Lo que va del barrilete cósmico a la tierra yerma

Lo que va del barrilete cósmico a la tierra yerma

nov 8, 15 • In Columnas, Política, Tapa

Clima bélico. Se acerca el debate mientras la Presidenta se queja de una campaña “cloaca” y advierte sobre San Martín y Belgrano

Paco y el barrilete Néstor en el cielo de Arsat. (Ilustra Diego Juri para UNO)

Paco Pérez bajo los manes de San Martín, Kirchner y Belgrano (Ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

La Argentina sigue configurando un caso abstruso, muy difícil de desentrañar para los observadores extranjeros.

Cuesta ubicar al país dentro de parámetros “normales”, si es que definimos esto último, en términos políticos, como algo “previsible”.

Las elecciones del 25 de octubre lo comprueban. Sorprendieron a todos. Tanto al retador, Mauricio Macri, como al candidato oficial, Daniel Scioli.

“Algo pasó y no nos dimos cuenta”, lo resumió, de manera perfecta, el gobernador de Misiones, Maurice Closs.

A partir de esa primera vuelta que definió el mano a mano, muy parejo, entre ambos, para el balotaje del próximo domingo 22, las sorpresas cambiaron de rumbo, apuntando para otro lado: hacia el carácter del debate electoral.

En vez de reinar, en la porfía pública, un intercambio, una esgrima medular de ideas y planes de gobierno, el leit motiv principalísimo, además de promesas que se van desbocando y pedidos de perdón a destiempo, es la mayor o menor suciedad de la campaña.

¿Hay verdaderamente campaña sucia, una campaña del miedo?

¿O, como pretenden algunos, es solo una campaña negativa, tan lícita y profesional como cualquier otra?

Terminó de poner las cosas en su lugar Cristina Fernández en su último acto de campaña antes de la veda.

“Hay una campaña más que sucia, sí, una campaña cloaca contra esta presidenta”, aseguró al inaugurar la segunda etapa del Polo Tecnológico Nacional. “A mí me han publicado más de treinta tapas por mi condición de mujer, han dicho que era bipolar, como Einstein, pero no soy bipolar”.

El tono dominante es bélico.

Marcha, la Argentina, hacia el debate del próximo domingo y, una semana después, hacia la elección presidencial definitiva, como si marchara a la guerra.

De San Martín y Belgrano
Si algo dejó en claro la presidenta de la Nación en su arenga de Palermo es que, una vez alejada del poder, seguirá siendo una protagonista activa en la arena política.

“Yo no me voy a ir a ninguna parte. Me voy a quedar para recordar que tuvimos la oportunidad de seguir creciendo”, advirtió.

Quedará pendulando sobre la cabeza del próximo presidente, cual espada de Damocles.

Como una sombra envolvente de su continuador.

Lo remachó al anunciar, ante la habitual barra camporista que, fiel al rito, la aplaudía a rabiar, respecto de Scioli, Macri y el inminente balotaje: “No van a elegir entre San Martín y Belgrano, tampoco entre dos santos, van a elegir un modelo de país”.

Les bajó el precio a ambos, de un solo mandoble. Para subirse astronómicamente la propia cotización.

Aun así, resulta tranquilizante, como ironía histórica, que Scioli y Macri no sigan el derrotero de San Martín y Belgrano, los dos próceres mayores del panteón nacional y, por lo mismo, símbolos de la ingratitud criolla en carne viva.

San Martín murió en el exilio, alejado voluntariamente de las luchas intestinas que desgarraban al país que había contribuido a liberar.

No descansó en paz ni siquiera cuando sus restos fueron repatriados desde Francia durante la presidencia de Avellaneda. “La Iglesia le retaceó al Libertador un lugar de honor dentro de la Catedral”.

Claro, había sido masón.

Lo cuenta Adriana Micale en su libro Hechos polvo, en coautoría con Jaime Correas, que se presentó en Mendoza el jueves.

Cuenta también Micale que Belgrano murió “pobre e ignorado por la opinión pública”.

Días después del deceso del creador de la bandera, solo uno de los ocho diarios que había en Buenos Aires, el Despertador Teofilantrópico del padre Castañeda, dio a conocer la noticia.

Tiene toda la razón la Presidenta. Ni San Martín ni Belgrano dan la medida de los políticos de hoy.

De cualquiera de ellos.

Dicen Micale y Correas en la introducción de su trabajo, que lleva por subtítulo Cadáveres errantes y degollados en la Argentina del siglo XIX: “Un elemento es común a lo que nos ocupa: la lucha entre connacionales, la descalificación del compatriota y su destrucción”.

Dos siglos más tarde y luego de treinta años de democracia plena, ¿todo está como era entonces?

Es una pregunta central frente a lo que se viene.

El cruel desierto mendocino
Dentro del país, que llega a esta instancia pródigo en bienestar, según el discurso oficial que defenderá Scioli, y estragado por multitud de cuentas pendientes, según el discurso opositor que planteará Macri; dentro de ese país en blanco y negro está la Provincia.

La realidad, en este caso, es mucho más agria. Más chiquita.

Son pocas, muy pocas, las cosas que pueden mostrarse como logros sustantivos en un final de ciclo ya cerrado, pues ni siquiera hay en Mendoza una elección pendiente como sucede en la Nación.

“No nos gusta haber llegado de esta manera al término de nuestra gestión”, se sinceran en el círculo íntimo del gobernador Francisco Pérez. “Hemos hecho lo básico que debe hacer cualquier gobierno: asfaltar algunas rutas, construir escuelas, manejar el día a día de la administración. Pero no pudimos introducir nada verdaderamente nuevo. Ni siquiera nos dio para sacar una reforma de la Constitución”.

Solo hay deudas por delante. Muchas y en abanico. Incertidumbre política para el peronismo. Mucha. Tanto por lo que sucede en el país como en el ámbito local. Y escasez de nombres rutilantes, por ahora, dentro de la provincia, para esperanzarse con el futuro cercano.

Es la tierra yerma. La Mendoza impía. Sin héroes ni santos.

A sideral distancia de las alturas donde la presidenta ve revoloteando la figura de Kirchner, cual “barrilete cósmico”, entre los satélites Arsat.

Néstor está en el cielo “como una suerte de alguien que soñó tanto”.

Paco también echó a volar un sueño semejante. Lo llamó Espíritu Grande.

La ingrata realidad le impidió abandonar su rampa de lanzamiento.

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