Honrar la austeridad sin hundirnos en la tristeza

Honrar la austeridad sin hundirnos en la tristeza

mar 13, 16 • In Columnas, Política, Tapa

Tiempos duros. La crisis exige una alta cuota de racionalidad en la puja entre el Gobierno y los gremios. También ser imaginativos

El gobernador Cornejo

El gobernador Alfredo Cornejo con su escoba nueva en el Frank Romero Day (ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Pocos de los gobernadores “nuevos”, que llegaron como recambio de signo político, tuvieron la suerte de Alfredo Cornejo.

La larga transición entre su victoria en las urnas y la toma efectiva del poder en diciembre permitió ver, con dramática claridad, cuán “desnudo” estaba el rey que lo antecedía.

A Francisco Pérez, en efecto, las cuentas públicas se le habían terminado de desmoronar en los tramos finales de su mandato.

Al déficit crónico y progresivo de la Provincia se le fue agregando el desapego de la administración central.

Ninguneado, sin disimulo alguno, por Cristina, Paco terminó chapoteando en el fango. Boqueando. Como pez fuera del agua. Y bajo el sol ardiente de la derrota.

Para Cornejo, por supuesto, fue un desastre recibir el gobierno en esas condiciones. Pero le dio una ventaja operativa que no tuvieron Macri en la Nación ni María Eugenia Vidal en Buenos Aires: la población sabía, a ciencia cierta, cuán grave era la situación del Estado mendocino.

¿Responsabilidad sindical?
Nadie, en su sano juicio y con un mínimo de honestidad intelectual, podía -y puede- ignorar la condición presupuestaria de la Provincia.

Salvo los líderes del gremialismo estatal, que fue copartícipe necesaria del gobierno de Pérez en el desfonde de las cuentas públicas.

¿Por qué, hoy, los sindicatos vuelven a tensar la cuerda con el Gobierno hasta más allá de lo tolerable?

Por un cóctel que, año tras año, se torna cada vez más explosivo.

Hay, por un lado, una legitimidad indiscutible en sus demandas: el costo de vida ha venido presionando sobre los sectores populares de manera insistente. Hace más de un lustro que Argentina figura en el top five de la inflación mundial.

Y en diciembre, enero y febrero hubo un sobrecalentamiento.

El reclamo salarial, tiene, entonces, una base de comprensión social.

Pero existe un límite. Que es la capacidad de pago de cualquier gobierno. Porque los excesos los termina pagando la totalidad de la población, estrujada por una de las cargas tributarias más alta de la región.

Esto último no conmueve a los estatales. Ejercen una capacidad de presión que se ha vuelto infinita.

El motivo de este desfase es sencillo. Los estatales pueden hacer huelgas eternas por cuatro razones: 1) Nunca van a perder sus puestos de trabajo. 2) Nunca se van a quedar sin fuente laboral (podrá quebrar el Estado, como ocurrió con el gobierno de Pérez, pero no va a cerrar sus puertas). 3) Tienen la posibilidad cierta de evitar los descuentos por días de paro como parte de la negociación. 4) Se han vuelto el sector más conservador de la sociedad. No aceptan cambio alguno, ninguna modernización que los saque de la comodidad de sus estatutos, de la monotonía de su rutina burocrática.

En resumen, los sueldos deben recibir un tratamiento justo.

Al mismo tiempo, va de suyo que el grueso, muy agobiado, de la población merece disponer de los servicios públicos y no seguir siendo el burro de carga que sustenta la ineficiencia de las distintas gestiones.

No caer en la tristeza
Cornejo entendió, más temprano que tarde, cómo debía afrontar su arribo al gobierno provincial.

Entre otros valores, ha hecho un culto, en esta etapa, de la austeridad.

Necesita recomponer las cuentas, ordenar al Estado, podar el viñedo de vicios que perjudican los frutos.

Esto está fuera de discusión.

Y tiene suficiente carácter para afrontarlo. No le temblará el pulso. El aumento por decreto a los docentes es parte de su manera de ser.

Ahora bien, la austeridad es bienvenida siempre y cuando no termine derivando en tristeza.

Ese es el mayor peligro de ajustarse en extremo el cinturón sin tener a mano una válvula de escape. Una ventanita en el techo por donde el ciudadano común atisbe algo de luz.

Puede servir de metáfora lo que sucedió con los distintos capítulos del festejo vendimial.

A la exigencia de bajar los costos se le agregó falta de imaginación.

Así pues, lo que en años anteriores fue una serie de fiestas populares durante las repeticiones del acto central, esta vez mutó en una ceremonia autocomplaciente pero de tonalidad gris.

Poner a artistas de la talla internacional de Verónica Cangemi, Orozco-Barrientos o Los Enanitos Verdes frente a un teatro griego con enormes claros de público, es un llamativo error de cálculo.

No lo merecían los músicos. Tampoco el mendocino que se quedó en su casa, por el motivo que fuera.

Y hubo una paradoja conceptual, dentro de la frugalidad general: los festivales departamentales concitaron mayor entusiasmo que las repeticiones del Frank Romero Day.

La Fiesta de la Cosecha, en el aeropuerto, tuvo más vuelo, brilló más.

Godoy Cruz mismo, estos años, supo ser mejor bastonero con su Fiesta de la Cerveza.

Errores de cálculo. Y de comunicación. Como el importante golpe al narcotráfico cuyo anuncio, junto a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, fue tapado, opacado por el conflicto docente y el ítem aula.

Dice el español Ignacio Peyró que “hoy tendemos a premiar a los paladines de la utopía y a castigar a quienes no ocultan «la roca dura de la realidad política»”.

Es una crítica lúcida.

Aunque, para no deprimirnos, Cornejo debería colocar sobre esa roca, cuando menos, un pájaro.

Pájaro cantor y de colores, si ello fuese posible.

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