con una armadura tipo Iron Man, pero con su rostro.

Lo cual implica más concentración aún en su propia persona de la que ya ejercía, con algún guiño extemporáneo a La Cámpora y menos juego abierto a los demás, como pretendía, vanamente, el resto del PJ.

Es lo que viene. Dos años del más acendrado paquismo.

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