Un gran lector: “Es mala educación no contestarle a un libro. Escribo en las páginas o los márgenes”

Un gran lector: “Es mala educación no contestarle a un libro. Escribo en las páginas o los márgenes”

ago 7, 16 • In Letras, Música y Letras, Tapa

Manguel uno

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Ir al encuentro de Alberto Manguel es como ingresar a un entorno de ensueño, de reflexión terrena o metafísica, de serenos viajes. Como ir a otros mundos.

Manguel es, él mismo, un doble viajero. Habiendo nacido en la Argentina, ha paseado su humanidad (y su biografía) por distintos lugares del planeta. Y a través de sus múltiples lecturas y escrituras ha enriquecido, como pocos, los ámbitos de la fantasía.

Es, para nosotros, el “Señor de los Libros”. Tan apreciable como sería para un seguidor de Tolkien el Señor de los Anillos.

–Un libro suyo que tengo en un lugar muy preciado de mi biblioteca y no quisiera terminar nunca es la “Guía de lugares imaginarios”.
–¡Ah! Ese me gusta a mí también, sobre todo, porque lo escribí cuando tenía apenas 20 años, con un amigo, Gianni Guadalupi. Mientras nos aburríamos en una editorial italiana, inventamos este libro, que es una crónica de lugares inventados por otros, pero tomándolo en serio.

–Es difícil seguirle el rastro a usted. La otra vez, hablando con Alicia Dujovne Ortiz, contaba ella que vivía en las afueras de París. Y le digo: “¡Ah! Igual que Manguel”, y ella me dice: “No, Alberto no vive más por acá”.
–Y sí, tengo algo de judío errante. Viví 20 años en Canadá, 15 en Francia, 5 en Tahití y después me mudé a Nueva York, donde recibí este ofrecimiento absurdo de ser el director de la Biblioteca Nacional. Uno no puede rehusar estos ofrecimientos absurdos porque son los que ponen un toque de humor a esta vida.

–Para alguien que le ha dedicado su vida a los libros y a abrirnos la mente a la lectura, debe ser irresistible que le ofrezcan ese cargo…
–Exactamente. Yo pensaba que estaba llegando al último capítulo de mi libro y de pronto, me encuentro con que hay un segundo tomo.

–Recuérdeme en qué año escribió “Una historia de la lectura”, uno de sus libros canónicos.
–¡Uy! Eso lo escribí a fines de los años ’80 por una razón muy precisa: yo, que siempre había vivido entre libros y me decía lector antes que escritor, quería saber qué era lo que yo hacía, porque si uno le pregunta a un lector ¿qué es ser lector?, uno no tiene una respuesta clara. Traté de hacerme la pregunta en torno a esa actividad tan rara que es la de tomar la experiencia de los otros, puesta en palabras y hacerla suya. A partir de esa pregunta nació el libro. Cómo coleccionamos libros, cómo leemos, por qué leemos silenciosamente, qué poder tiene el lector. Nos dicen que a la historia de la literatura la arman los escritores, pero somos los lectores los que decidimos qué va ir en esa historia, quién va a tener un lugar de privilegio o será olvidado.

–En un párrafo maravilloso de su nuevo libro dice “los lectores pertenecen a las sociedades de la palabra escrita, pero también de las sociedades orales”. Sin embargo, termina diciendo que las palabras toman vida sólo cuando son leídas.
–Hay un célebre dicho latino que se traduce generalmente como que lo escrito permanece y la palabra oral desaparece, vuela. Yo lo interpreto de manera distinta. Creo que la palabra escrita está pegada, muerta en la página y hasta que el lector no la rescata y le da alas esa palabra no cobra vida.

–Recién le preguntaba el año de “Una historia de la lectura” porque aún no era la época del libro digital y la lectura digital, que es como un nuevo capítulo en su trabajo. ¿Cómo lo vive usted?
–Me imagino que son las dicotomías que sentían los lectores de las tablillas de arcilla cuando se pasó al rollo de papiro. Cada tecnología crea sus defensores y sus opositores. Lo importante es recordar que toda tecnología nunca es la última. Ahora, en la Biblioteca Nacional, estoy obligado a aumentar la digitalización por muchos motivos, sobre todo porque somos una biblioteca nacional. De manera que si un lector en Mendoza quiere consultarla, tiene que tener el acceso de manera digital.

–Antes a los libros teníamos que ir a buscarlos a la biblioteca de la casa o a las públicas. Ahora supongo que va cambiando el sentido de las grandes bibliotecas por internet, Google, Wikipedia. ¿Cómo es el rol remozado de este rubro?
–Una biblioteca es siempre el repositorio de la memoria de la experiencia de una sociedad y esa memoria se asienta de muchas maneras: manuscritos de textos impresos, textos grabados, imágenes, la voz grabada. Entonces, una biblioteca no puede dar preferencia a una forma de la palabra o de la imagen. En esta época sólo los tecnócratas quieren vendernos la tecnología y convencernos de que no necesitamos libros impresos o manuscritos en una biblioteca. Hay bibliotecas en Estados Unidos que son desoladoras, con unas pocas computadoras y sin libros. Eso no es una biblioteca, es un repositorio de IBM, de Google o de Apple. Lógico, nos quieren vender sus maquinitas.

–Aparte no hace falta ir a la biblioteca. Uno lo puede hacer en su casa a través de la maquinita…
–Exactamente. Tenemos que ser conscientes de que un texto no es independiente de su soporte. Si usted lee un poema de Pedroni en una edición de lujo, en un libro de bolsillo, digitalmente, o escucha la voz en un CD, todas esas formas son las mismas palabras. Es el mismo texto, pero el soporte hace que sea distinto y que cambie el sentido del texto mismo. Es lo que propuso Borges con Pierre Menard, autor del Quijote.

–En “Una historia natural de la curiosidad” comparte el viaje con varios compañeros de ruta, pero usted mismo es parte del itinerario.
–Mire, le cuento un secreto. Cuando escribí Una historia de la lectura, yo la había hecho como un ensayo, en la tercera persona, sin meterme en la narración y le di a leer el primer borrador del libro a un amigo filósofo, que me lo devolvió diciendo “esto es interesante, pero le faltan aquí las anécdotas que vos me contaste: cómo te encontraste con Borges, cómo fuiste a Cartago. Todas esas cosas ponelas en el libro”. Entonces volví al manuscrito y me introduje como un personaje suplementario para decir que cada lector tiene su experiencia de esas vivencias, que cada lector tiene su historia de cómo aprendió a leer, la primera vez que se dio cuenta de que era lector. Cada lector tiene una relación distinta con el mundo exterior. Yo me puse en ese libro y eso funcionó.

–A veces el contacto personal con los escritores puede ser decepcionante, porque un gran escritor no tiene por qué ser también fascinante en lo personal.
–No, y la mayor parte de los escritores son bazofias como personas. Así que recomiendo a los lectores no tratar de acercarse a grandes escritores como Céline…

–¿Cuál de los escritores que fue conociendo en todos estos años le sorprendió positivamente en el contacto personal, hasta el punto de que usted haya dicho: “Este tipo está a la altura de sus libros”?
–Muchos, por supuesto. El holandés Cees Nooteboom, que tiene mucho cariño a la lengua española, vive gran parte del año en España y es una persona maravillosa. Tuve la suerte de conocer a Eduardo Galeano, una magnífica persona. Yo lo admiraba de lejos, en la biblioteca, y cuando lo conocí fue una sorpresa maravillosa.

–Para usted es muy particular la figura y la obra de Borges. Quiere hacer una gran muestra de él…
–La hicimos aquí en la biblioteca y de ahora en adelante, voy a visitar las provincias para fortalecer la red de bibliotecas de la Argentina. Voy a ir a Mendoza, por supuesto. Quiero traer, como un vendedor ambulante, un catálogo de muestra y proponer a las bibliotecas que elijan de esas muestras lo que ellas quieran y se lo mandamos. Una de las muestras será parte de la exposición de Borges.
–Me da la impresión de que con el tiempo, así como Gardel cada día canta mejor, la figura de Borges crece cada vez más. Vargas Llosa dijo que era como el Cervantes de nuestra época.
–Totalmente de acuerdo. Creo que con los hitos de la literatura española siempre es incómodo decir estas cosas. Borges es uno de los mayores escritores universales de todos los tiempos.

–En mi juventud había como un Boca-River con Borges y Cortázar. ¿Qué representa para usted la figura de Cortázar?
–Es muy importante también, pero de otro modo. Si bien Cortázar tiene una obra magnífica, Borges acaba con la forma en que se consideraba la lectura y la literatura misma, y propone otra de la cual ya no es posible leer de la misma manera. Borges parte la literatura en dos y nosotros tenemos que hablar de la lectura y de la literatura antes de Borges y después de Borges.

–¿Qué escritores argentinos podríamos poner hoy a ese nivel? Algunos dicen que puede ser Piglia, pero le pregunto a usted, porque todos estos cánones son evaluaciones personales.
–Yo diría que tenemos escritores magníficos. Piglia, por cierto. También pondría a Eduardo Berti, Liliana Heker como cuentista, Beatriz Sarlo en ensayo y Tomás Eloy Martínez. Son escritores que van a ser reconocidos como clásicos. Siempre es arriesgado decir estas cosas.

–Usted es un gran devorador de libros, desde los antiguos a los contemporáneos. ¿Qué lee de lo moderno y cómo hace para guiarse en el intrincado mapa actual?
–Me dejo guiar por la casualidad. Elijo por las tapas, los títulos, porque algún amigo lo recomienda, porque leo las primeras cuatro palabras y me gustan. Por supuesto, dejo mucho de lado, pero como dice usted, se publica tanto que es imposible leer todo. Por suerte me tocan muy frecuentemente grandes libros y no lo leo cronológicamente, por nacionalidades o por género. La mayor parte de los lectores, si son sinceros, leen de esa manera, no siguiendo las instrucciones de un manual.

–No sé si le pasa o le pasó, enamorarse de un escritor y empezar a leer casi hasta agotarlo.
–Me pasó cuando descubrí a Conrad y no quería que se me acabara. Guardaba un libro para cuando ya hubiese leído todos los otros. De ciertos escritores, como Juan Rulfo, uno hubiera deseado que su obra fuese más copiosa.

–Usted nunca deja de publicar. ¿Tiene algún proyecto en carpeta?
–En carpeta es la palabra. Cuando acepté este cargo en la Biblioteca, tuve que dejar de lado dos grandes proyectos. Uno es la biografía que me encargaron del filósofo Maimónides, que ya empecé y está ahí esperándome. Otro es un libro más personal, sobre la despedida de mi biblioteca en Francia, pero que tuve que empaquetar cuando vendimos la casa. Ahora está esperando en un depósito en Montreal porque no sabía que vendría a Buenos Aires.

–¿Cuántos libros tiene en su biblioteca?
–Entre 35 y 40 mil. Empezaron a hacer el catálogo, pero no lo terminaron, así que no puedo decirle.

–¿Cómo hace el caracol para moverse con ese equipaje?
–Bueno, no se mueve. Mi biblioteca estuvo en Francia 15 años porque es una biblioteca que es la acumulación de varias bibliotecas que iba dejando en distintos lugares. Ahora no sé dónde va a ser la resurrección. Me han hecho algunas propuestas de la Biblioteca Nacional de Quebec para montarla allí porque es muy difícil encontrar un lugar suficientemente grande para tantos libros.

–Supongo que los libros suyos estarán anotados, subrayados…
–Por supuesto. Es mala educación no contestarle a un libro. Yo escribo en las páginas, márgenes y demás. Hay una ínfima parte de esa biblioteca que yo he leído. Algunos los he consultado, pero los he abierto a todos. Cuando entra un libro a la biblioteca lo abro, pero no puedo decir que he leído 35.000 libros.

–Eso es lo que no se entiende con el libro digital. Con el papel uno tiene un contacto físico, lo agarra, le pasa la mano por el lomo como si fuera un gato. ¿Hay un amor físico por el libro?
–La lectura es un acto físico, aún la lectura electrónica. Nos comprometemos con esa pantalla y hay rituales como si estuviésemos en un templo, donde accedemos al texto por ciertos procedimientos casi litúrgicos.

http://www.diariouno.com.ar/a-fondo/un-gran-lector-es-mala-educacion-no-contestarle-un-libro-escribo-las-paginas-o-los-margenes-20160807-n1204350

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