La honestidad brutal de Balbo no ayuda a nadie

La honestidad brutal de Balbo no ayuda a nadie

nov 6, 16 • In Columnas, Política, Tapa

Traetormentas. La bodeguera y diputada, que no cultiva el arte de la sutileza discursiva, incomodó a gobernantes y colegas

La polémica de la semana, Susana Balbo. Del otro lado, el intendente Omar De Marchi, referente del PRO Mendocino. (Ilustra Diego Juri para UNO)

La enóloga, bodeguera y diputada Susana Balbo, con el intendente de Luján, Omar De Marchi (Ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Susana Balbo, bodeguera y diputada -en ese orden-, ocupó, durante la semana, muy a su pesar, el centro de la escena política.

Expresiones suyas, que resultaron irritantes y muy antipáticas para un amplio arco social, terminaron opacando otros asuntos de mayor trascendencia como el tratamiento de las leyes de Avalúo e Impositiva, o la audiencia pública de José Valerio, en la Legislatura.

“Deberíamos ganar el doble”, es la frase que, en boca de ella, como legisladora nacional, quedó grabada como un eslogan bochornoso que estuvo rebotando, de aquí para allá, en los medios durante estos días.

Balbo nunca imaginó el vendaval de críticas que iba a descargarse, sin pausa, sin contemplaciones, sobre su persona.

Le falló el cálculo. Groseramente.

Todo el cálculo que ella sabe aplicar como empresaria le escasea como política a la hora de efectuar declaraciones.

No sabe -o no le interesa- mentir ni dorar la píldora.

Tampoco hace demasiados esfuerzos por caer simpática.

Un estilo, el suyo. Largamente cultivado.

Es, en otras palabras, una Stormbringer. La Traedora de Tormentas.

Con música de Deep Purple, mejor.

El vendaval
La mentada opinión de Balbo, convertida en “tristemente célebre”, como diría de Perogrullo, partió de un supuesto razonable.

Cuando señaló que los legisladores “deberíamos estar ganando el doble”, lo hizo dentro de un contexto específico: en función de la responsabilidad que asumen los hacedores de las leyes.

Lo mismo puede caberle a un ministro. O a un juez.

El problema es que ese concepto tiene nula aceptación en la Argentina de hoy, cuando la crisis impele, tutti quanti, a apretarse el cinturón.

Si fuera por la “gente”, el político, en especial los legisladores, debería trabajar poco menos que gratis.

O, cuando mucho, con un sueldo similar al de un docente de base, como pregona la izquierda de Nicolás del Caño.

“El legislativo no debe ser degradado con un salario que no es serio, porque por ejemplo en Brasil ocurrió el ‘mensalao’, que es el complemento de las dietas de los legisladores”, argumentó, poco después, el jefe del bloque de senadores del Frente para la Victoria, Miguel Ángel Pichetto, para justificar el aumento del 47% a diputados y senadores.

Pero ya no produjo tanto escándalo. Balbo había hecho de pararrayos. Había absorbido la totalidad de insultos disponibles en el mercado.

Un lío vitivinícola
Justificable o no, dentro o fuera de contexto, lo cierto es que la postura de Balbo cayó como una bomba de racimo. Produjo heridas de distinta consideración a su alrededor. Tanto en el ámbito público como en el privado, aunque esto último suene extraño, porque sus consecuencias se ventilaron en voz baja.

“¡El lío que armó la señora en la industria vitivinícola!”, se sorprendía un profesional del sector. “Todos los gerentes de otras bodegas salieron a reclamar aumento. Piden un sueldo similar al que ella dice que paga en Dominio del Plata”, muy generosamente superior a los cien mil pesos, según su afirmación radial.

“Se fue de boca. Fue imprudente”, dicen, a coro, sus colegas empresarios, algunos viejos amigos de ella.

Un lío político
En la arena política, el desbarajuste ocasionado por Balbo no pudo mantenerse sottovoce.

Al terminar de amplificar de mala manera, en la opinión pública, las reacciones provocadas por el llamado “dietazo” en el Congreso, hasta se vieron obligados a pronunciarse, pidiendo prudencia, el presidente Macri y el gobernador Cornejo.

Es lógico. Tanto la Presidencia como los gobernadores e, incluso, los intendentes están apelando a la comprensión de los trabajadores sobre el fin de año en relación a la eventual reapertura de paritarias o a un bono compensatorio.

A los empresarios les pasa otro tanto. Fundamentalmente a los dueños de pymes.

Es ahí donde las palabras de la diputada adquieren el rango de imprudencia.

“Soy víctima de una operación política”, insiste, todavía hoy, Susana Balbo, ante su círculo íntimo.

Sigue sin entender qué pasó, se ve.

Uno que sonríe
Nadie, dentro del Congreso, puede llevar agua para su molino tras la metida de pata de Balbo. A fin de cuentas, cuando uno de ellos tiene mala prensa, el descrédito se contagia al resto. Típico efecto manada.

A una sola persona, en la política, se le debe haber dibujado una sonrisa, aunque haya tenido el tacto de no lucirla en público: el intendente de Luján, Omar De Marchi.

Sin mover una sola ficha, sin despeinarse, a De Marchi se le despejó el camino dentro de la interna del macrismo mendocino que estaba alcanzando visibilidad nacional.

“Chispazos dentro del PRO sacuden armado en provincias”, titulaba, por el ejemplo, este martes, Ámbito Financiero, en una nota ilustrada con las fotos de Balbo y de De Marchi.

El chisporroteo tenía origen en un altercado menor sobre la Junta Electoral de Cambiemos.

“No tengo tiempo para andar paveando”, ironizaba De Marchi.

Menos aún esta semana, en que su rival quedó como un pavo rostizado.

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