Sería un gesto hacia la gente: chau feria judicial

Sería un gesto hacia la gente: chau feria judicial

ene 15, 17 • In Columnas, Política, Tapa

Tender puentes. El ciudadano común demostró una conducta y una paciencia ejemplares en 2016. Debe honrarse desde arriba

Los líderes de la justicia local: Alejandro Gullé, José Valerio y el ministro Gianni Venier. (Ilustr Diego Juri para UNO)

Tres nuevos mosqueteros: el procurador Alejandro Gullé, el juez José Valerio y el ministro Gianni Venier (Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

La sociedad necesita gestos. Más que nada, la sociedad argentina, que viene de cruzar un desierto inclemente, en 2016, con una conducta y una paciencia ejemplares.

Fue un año de sacrificios y de sinceridad, en que retomamos la necesaria costumbre de mirarnos a la cara. Para saber dónde estamos.

Volvimos a ponerle un volumen cierto, verosímil, a nuestra pobreza, a nuestra desocupación, a nuestro trabajo en negro, a nuestro costo de la vida, a nuestros índices de salud. Sobre la mesa de análisis quedaron nuestra deudas: la financiera, la social, la energética, la educativa, la de transparencia…

Deudas, carencias, arenas movedizas por doquier.

Aun así, la población, el ciudadano, en su gran mayoría, entendió.

Ahora deben venir las realizaciones. Y los gestos.

Para que el crédito hacia el estamento dirigente siga abierto.

Inseguridad, la deuda central
De todas las deudas pendientes con la comunidad, la única que se mantiene estable, desde hace años y atravesando gobiernos, es la de la inseguridad.

Es uno de los reclamos sociales menos ideológicos, pese a los esfuerzos de algún gobernante y/o militante por desnaturalizarlo.

Lo deben entender los mandamases de los tres poderes, en especial los que dirigen la Justicia, tan dados a sus disquisiciones teóricas, poniéndose por encima del clamor liso y llano del hombre común.

Un ejemplo candente es la imputabilidad de los menores. La incomprensión mutua está garantizada.

Hacen falta gestos más concretos, más solidariamente condescendientes con el sentir general para que una decisión, como la del juez Enrique Velázquez, de liberar y enviar al Perú a Brian Joel Cruz González, el joven sospechado de asesinar a Brian Aguinaco, no produzca una enorme desazón en el país entero.

Hacen falta gestos y medidas correctivas para que hendiduras burocráticas como la que produjo la errónea liberación de Horacio Martín Rodríguez, que venía cometiendo delitos desde 2007, que debía permanecer en la cárcel hasta 2019 y que mató, en una fuga, a una joven madre en Las Heras, no derive en una sensación de pena y hartazgo.

Cómo tender un puente
¿Como salvar el enorme foso que divide a los magistrados del ciudadano común?

La misión es engorrosa porque, como sostienen Catalina de Elía y Federico Delgado en su libro La cara injusta de la justicia nos topamos con “el lenguaje expulsivo que usan los jueces”. Pontifican, en su jerga, desde su torre de marfil.

Y por la maraña que teje la corporación: “Hay un armado judicial sobre los empleados y funcionarios, los empleados que llegan son frescos y tienen ganas de hacer justicia, pero hay patrones culturales que los condicionan y construye una lejanía. La Justicia se aleja de la sociedad y se encierra en las relaciones que hay entre las leyes”, dice Delgado.

Germina una esperanza, sin embargo.

El gobierno provincial que encabeza Alfredo Cornejo se ha empeñado, como ningún otro en los últimos tiempos, en sacudir el polvo de la avejentada institución.

Tres de sus recientes incorporaciones apuntan en ese sentido: el ministro de Seguridad, Gianni Venier, el procurador Alejandro Gullé y el supremo José Valerio.

Los tres tienen características diferentes y diferentes tareas. Pero son un aire nuevo.

Chau a la feria judicial
La tarea “renovadora” por delante es enorme, en cada área del Estado.

En la Justicia sobre todo.

Muchos de los cambios en curso tienen una complejidad técnica inaccesible para el hombre común.

Pero hay una iniciativa que sería sencillísima de aprehender por cualquier mortal y que, en caso de llevarse a cabo, produciría una fuerte sensación de simpatía.

Apunta a dejar sin efecto la vetusta feria judicial que paraliza, prácticamente, la administración de justicia durante todo un mes, enero.

Hubo un proyecto, cerca de una década atrás, destinado a morigerar esta práctica. Lo trajo el hoy camarista Roberto Uliarte después de haber tomado contacto con Bacigalupo en España.

El esquema es razonable y equitativo, de primordial sensatez: dividir las licencias de los empleados judiciales y de los magistrados a lo largo de diciembre, enero y febrero.

Elemental.

Desde la corporación, se lo quisieron comer vivo en su momento. “¡Me insultaban hasta en arameo!”, suele recordar hoy, divertido, Uliarte cada vez que saca el tema en ronda de amigos.

Fue un pionero, a fin de cuentas.

En la actualidad, una de las prioridades del ministro de Justicia de la Nación, Germán Garavano, es ponerle coto a la feria de enero y extender el horario de atención.

Esta semana, se expresaron en igual sentido diversos funcionarios provinciales consultados, de manera aleatoria, por el arriba firmante, como el subsecretario de Justicia Marcelo D`Agostino, el juez de ejecución penal Sebastián Sarmiento o el procurado Gullé.

El ministro Venier puso su grano de arena: “Me sumo. El delito y las necesidades no paran”.

Por un acuerdo amplio
Para lograr ese gesto tan positivo hacia la sociedad en torno a la feria judicial, deben darse, sin embargo, algunas condiciones.

Es prioritario tranquilizar a los empleados respecto de que no perderán sus 45 días de licencia. No se afectarán sus derechos adquiridos.

En segundo lugar, ya que se necesitaría modificar el Código Procesal Civil mediante una ley, habría que sentar, en torno a una mesa amplia, a todos los involucrados, incluyendo a los tres poderes de la Provincia y a los mismísimos abogados, que han hecho de enero “su” mes de holganza.

¿Cuál es la clave final?

“Que la Corte deje de hacer la plancha, agarre el toro por las astas y lidere esta y otras iniciativas, como el sistema de oralidad”, señala la voz de los expertos.

Hay un problema social profundo. Una presión cada vez más fuerte de la “gente”.

Sería una verdadera pena que dejasen pasar la oportunidad.

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