“Siempre hice lo que tenía que hacer, nunca pretendí ser un artista de vanguardia”

“Siempre hice lo que tenía que hacer, nunca pretendí ser un artista de vanguardia”

ene 4, 17 • In Música y Letras, Tapa

Entrevista con Julio Le Parc, artista plástico mendocino.

El maestro Julio Le Parc en entrevista con Radio Nihuil. (Gentileza Diario UNO)

El maestro Julio Le Parc en entrevista con Radio Nihuil. (Gentileza Diario UNO)

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Julio Le Parc es indiscutiblemente uno de los más grandes artistas que Mendoza le dio al mundo. Con 87 años, el renombrado artista plástico, cuya obra él decide llamar “un conjunto de experiencias”, y que los críticos colocan entre el vanguardismo y el arte cinético que tuvo su mayor expresión en los’60, continúa creando e innovando y dejando como legado una producción más ligada con la luz y la alegría que con la lúgubre nostalgia que provocan otros artistas más oscuros.

Le Parc brindó una entrevista al programa La Conversación, que se emite los sábados por radio Nihuil, en la que habló de su obra, su amor por Mendoza, y su última apuesta: la creación de un vino propio, elaborado por el enólogo mendocino Mariano Di Paola.

–Maestro, viene de ser tapa del “New York Times”, además de esta exposición en Miami donde ha despertado el asombro, qué gran momento para usted, no sé cómo lo está viviendo.

–Es cuestión de tener paciencia y vivir lo más natural posible, sin exageraciones.

–¿Cómo ve al arte contemporáneo, que por ahí tiene cosas que a uno no le cierran como arte?

–El arte contemporáneo está compuesto de una gran cantidad de personas que realizan cosas, y luego están los sistemas de valorización, que se encuentran instalados desde siempre. Puede haber varias formas de valorización, pero la que predomina es aquella que produce el mercado del arte. Lo que sería bueno es que los sistemas valorativos para la creación contemporánea se multiplicaran, variaran.

–¿Qué le dio Mendoza en su juventud, qué parte de la provincia está en su obra?

–Uno es de donde viene, yo viví en Mendoza durante toda mi niñez y eso es fundamental. Piense en mí como en cualquier otra persona. Una cantidad de cosas que pueden no estar presentes todos los días, pero están en la mente, en el fondo de uno mismo y forman parte de una especie de fuerzas, de donde uno va sacando energías para hacer cosas. Mendoza, mi familia, mi mamá, mis hermanos, la calle, el barrio, los obreros. Todo eso está presente en mí.

–Siempre vuelve a Mendoza.

–Sí, ¡pero no siempre con la frente marchita! (risas)

–Fue considerado siempre un artista de vanguardia, que abrió rumbos. ¿Cómo es ser vanguardista en el siglo XXI, donde el arte está atravesado por la tecnología?

–Yo nunca pretendí ser vanguardista, siempre hice lo que pensé que tenía que hacer, poco a poco, de una experiencia a otra. Avanzando, pero sin ninguna intención previa, sino que mi trabajo me fue llevando a lo que fui realizando. La realidad es la cantidad de medios técnicos que puede haber ahora, como los había también en esa época. Si uno toma la pintura al óleo, su posibilidad infinita de colores, y una tela blanca, también puede decir que con las técnicas las opciones pueden haberse multiplicado. Pero lo importante es no apegarse a las técnicas, sino al contenido de lo que uno va haciendo, a lo que uno trata de sacar de uno mismo y que quizás, puede mejorar, ayudado por algunos procedimientos.

–¿Qué es lo que más lo motiva a la hora de crear?

–El trabajo, no hay otra cosa, el trabajo es lo que me va llevando. No me siento en el medio del taller y espero a que vengan una o dos musas a acompañarme, sino el movimiento de la mano. Un pedazo de papel, y me va visualizando imágenes que voy componiendo y analizando. Pero no es que llegue a una inspiración o a una temática predeterminada, sino que es el trabajo en la relación con los pequeños resultados con lo que yo puedo analizar y reflexionar.

–¿Cuando está creando es un hombre feliz?

–Sí, trato de serlo. Lo contrario me impediría, en el caso mío, producir cosas. Trato de tomar todo lo que me llega de este mundo, todo aquello que es positivo, lo que tiene una cierta energía, una proyección hacia el futuro.

–Algunos artistas son más dolientes, se ve que su arte es muy festivo.

–Creo que no es superficial, puede provocar cosas, alegría, optimismo en la gente, o una situación de responsabilidad con uno mismo. Puede tender hacia un futuro que todos queremos que sea mejor.

–Mendoza ha dado soberbios artistas, Alonso, Fader, Quino. ¿Cómo ve usted el arte mendocino?

–El hecho de ser mendocino hace que uno esté pendiente de lo que se produce, de lo que llega de allí. El orgullo que tenía de saber que Quino no sólo era argentino sino también mendocino es como si yo me apropiara de una parte de su fama merecida, de su reconocimiento internacional.

–¿Tiene algún contacto con él?

–La última vez que lo tuve fue en Mendoza, cuando se inauguró el centro cultural. Ya lo conocía desde antes, lo había visto en dos o tres ocasiones. Como es una persona encantadora, uno no se cansa de verlo, de escucharlo, de imaginar que esa sencillez que está enfrente de uno haya creado todas esas elucubraciones de Mafalda, su sencillez engrandece su trabajo.

–Pensar que Quino y Le Parc estuvieron juntos en Mendoza es como imaginar a San Martín y a Bolívar.

–¡Qué exageración!

–Es que son dos de los grandes absolutos de toda la historia de Mendoza, ¿es consciente de esto?

–A lo mejor, más tarde.

–¿Qué sintió cuando le pusieron Le Parc a esta obra arquitectónica?

–En realidad yo estoy un poco en contra del culto a una personalidad. Pero si me negaba tenía miedo de que pareciera un desprecio o soberbia, y al mismo tiempo si el centro con mi nombre recae sobre todo mi pasado, mis amigos de Mendoza, la familia que me dio el nombre en esa provincia, mis abuelos, mis amigos de Palmira, los jovencitos que íbamos a robar uva, es como si todo ese mundo estuviera puesto en la fachada de ese edificio.

–¿De niño pensaba ser pintor, escultor, pensaba llegar tan alto?

–Todos los niños de pequeños piensan que van a ser San Martín, se proyectan como en una especie de juego en imágenes, pero de manera casi automática. Tal vez si yo me lo hubiera propuesto, no lo hubiera logrado. Yo fui superando una pequeña meta, más otra y otra. Desarrollando mis ideas, en una escalada limitada, pero que se sumaba.

–¿Qué nombre le pondría a su obra, cómo calificaría su arte?

–Yo digo que son experiencias, más acercadas a la realidad, los títulos suelen abarcar cuestiones contradictorias, y en algún punto es una manera fácil de unir a gente que no comparten los mismos principios. Yo estoy en contra de las clasificaciones.

–De las obras que ha ido dejando en el mundo, recuerdo en particular con Yvonne Argenterio, ¿cuál es la que más lleva en el corazón?

–Yo tenía un hermano y una hermana, y tengo tres hijos. Si me preguntan cuál de mis hijos prefiero, no podría decirlo. Mi madre, que también tenía tres hijos, seguramente tampoco podría haber dicho a cuál prefería. Estoy diciendo que a todas mis obras yo las siento como si fueran mis hijitos.

El corazón de Palmira está en el Malbec de Le Parc

Un Malbec elaborado con uvas de Altamira y Gualtallary está en la esencia del vino que la bodega Rutini Wines sacó al mercado con el nombre de Antología Julio Le Parc, 2012. Su autor es el reconocido enólogo mendocino Mariano Di Paola.

El proyecto comenzó a gestarse en el 2013, y debieron pasar tres años para que se concretara.

Hace algunas semanas, el Palacio Duhau Buenos Aires fue el escenario elegido para presentarlo. En el evento estuvo presente Julio Le Parc en persona, y también el creador de la bebida.

De su sabor, cuerpo y textura, Le Parc dijo durante la entrevista por radio Nihuil: “Sentí una sensación que se fue agrandando, desde el primer traguito, el segundo y el tercero. Y como Mariano tenía un gran botellón de tres litros mientras me servía, yo creo que habré llegado hasta las tres copas. La verdad es que me gustó desde la primera impresión y me hizo muy bien“.

Solamente se han elaborado 2.000 botellas, que llevan en la etiqueta la firma de Le Parc y de Di Paola, ambos artistas –cada uno en su especialidad– que comparten un ADN común: el amor por la ciudad de Palmira, el lugar recóndito de la niñez de uno de los artistas plásticos más grandes que le ha dado Mendoza al mundo, y también el del renombrado enólogo.

Consultado acerca de cómo calificaría el resultado del vino obtenido, Le Parc respondió que “me ha gustado mucho el vino y no solamente a mí sino a toda la gente que lo probó en la presentación. Toda la gente de la bodega quedó muy conforme con el resultado“.

El artista también contó cómo se vinculó con Di Paola: “La verdad es que la relación fue por intermedio de mi hijo Yamil, no sé exactamente de qué manera, pero él fue el que hizo la relación y Mariano se entusiasmó porque es un palmirense. Vivió en Palmira en su juventud, como yo, hasta que me fui a Buenos Aires, a los 14 años, aunque en realidad nací en Mendoza capital”.

Según comentó durante el reportaje radial, tiene intenciones de presentarlo próximamente en Mendoza.

Perfil

El hombre de luz y color. Julio Le Parc nació en la ciudad de Mendoza en 1928. Se fue a vivir a Buenos Aires en 1942. En 1943 estudió Bellas Artes, pero dejó la facultad al año siguiente. En 1955 reanudó su carrera en Bellas Artes. En 1958 se mudó a Francia, becado por el Gobierno. En 1960, fundó el Grupo de Investigación del Arte Visual, en Francia. En 1966 comenzó a exponer en forma individual y fue primer premio de la Bienal de Venecia. Últimamente ha expuesto en el Pérez Art Museum de Miami (PAMM). El 15 de diciembre presentó un vino con su nombre en el palacio Duhau, de la Ciudad de Buenos Aires.

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