El peronismo en busca de la identidad perdida

El peronismo en busca de la identidad perdida

may 21, 17 • In Columnas, Política, Tapa

Crecer de golpe, sin tutelaje. El radicalismo y el PJ tendrán un proceso electoral totalmente mendocino. Es un avance federal

Los referentes peronistas: Anabel Fernández Sagasti, Omar Félix y Roberto Righi (Ilustra Diego Juri para UNO)

La senadora cristinista Anabel Fernández Sagasti y la cúpula del PJ, Omar Félix y Roberto Righi (Ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Se trata, ni más ni menos, de volver a las fuentes. “Nos hacía falta recuperar identidad”. Lo dice, lo dibuja en el corazón del aire, uno de tantos, Roberto Righi.

Righi, un hombre de la base territorial. Lavallino. De la estirpe de los Altos Limpios. Intendente. Vicepresidente del peronismo mendocino.

Y alude a lo dispuesto hace una semana, cuando el congreso partidario decidió dejar atrás una etapa. Decidió sacarse de encima el rótulo de Frente para la Victoria, así como los reptiles se sacan la piel.

El proceso, llamado muda, les permite a los reptiles crear una piel nueva. Para seguir creciendo.

Libre de escamas, que pesaban sobremanera tras las fieras derrotas de 2015, el peronismo local vuelve a llamarse Partido Justicialista.

Una decisión que algunos minimizan, como si se tratara de un simple trámite burocrático. Un manipuleo distraído de sellos y papeles.

Pero es más. Muchísimo más.

Apunta al centro emotivo y discursivo del peronismo.

“Es tal la importancia que tienen los símbolos, imágenes y emblemas en la vida política, que resultaría difícil hallar algún período histórico o alguna región del planeta que hubiera prescindido de ellos”, dicen Ezequiel Adamovsky y Esteban Buch en la introducción de su libro La marchita, el escudo y el bombo. Que es una historia cultural del peronismo.

Ahora sí, reconciliado con el espejo y tributando a su historia, el PJ local mira hacia el futuro. En busca del trono escabullido.

En el peor y en el mejor mundo
Es un momento extraño para el peronismo de estas tierras. Está en el peor de los mundos y en el mejor de los mundos al mismo tiempo.

La parte mala, muy mala, es que repta en el llano, con una acumulación imparable de caídas electorales y con un exiguo dominio territorial. “Tenemos, apenas, cinco comunas. Es una calamidad para nosotros”, reflexionan con la cabeza gacha, incómodos.

También es negativo, para un movimiento que ha hecho, desde el origen, un tributo poco menos que religioso al encuadramiento verticalista, que no exista hoy el jefe (o jefa) indiscutido de la manada.

Pero ya ha pasado por situaciones similares desde la muerte de Perón (1974) en adelante.

Y ahí justamente radica la parte provechosa del asunto. Es la gran oportunidad de que dispone esta fuerza política para adaptarse a los cursos fluidos del siglo XXI, a la modernidad líquida.

Unos pocos logran redondear la idea y ponerla sobre el tapete, como el guaymallino Guillermo Elizalde que habla de “liderazgos colectivos” y de “construcción horizontal”.

Complicada receta, porque niega el ADN partidario.

“Hay que repensar el peronismo”, sube la apuesta Elizalde.

Un momento federal
En este marco, lo más positivo que tendremos en las elecciones legislativas de agosto/octubre es que, esta vez, no habrá tutelajes centralistas para la conformación de listas.

No se dictará la nómina desde Buenos Aires. Ni, menos que menos, desde El Calafate.

Así ha de ser para el radicalismo y para el peronismo.

Por más estrecha alianza que haya, dentro de Cambiemos, entre el gobierno mendocino de Alfredo Cornejo y el gobierno nacional de Mauricio Macri, las fórmulas vernáculas responderán, sin mayores rebeldías o desmarques, a la influencia del gobernador.

El peronismo, mientras tanto, ya no tiene un dedo (un dedazo, mejor dicho) nacional que lo aterrorice ni lo condicione.

Tampoco, incluso, un dedillo provincial.

Está con las manos libres, en estado deliberativo y con igualdad de oportunidades para todos. Una excelente circunstancia democratizadora.

Por eso mismo, si bien la irrupción de Florencio Randazzo en Buenos Aires despierta entusiasmo y esperanza en numerosos dirigentes que buscan delinear el peronismo de los nuevos tiempos por tratarse del principal distrito electoral, hay una firme coincidencia en señalar que las próximas elecciones serán un fenómeno puramente local.

Un peronismo mendocino decidido por los mendocinos. Y si es en las urnas, mejor.

¿Internas sí o no?
Los plazos para la definición de listas se van acortando con cierta sensación de vértigo en algunos cuarteles partidarios. Es que no hay mucha claridad aún respecto de posibles internas abiertas.

La única fuerza, entre las más relevantes, que lo tiene decidido y anunciado es la izquierda. Competirán en agosto, para encabezar la fórmula legislativa, Soledad Sosa (Partido Obrero) y Noelia Barbeito (Partido de los Trabajadores Socialistas).

En Cambiemos importa menos, porque el predominio del radicalismo indica que encontrará un razonable acuerdo con el macrismo, cuyo referente visible, el lujanino Omar De Marchi, se mueve en un ambiente sin demasiados chirridos.

En el PJ la cosa es más apasionante. Allí se abroquelan, por un lado, los kirchneristas ofendidos porque fue a parar a la bolsa de residuos del consorcio el sello del Frente par la Victoria, ante el grueso del partido.

Y en la corriente mayoritaria imperan Los Siete Magníficos.

¿Quiénes son ellos, al estilo de Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson y compañía? Son los cinco intendentes y los “dos próceres”, como llaman al maipucino Adolfo Bermejo y al sureño Omar Félix.

Aquí, en esta asamblea, impera el núcleo decisorio. Con un nombre que viene despuntando, el de Jorge Tanús, en caso de que ninguno de los Magníficos dé un paso al frente.

Tanús, con su propuesta de “capitalismo humanista” para oponerse al “capitalismo liberal” que hoy gobierna el país y la provincia.

Los jóvenes viejos
Los únicos, hoy por hoy, que pueden darle color a la interna peronista son los muchachos kirchneristas.

Que están prisioneros de una terrible, mortificante paradoja. Se venden, por su juventud y empuje, por su reconocida capacidad de trabajo, las Anabel Fernández Sagasti, los Lucas Ilardo, como la renovación partidaria. Como lo novísimo.

Pero son los únicos que pregonan, absolutamente, volver al pasado. A lo que ya fue y terminó en derrota. Sin un mínimo atisbo de autocrítica.

Su lema de combate, hoy, es Somos Cristina.

Con el reloj en reversa, son los jóvenes viejos.

Así de indescifrable se pone, de a ratos, el peronismo.

Que, por lo mismo, anda empeñado en recuperar identidad. El empeño, impostergable, del “todos unidos triunfaremos”.

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