Cornejo, Mendocino del año: “Hay que mantener el orden, no aflojar”

Cornejo, Mendocino del año: “Hay que mantener el orden, no aflojar”

dic 31, 17 • In Columnas, Política, Tapa

Entrevista al Mendocino del Año: El gobernador Alfredo Cornejo

Alfredo Cornejo (Ilustra Diego Juri para UNO)

El gobernador Cornejo según Diego Juri (para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

En 2015, Alfredo Cornejo fue el Mendocino del Año para Diario UNO tras ganar la gobernación.

En 2017 levantó aún más la vara: se puso al hombro una campaña política ganadora en octubre, logró imponer gran parte de su agenda pública y culminó como presidente de la UCR, consolidándose como protagonista de la escena nacional. En términos futboleros, se llevó el botín de oro.

-A usted no le gustan los políticos verseros. Por eso creo que, sin falsa modestia, debe considerar acertada la distinción de Mendocino del Año.
-Es verdad, no me gusta el verso. Por eso quienes me conocen saben que los títulos espectaculares me incomodan y que considero a la nominalidad como una forma torpe de liderar equipos exitosos. Jamás podría considerarme en semejante lugar.
-¿Qué hacemos, entonces? ¿Le retiramos este galardón simbólico por segundo año casi consecutivo?
-En todo caso, agradezco la generosidad de los que lo han entendido así y punto. En cambio, creo que cumplo con el trabajo encomendado por la sociedad, para el que me preparé profesionalmente durante muchos años. Y lo hago con pasión y compromiso, porque lo que sí siento es que soy el servidor público que más responsabilidad tiene para hacer que los mendocinos puedan vivir un poquito mejor día tras día.
-De todos modos, no cabía, para nosotros, otra alternativa. Su coalición ganó las legislativas con total autoridad y, como frutilla en el postre, a usted lo eligieron presidente nacional de la UCR ¿Cuál de los dos logros valora más?
-Ambos resultados van de la mano y son producto del trabajo serio que venimos realizando para reparar Mendoza luego de años de malos gobiernos. El primero, es el reconocimiento de la ciudadanía sobre un rumbo de orden, previsibilidad, austeridad y trabajo para que la provincia vaya progresando. El segundo, es el reconocimiento de los radicales de todo el país que buscan un liderazgo que exprese los valores que la UCR de Mendoza viene demostrando al frente de una coalición de gobierno efectiva.
-Justamente le han tirado a usted por la cabeza la UCR nacional. Digo esto porque usted no fue a buscar la presidencia. Es como una maquinaria herrumbrada. ¿Cómo se hace para remozarla?
-Una de las condiciones que pusimos para eso es que esté adentro el resto de los gobernadores, que estén los intendentes más importantes como el de Santa Fe (José Corral) o el de Córdoba (Ramón Mestre). Y como, una vez muerto Alfonsín, nunca emergió un liderazgo único, hay que hacer un equipo. Eso da masa crítica como para plantear algunos debates hacia el interior de nuestro partido, pero también hacia el interior de Cambiemos. Hay que apoyar al Gobierno, como línea general. Además, hay otros desafíos.
-¿Cómo cuáles?
-Como el de comunicar bien las cosas o el de trabajar con el resto de las provincias. Es un desafío que yo voy a tratar de asumir a la distancia porque la prioridad estará en gobernar Mendoza, con presencia física acá. Es algo que permiten las comunicaciones de hoy.
-¿El horizonte del radicalismo es recuperarse, vigorizarse, como partido o se va a ir asimilando inexorablemente en Cambiemos?
-En esta etapa, el partido es más Cambiemos que radicalismo PRO. La coalición ha ganado con expectativas estas elecciones; no por resultados económicos, que todavía no se ven. Y la expectativa de la ciudadanía está sobre Cambiemos, no sobre los partidos, que son sus integrantes. Hay una zona gris ahí que debemos trabajar, pues el radicalismo es una parte importante de la coalición y debe influir en ella lo más que se pueda. Pero, insisto, siempre priorizando Cambiemos.
-¿Han reflexionado, ustedes, los radicales, por qué el partido llegó casi al borde de la extinción?
-La explicación está en el decaimiento en los dos distritos electorales más importantes, la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires. La crisis dirigencial de esos distritos hizo que dejara de ser un partido nacional tal cual se lo conocía. Fuera de eso, en muchas provincias la UCR es una parte fundamental de la coalición.
-¿Y cómo está la cosa en esos grandes distritos?
-En provincia de Buenos Aires hay una pequeña recomposición: hay 38 intendentes radicales y con chances de tener más en 2019. Pero en ambos distritos las opciones no peronistas las tomó el PRO.
-Volvamos a su gestión. ¿Qué otras cosas cree que hizo bien o muy bien este año?
-Hemos sido consecuentes con los planes que anunciamos a la ciudadanía. Lidero un gobierno que cumple. Y eso es clave para mirar nuestra gestión. Hemos respetado el contrato preelectoral que tomamos con los mendocinos desde que asumimos.
-¿Sobre todo en qué?
-Sobre todo en la lucha diaria que estamos dando para mejorar los servicios públicos, empezando por la seguridad. Aquí, aunque vamos avanzando a paso firme, es donde lógicamente más cuesta encontrar comprensión ciudadana para mostrar las metas alcanzadas en el corto plazo. Pero lo importante es que estamos mejorando. Por otra parte, hoy hay una relación madura con la Nación, tal como los mendocinos reclamaban, cosa que nos está permitiendo avanzar en infraestructuras esenciales que habían sido olvidadas años atrás y en la defensa de sectores claves de la economía regional. A Mendoza se la ha empezado a ver con buenos ojos e incluso es referencia en algunas políticas como las que disminuyen el ausentismo docente o las que buscan orden fiscal, por mencionar algunas.
-¿Y cuáles han sido sus principales errores? ¿De qué se arrepiente, si es que se arrepiente de algo?
-Uno desearía que los cambios llegasen más rápido y en esa marcha se cometen errores tácticos. En el vértigo diario de la gestión pública siempre se cometen errores. Lo importante es saber comprender los procesos y revisar todo lo que haga falta. Lo que rescato es que, aun cuando hemos cometido errores, ha habido buenas intenciones detrás.
-¿Y cuáles han sido los principales errores del gobierno de Macri?
-Diría que el principal error de Mauricio Macri es no haber sido categórico y directo desde un principio, para decirles a los argentinos que la salida de la difícil situación en la que nos dejó el gobierno de CFK iba a requerir mucho esfuerzo de la mayoría de la población. La esperanza es indispensable para llevar adelante las transformaciones, pero en su exaltación se subestimó la posibilidad de que los argentinos comprendieran el tamaño de las dificultades severas que teníamos que enfrentar. Años de relato populista han calado hondo en la cultura cívica argentina.
-Si algo no le gusta a usted, como mandatario, principalmente, son las derrotas políticas. ¿Cómo vivió, por ejemplo, el hecho de no haber podido aumentar los miembros de la Corte?
-Los proyectos de cambio profundo presentan contingencias y tienen adversarios fuertes que quieren cuidar privilegios. A veces lo consiguen. Lo importante para nosotros es no perder de vista el propósito que nos llevó a respaldar esa reforma, que era darle agilidad al servicio de Justicia, razón absolutamente necesaria para que mejore, por ejemplo, la seguridad en Mendoza. El título mediático que designa a ese proyecto sólo como de “aumento de miembros de la Corte” es un título mezquino. La iniciativa abordaba muchas aristas más para mejorar la Justicia mendocina.
-¿Es la Corte mendocina, hoy, una enemiga política del Gobierno, una piedra en el zapato?

-De ninguna manera. Nosotros queremos contribuir a la calidad del servicio de justicia que es el reclamo de la población y por eso ponemos en el debate público los asuntos en los que creemos que debería mejorar para que los mendocinos vivamos mejor. En este contexto es razonable que a veces haya miradas contrapuestas. Sólo eso.

-El principal líder contestatario que tiene usted en la Corte es Omar Palermo, juez asimilado a la forja de Justicia Legítima…

-No es útil para elevar la calidad del debate hacer referencias personales. Hay testimonio suficiente de que Justicia Legítima es un apéndice del kirchnerismo que ha herrumbrado la Justicia argentina con resultados dolorosos, no sólo en el plano institucional, sino directamente para la ciudadanía.
-Una de las principales banderas de su gobierno es el combate a la delincuencia. ¿Qué opina del abolicionismo y del garantismo? ¿Lo complican o son neutros para su accionar?
-El abolicionismo, comúnmente designado como garantismo en la Argentina, es el gran motor de la puerta giratoria y de que los derechos de las víctimas hayan estado, y en algunos casos aún estén, por debajo de los derechos de los delincuentes. No es posible una política de seguridad pública efectiva sin que todo el Estado, Justicia incluida, trabaje para acorralar al delito. La Justicia que facilita la impunidad deja de ser justicia y ese es el triste resultado del “garantismo argentino”.
-Usted, pese a los éxitos electorales y de gestión, es casi una excepción en el país por no tener reelección. ¿Qué siente?
-No hay ningún sentimiento particular. Así estaba dictado cuando fui electo gobernador. Naturalmente, hay procesos de reparación o transición, como el que nos ha tocado en suerte, que necesitan más tiempo porque hay mucho por hacer y eso hace parecer que la reelección es un tema central. Pero no lo es de modo excluyente. De hecho, en muchas circunstancias de nuestra historia los términos de la Constitución Provincial han contribuido a proteger la alta calidad institucional que nos diferencia. Más allá de eso, ya he manifestado que es necesaria una reforma seria de la Carta Magna mendocina para modernizar el funcionamiento de las instituciones. Y, por supuesto, me gustaría que fuera cuanto antes porque es Mendoza la que lo necesita. Claro que eso requiere de una dirigencia madura, de la predisposición a la participación de todos los sectores de la vida mendocina para enriquecer la calidad de la discusión pública y abrir el camino a los consensos que proyecten a Mendoza para adelante. Seguramente cuando esas condiciones estén dadas se hará, porque ya hay en danza proyectos de reforma interesantes.
-¿Por qué un gobernador -o un presidente- merece ser reelegido? ¿Y cómo se evitar caer en el caudillismo, cómo nos vacunamos?
-Lo interesante es la continuidad de las buenas políticas públicas. De la responsabilidad y de la buena administración. En ocasiones hay liderazgos que las garantizan y en otros no. Las reelecciones indefinidas han demostrado que corrompen el poder. La reelección por un único periodo y no más, parece ser una buena medida en cualquier nivel del Estado, porque da tiempo para crear políticas de largo plazo, dándole la oportunidad a la ciudadanía para que defina con su voto si hay razones de continuidad o no, si vale la pena seguir o no, y en todo caso se incentivan los procesos de renovación dirigencial y la actualización de las ideas.
-Opinión personal: usted se echó al hombro la campaña electoral. Prácticamente la protagonizó en soledad, con el resto de los candidatos como actores secundarios. Más allá de que intentará atenuar esta opinión, ¿fue porque se sentía muy seguro de sí mismo o porque no veía en el resto del equipo a alguien que destacara netamente?
-Nosotros nos sentimos seguros del camino de cambio que estamos transitando. Y para expresar eso hicimos dos cosas: planteamos la elección como un plebiscito de la gestión que lidero, a la que se sumaron con fuerte protagonismo los intendentes de nuestro espacio; y ofrecimos a la sociedad excelentes candidatos, muchos de ellos personas jóvenes, otras de valiosa experiencia. Impulsamos una mujer de gran valor para el Gobierno, que expresaba la gestión, para que encabezara las listas y creo que por todo eso obtuvimos el gran respaldo que nos dio la ciudadanía. No se gana de modo tan contundente sin gestión y tampoco sin buenos candidatos.
-El síndrome del pato rengo, de la pérdida de poder, es inevitable cuando el mandato se acaba. ¿Cuál es su plan para evitarlo o estirarlo lo más posible?
-No habrá oportunidad para ningún “pato rengo” en estos años, porque aquí la administración del poder está orientada por un programa de gobierno bien trazado para recuperar a Mendoza y por la continuidad que garantiza un equipo convencido del rumbo. Vamos a honrar el ejercicio del poder hasta el último día, como corresponde, impulsando todas las reformas que hagan falta con el mismo vigor que lo hemos hecho los primeros dos años de nuestra gestión. El respaldo explícito de la ciudadanía en las últimas elecciones, si bien no es un cheque en blanco y nos obliga a dar más de nosotros, es una señal clara de aliento para que sigamos adelante, enfrentando los desafíos con la misma fuerza con que venimos haciéndolo.
-Pensando en el heredero para 2019, usted no tiene, por debajo, a una María Eugenia Vidal como Macri. ¿Cómo va a seleccionar al delfín? Deles alguna pista a los que están anotándose en la carrera que, hoy, supongo, deben ser muchos.
-La sucesión deberá ser planteada para apoyar la continuidad de la gestión tal como fue el criterio frente a las elecciones legislativas. Hay un conjunto de políticas públicas muy importantes que estamos impulsando para que Mendoza vuelva a la normalidad; reformas profundas, trabajadas.
-¿Entonces cuál será el mecanismo para que emerja el continuador?
-Naturalmente, quien aspire a la sucesión saldrá de un amplio consenso que tendrá como telón de fondo la responsabilidad de garantizar los valores de la buena administración que hemos recuperado; y, al mismo tiempo, deberá tener claridad para continuar construyendo y profundizando lo que hoy hacemos en beneficio de los mendocinos. Actualmente tenemos que estar concentrados en darle calidad a la gestión porque lo que más les importa a los ciudadanos de los políticos es que hagamos bien las cosas para mejorarles la vida. Lo demás es secundario.
-Hubo varios momentos fuertes en el país poco antes y después de las elecciones, como el caso Maldonado, el ARA San Juan, el debate previsional, etcétera. ¿Cuál fue el peor para usted?
-En el caso Maldonado, que es una historia triste como siempre que muere un joven sea por la razón que fuere, vimos una oposición que intentó manipular los hechos con un cinismo pocas veces visto, sólo para ver si mejoraba sus posibilidades electorales. Realmente miserable. Mintieron de manera vergonzosa tal como demuestra el esclarecimiento que ha ido haciendo la Justicia. No es casual que sean los mismos sectores que más tarde llevaron la violencia a la puerta del Congreso Nacional para alterar la normalidad del debate democrático.
-¿Qué reflexión le merece esa violencia desatada por un sector de las fuerzas opositoras o contestatarias?
-La violencia y la mentira son los recursos que tienen los que son incompetentes para gobernar en el marco de la democracia. Lo del ARA San Juan es una terrible tragedia que enluta el año. No se debería investigar sólo el hecho del hundimiento, sino ir más atrás, hasta la reparación del submarino en 2014.
-También ha habido un tremendo, desusado, despertar de los jueces, promoviendo casos resonantes ¿Por qué recién ahora? ¿Y qué podemos esperar de la Justicia argentina?
-Está bien que ahora se juzguen los delitos ocurridos como se está haciendo. El régimen que nos gobernó anteriormente tiñó de corrupción todo lo que tocó. Por supuesto, mejor aún hubiera sido que se juzgaran esos delitos cuando empezaron a cometerse, así se hubiesen evitado males mayores que vinieron después. La Justicia no puede tener nunca espacios de complicidad con el poder político de turno. Por eso, también tienen que funcionar las instituciones con absoluta transparencia para revisar el desempeño de los jueces. Esperemos que en Mendoza también avancen los procesos pendientes de una buena vez.
-En resumen, ¿qué es lo mejor y lo peor que le pasó al país en 2017?
-Los resúmenes de una frase nunca son enteramente satisfactorios para definir los procesos políticos pero, respondiendo a la pregunta, destacaría como lo mejor el respaldo de la ciudadanía al cambio, permitiendo ampliar la base de la gobernabilidad que es la base del funcionamiento de la democracia. Y como lo peor, la nefasta vocación de algunos sectores de la oposición de buscar en la violencia los resultados que no consiguieron en las urnas.
-¿Y a Mendoza?
-Lo mejor es que estamos recuperando la marca internacional de la provincia, también estamos recuperando la institucionalidad, la obra pública se ha reactivado y el trabajo que estamos realizando en seguridad está dando sus frutos, lento como lo habíamos previsto (y lo habíamos anunciado así), pero estamos bien orientados. Lo peor es que el empobrecimiento de la economía local ocurrida en la última década no se resuelve de un día para el otro. Vamos a necesitar las políticas de rigurosidad fiscal por un largo tiempo. Pero, en general, el balance del año es positivo.
-¿Cómo lo evaluó a Macri, como piloto de tormentas, en estas crisis?
-Macri viene demostrando que está a la altura del desafío histórico que le toca.
-¿Está bien el gradualismo?¿Aguanta o hay que apretar el paso?
-Hay que apretar el paso en todas las áreas de gestión. Sin embargo, en un país con los niveles de pobreza estructural que tenemos, las distorsiones que arrastra la economía y un presupuesto comprometido casi en su totalidad en el pago de sueldos, el camino gradual es un camino que vincula responsabilidad institucional y sensibilidad social. Por lo tanto, es el mejor camino posible.
-Luego de dos años de gobierno, ¿qué ministro de Macri lo ha sorprendido para bien?
-El jefe de Gabinete (Marcos Peña). Creo que la dirigencia política tradicional de la Argentina tiene un gran menosprecio por Macri y su equipo. Y, a su vez, hay un gran malentendido, porque en ese equipo son muy tolerantes en la crítica, o sea, permiten el disenso. Es algo a lo cual no estaban acostumbrados nuestros políticos. A su vez, ellos, en el fondo, como han tenido éxitos electorales, no están tan abiertos a escuchar consejos de esa dirigencia política tradicional. Puede resultar contradictorio.
-¿Hay, entonces, un desprecio mutuo?
-Me parece que sí. Ese sería un balance. Por otra parte, la dirigencia tradicional que se acerca a ellos se retrae un poco para darle consejos, con cierta culpa también. Como si estuviesen esperando que le dijeran: “Muy bien, ¿pero ustedes, que gobernaron antes, por qué no hicieron esto que están planteando?”. Hay que mejorar esto para lo que viene.
-¿Y usted como se ubica en este vaivén?
-Estoy como parado con un pie en cada lado.
-¿Qué le achaca, al Gobierno, desde una posición más neutral?
-El gran error que han tenido fue no hablar claro durante la campaña, después de asumir e incluso con la reforma previsional.
-Sí, este último fue bastante grosero.
-Lo que pasa es que nadie ha traído una idea sobre la reforma previsional que no sea demagogia. Por lo tanto lo podrían haber previsto y comunicado mejor. Son un poco cándidos. La argumentación era muy fuerte, dado que, como estaba la cosa, marchábamos hacia el colapso, pues, siguiendo por la recaudación, los jubilados iban a terminar cobrando nada. Es decir, como lo veían tan simple, creían que lo iba a entender todo el mundo. Se sobreestima que la gente no es tonta. Y no se trata de que sea tonta sino que ha calado muy hondo la cultura populista.
-¿O sea?
-Si a vos te dicen que las cosas son fáciles imprimiendo billetes y que la inflación no importa, después es cada vez más difíciles asumir la verdad de las cosas.
-¿Y por qué fallan tanto en la explicación de cuestiones razonables desde el Gobierno teniendo detrás a un genio de la comunicación como Durán Barba?
-Porque una cosa es hacer campaña electoral y otra comunicar cuando uno está gobernando. Son dos cosas distintas. Pueden resultar armónicas. Pero son distintas. Gobernar te presentan dilemas.
-En lo personal, ¿qué lo ha amargado este año?
-Pocas cosas me amargan porque si uno se amarga se nubla. Sí me conmueven profundamente los problemas de la gente, como la falta de trabajo, la inseguridad o los problemas asociados a la niñez. Pero como gobernador tengo la obligación de transformar cualquier impacto emocional en posibles caminos de solución que puedan remediar las injusticias que existen. Ahí radica la ética de la responsabilidad que quiero honrar desde la función pública.
-¿Y qué lo ha hecho feliz?
-A mí me hace feliz la gestión pública, me gusta el trabajo de la administración, me siento cómodo y me he preparado para ello, por lo tanto disfruto mi trabajo. Que la sociedad vaya entendiendo el sentido del cambio también me satisface. Y lo ha manifestado con su apoyo, como dije antes. Porque ahí está la clave para los grandes consensos sobre las políticas públicas que irán poniendo a Mendoza en un lugar mejor del que la encontramos cuando llegamos al gobierno. Esa comprensión del sentido del cambio es la base para conseguir mejor seguridad, educación pública, salud y más obra pública. En eso estamos.
-Si a usted le hubiera tocado elegir al Mendocino del Año, ¿a quién pondría en el podio?
-A los maestros que cumplen, comprometidos con darle calidad a la educación de nuestros chicos; a los trabajadores de la salud que cubren con igual responsabilidad las guardias hospitalarias; a los policías que combaten al delito con profesionalidad; y a los privados que producen, arriesgan y no especulan. Es decir, a todos los mendocinos que están dispuestos a dar lo mejor de sí donde otros mendocinos los necesitan.
-¿Adónde le parece que va el mundo?
-En principio, va hacia una mayor globalización, con pérdida relativa de poder de los Estados. Los cambios tecnológicos de los próximos diez o quince años van a acelerar esas condiciones, con lo cual va a ser más difícil sostener la gestión pública y la gobernabilidad.
-¿El poder lo pierden los Estados para irse a manos de quién?
-Se diluye, sí el poder político, pero hay grandes posibilidades de un gobierno más mundial. Pero para eso se requieren más concertaciones. Y los países están remisos a esto último.
-¿En las regiones pasa lo mismo que en los países?
-En las regiones hay cierto margen para mantener culturas, sostener las instituciones locales. Pero, claro, pudiéndose adaptar a los cambios tecnológicos. Tenemos un ejemplo en los ejércitos.
-Justo un tema clave y actual para nosotros.
-Exacto, con las discusiones en torno al ARA San Juan y demás. Yo sé que esto es muy polémico, en cuanto a mantener un ejército. Si no se es una potencia, la única salida que hay es integrar un bloque militar concreto y armonizar con otros capacitaciones, equipamiento armónico, etcétera. Lo que ha desaparecido es eso de armarse para cuidar que los países de al lado no se roben las fronteras.
-¿Qué es lo queda, entonces?
-Más que de armarse, se trata de tener instituciones como la Gendarmería para cuidar las fronteras de los crímenes transnacionales o globalizados como el narcotráfico.
-Con Gendarmería, Prefectura, las fuerzas policiales…
-Exacto.
-Pero hay países como Colombia o Brasil, que usan sus ejércitos para combatir distintos tipos de delitos fronteras adentro.
-La Argentina lo tiene prohibido por ley de seguridad interior.
-¿Y está bien?
-Quizás haya que revisarlo, pero más importante aún es saber qué queremos hacer con las Fuerzas Armadas y en qué bloque queremos participar, pero como parte de un plan de desarrollo del país. Son decisiones que pertenecen al Presidente y a la Cancillería. Son cambios desafiantes. Le está costando al mundo distribuir la riqueza, a pesar de que se crece más. Le está costando distribuir los alimentos. Se producen más alimentos que los necesarios para los habitantes que tenemos y sin embargo hay mucha gente que pasa hambre.
-Eso motiva una pregunta de carácter filosófico, humanístico: ¿por qué, con el notable progreso científico que se experimenta, el mundo es cada vez más injusto? La riqueza se concentra cada vez más en pocas manos.
-Es una pregunta que no ha tenido una respuesta práctica. Pocos países han mejorado su distribución del ingreso. Hay un estudio muy emblemático del MIT que compara los cuatro países que han crecido sostenidamente, durante dos décadas y media al menos: Ecuador, Chile, Malasia y Singapur. Los dos primeros lo hicieron sobre la base de recursos naturales con escaso valor agregado como el cobre y el banano. Mientras tanto, Malasia y Singapur lo hicieron gracias a las industrias del conocimiento.
-¿Y quiénes mejoraron más su distribución del ingreso?
-Malasia y Singapur, claro. Y si bien Chile ha mejorado, pues tiene una clase media más grande, también tiene ricos cada vez más ricos y no ha podido sacar a mucha gente de la pobreza estructural. O sea, Chile ha mejorado sus indicadores, pero no en los niveles óptimos.
-¿Y nosotros?
-Tuvimos muchísimas oportunidades, porque crecimos durante varios años y, sin embargo, tenemos niveles de pobreza y de distribución del ingreso bastante desiguales.
-¿Mendoza está preparada para subirse al tren de este mundo más tecnológico y globalizado del siglo XXI?
-Mendoza es una de las provincias argentinas que está mejor en ese sentido.
-¿Por qué?
-Por su marca, por sus atractivos; por la transnacionalización, un poco, de su economía, debido a los bienes transables que exporta y por el vino en particular. Es decir, Mendoza está mejor. Pero, al mismo tiempo, estamos muy lejos, porque también hemos cometido errores, lo mismo que la Argentina. Hemos tenido la misma macroeconomía. Y, a su vez, hemos cometido errores hacia del interior del propio gobierno regional.
-¿Errores de qué tipo?
-Malas administraciones que han hecho que el Estado se parezca más al de las provincias del Norte, con superpoblación de empleados públicos, en vez de tener una provincia más pujante con fortalecimiento de su sector privado. El sector privado ha sufrido mucho aquí. Si no hubiera sido así, estaríamos mejor preparados para la etapa que viene.
-Mendoza arrastra un déficit crónico y padece un estancamiento de su matriz productiva. Más allá de culpas individuales, hay un fracaso colectivo de la clase política local, pues peronistas y radicales se han turnado en el gobierno desde el ’83 hasta hoy.
-Las críticas y autocríticas generales son injustas porque no todos han tenido la misma responsabilidad.
-¿En qué momento la cosa se empezó a deteriorar, pues?
-Cuando dejamos de ser cuidadosos con nuestras cuentas fiscales.
-¿O sea?
-En parte, fue después de la crisis de 2001.
-Después del gobierno de Iglesias, a partir de Cobos…
-Sí. Con Iglesias se hizo un ajuste, que no fue invento de él. Fue obligado por las circunstancias, por el ajuste general de la economía. Pero, además, el gobierno fue bastante cuidadoso y respetuoso, en el marco de la crisis, para no deteriorar sus cuentas fiscales. Y como después vino una época de bonanza, que alcanzó a los dos gobiernos que le siguieron, uno radical y otro peronista, se relajó esa conducta fiscal. Ahora nos está costando salir de eso. Por eso no vale generalizar.
-¿Qué es lo que necesita Mendoza, a partir de esta experiencia?
-Que su elite política -elite en el buen sentido-, junto con su elite empresaria y sindical, sea capaz de encontrar un alto consenso para un desarrollo sostenible.
-¿Con qué tiene que ver?
-No solo con equilibrar las cuentas fiscales sino también con promover un modelo de desarrollo sostenido en el tiempo, donde el Estado tenga un rol, desde la región, pero que básicamente incentive al sector privado.
-¿Con quiénes acordar, en definitiva?
-No con ideologías antisistema sino con partidos que crean en el sistema democrático y que, a su vez, crean en un sistema en el cual los sectores privados tomen riesgo, ¿no?
-Hablando de las elites, ¿Mendoza tiene un círculo rojo, tal lo cual se lo dibujó a nivel nacional?
-La ley de hierro de las oligarquías siempre existió. Hay un grupo de personas que son más influyentes. Siempre ha sido así. Yo he tratado siempre de abstraerme de ese grupo…
-Pero no se lo puede ignorar…
-No. Pero cuando yo hablo de una elite, hablo de gente que esté dispuesta a bancar acuerdos.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, decir que esta provincia va a vivir del turismo y para eso debemos cambiar nuestras escuelas para que nuestra gente hable fluidamente los idiomas más universales. Por ejemplo, hacer un esfuerzo en pos de las industria del conocimiento y, por lo tanto, hay que cambiar las matemáticas en la escuela secundaria, sosteniendo el proceso durante diez o quince años, pase lo que pase. La elite de los docentes debería acompañar estos impulsos.
-En la industria del conocimiento tenemos buenos ejemplos…
-Claro. Como el de Belatrix. Desde Mendoza, se ha vuelto una empresa transnacional.
-¿Ha sido dificultoso, hasta aquí, lograr acuerdos con los sindicatos y los distintos partidos?
-Ha costado. Tampoco creo que la opinión pública esté muy preparado para esos debates. Por eso es que señalo que hay una obligación de la elite para imponerlos por acuerdo.
-Después de varias gestiones y de haber protagonizado varias elecciones, supongo que ya conocerá acabadamente a sus comprovincianos. ¿Cómo es el mendocino medio?
-Lo caracteriza el esfuerzo. La aridez es su característica. Hacer crecer los cultivos en Mendoza es esforzado. Estar lejos de los puertos más importantes, para llevar los bienes que producimos, es esforzado. Ser montañés es esforzado. Ahora bien, se ha ido perdiendo eso como cultura general, colectiva. En las últimas décadas impera aquello de vivir con el menor esfuerzo posible. Se ha transformado en una bandera.
-En una bandera nacional…
-Sí. Y Mendoza ha caído en eso. Hay varias generaciones, pasando de padres a hijos, que no han hecho esfuerzos para vivir.
-Me acuerdo que cuando Julio Cobos llegó a la gobernación, en 2003, su lema principal era recuperar la cultura del trabajo. Terminó ocurriendo todo lo contrario.
-Exactamente. La cultura nacional se volvió más de derechos que de obligaciones. Y si bien hay que ser más cuidadosos para exigir los derechos que tenemos, también, de la misma forma, hay que ser exigentes para hacer cumplir las obligaciones. En mi gobierno nos hemos caracterizado por marcar ese punto y ha resultado muy conflictivo, ¿no? Por ejemplo, hacerle pagar los impuestos adeudados, no a la gente común, sino a un grupo pequeño de empleados públicos, se transformó en todo un debate cuando, en general, es lo razonable. Y eso que estamos hablando de obligaciones mínimas.
-¿Por qué pasa esto?
-Porque nos hemos acostumbrado a un Estado con mucho empleo público. Y, en algunos casos, con empleo público improductivo. Se han creado oficinas de oficinas de oficinas, con más relato que funciones concretas, sin atender a cuestiones básicas como la seguridad, la salud, la educación o la administración de justicia. Eso genera símbolos, también, porque si vos podés vivir del Estado y con eso te alcanza, para qué vas a hacer el esfuerzo de ir a conseguir trabajo en el sector privado.
-¿Y vivir de esa forma qué implica?
-Tomar deuda, aumentar el gasto corriente y, por ende, los impuestos, con un déficit recurrente. O sea, requiere sacarle cada vez más recursos al sector privado. Yo trato de explicar esto en cada debate con la Justicia. En diez o doce años, de su producto bruto geográfico, porcentualmente Mendoza gasta casi el doble en el Estado. O sea, hemos resuelto todo con el gasto público en vez de tratar de agrandar la torta, por un lado, y por el otro, ver qué se puede mejorar en el gasto. Doy un ejemplo: todas las reformas judiciales que estamos haciendo han sido con la misma plata y con los mismos empleados.
-¿Cómo?
-Cambiando los tribunales orales penales. Todo el mundo está disponible, en cada instancia, para atender las causas. Optimiza otras, optimiza el proceso, en vez de tener compartimentos estancos.
-Y esto sin mucho apoyo de la Corte, entiendo.
-Ha habido que empujarlo, desde luego. Es fundamental que la Corte ponga liderazgo en esto. (Jorge) Nanclares lo conoce mejor que nadie. En un reportaje que le hizo diario UNO, hace doce años, decía exactamente las mismas cosas que dice ahora, como agenda de hoy, al reasumir como presidente del tribunal. Es muy interesante el artículo.
-¿Entonces qué diferencia hay con la situación actual?
-Que, según él reconoció, ahora hay voluntad política para hacerlo, se están modificando las leyes, etcétera. O sea, es una gran oportunidad. En definitiva, este ejemplo demuestra que no hace falta hacer un gran ajuste del Estado sino ser más eficientes, cumplir mejor las tareas. Otro ejemplo: hoy tenemos un stock de remedios como para atender las necesidades de un terremoto. Pero siempre hay que tenerlo, en vez de salir a comprarlo a las apuradas si las circunstancias nos obligan. Esos también son ahorros.
-Haber llegado a gobernador es como una cumbre de una larga trayectoria política. ¿Lo hace más feliz este cargo o lo padece?
-Estoy bastante tranquilo y conforme, pero siempre estoy ansioso porque creo que se puede ir más rápido para alcanzar resultados. Pero no me genera intranquilidad. Me siento bien.
-¿Duerme peor o mejor que cuando estaba algunos escalones más abajo?
-Duermo bien.
-¿Cuánto?
-Unas seis o siete horas.
-¿Y tiene margen para algunas cosas personales? Recuerdo que usted siempre fue deportista…
-Sí, sí… Sigo jugando al fútbol un par de veces a la semana, claro que mis 55 años me pasan cada vez más la cuenta. Disfruto, sí, de estar más en mi casa. Estoy muy metido viendo series en las noches. Me desconecto con eso.
-¿Cuál es en este momento su serie preferida?
-Dark. Me gustó mucho, a pesar de que la ciencia ficción no es mi género preferido.
-¿Ve las series en compañía de su mujer Lucía o se corta solo?
-Algunas las vemos juntos. Ella está con un nuevo emprendimiento, un restorán, así que viene poco en las tardes.

-¿Se sigue jugando al fútbol en Olivos, como en tiempos de Néstor Kirchner?

-¡Claro! Tienen una cancha lindísima. Cada vez que me toca jugar ahí anoto un gol.
-Usted también es un buen lector, me consta. ¿Qué lee en este momento?
-De animales a dioses (de Yuval Noah Harari). Y ahora estoy buscando otro libro que habla de estos temas relacionados con la globalización: Utopía para realistas (de Rutger Bregman).
-¿Qué persigue en esos textos?
-Cómo ser más inteligente en esta etapa en que no es fácil gobernar. Y vengo de leer un libro que me fascinó, Breve historia de todas las cosas (de Ken Wilber). Es larguísimo. Lucía me quería echar cuando fuimos unos días a descansar, porque no salía del departamento (ríe). ¡Estuve siete días seguidos leyéndolo! Se lo he prestado a mi suegro. Todavía no me lo devuelve.
-¿La gobernación le ha hecho ganar o perder amigos?
-Mantengo mis amigos de la primaria y la secundaria, y uno que otro de mi pueblo (Eugenio Bustos). Los seis o siete que tenía. Luego encontré varios amigos en mi paso por la Franja (Morada) y en la militancia. Y he encontrado también en la política.
-Pero el cargo supongo que motiva muchos acercamientos.
-Claro. Por eso hay que saber distinguir los amigos del poder de los amigos propiamente.
-Y saber distinguir a los chupamedias…
-Sí. Siento que la clave de gran parte de los logros obtenidos está en rodearse de gente más inteligente que uno y saber conducirla.
-¿Como quién?
-Como Dalmiro (Garay), a quien le llevo unos diez años. Lo mismo que a Martín Kerchner o a Lisandro Nieri. Tipos, para mí, muy jóvenes. Nombro a estos tres, consciente de ser injusto con otros. Pero es un gusto interactuar con ellos. Le han agregado mucho al gobierno. Bueno, a Martín lo conozco desde hace bastante, porque él trabajaba en el Ministerio de Seguridad con (Leopoldo) Orquín y con Roberto Grillo. En todos los lugares por donde pasé he identificado talentos.
-¿Y lo ha decepcionado mucha gente en estos tiempos? Hablo de gente a la cual haya apostado.
-Sí. He esperado mucho de alguna gente, con resultados decepcionantes. No voy a dar nombres.
-Pensemos hacia adelante. El ministro de Hacienda, Lisandro Nieri, me dijo que 2016 había sido para ustedes el año del ordenamiento, 2017 el año de la transición y 2018 el año del desarrollo y la inversión. ¿Es correcto?
-Sí. Es una cuestión de secuencias. Hoy en día lo fiscal está relativamente controlado. No ha sido fácil y no lo será en el futuro, porque también hemos tomado riesgos, como bajar impuestos o firmar al pacto fiscal 23 provincias. Eso nos hace corresponsables de los temas de déficit nacionales.
-Hay 8.000 millones de pesos previstos para inversión en la provincia. Es una de sus apuestas mayores.
-Es el %11 del Presupuesto. Hacía 15 años que esto no ocurría. Pero no dependemos solo de la inversión del sector público provincial, sino que debemos agregarle el aporte público nacional y, a su vez, creemos que se están creando condiciones para que también invierta el sector privado, por ejemplo, a través de una ruta con peaje como la 82. Otro sector donde hemos apostado fuerte es el energético. Antes de que terminemos el mandato vamos a pasar a exportar energía, incorporando la solar, la eólica. Así era en la década del 60, cuando Mendoza vendía más energía que la que consumía.
-Se comenta que en 2019 el gobierno nacional desatará una avalancha de inversiones públicas y que Mendoza será una de las provincias privilegiadas. ¿Cuáles son nuestras prioridades?
-Tenemos que bajar el costo de transportar bienes hacia los puertos del Atlántico y del Pacífico. Para ello debe estar el ferrocarril San Martín funcionado y tener expedito el paso a Chile. Ambas cosas están encaminadas. Está también, como dije, el tema energético. Para nosotros los motores del desarrollo deberían ser Portezuelo, etcétera. Por otro lado, las obras de riego. Tenemos que hacer mejor lo que ya hacemos bien, como la agroindustria. Nosotros estamos exportando 1.000 millones de dólares en vino y en unos doce años podríamos exportar 3.000 si reconvirtiéramos los viñedos viejos en cepas que tengan mercado. Es un ejemplo de nuestra industria icónica.
-Hace dos años, al hacer esta misma nota, usted auguró sangre, sudor y lágrimas para fin de año, por lo difícil que estaban las cosas. ¿Ahora cuál es el mensaje para 2018?
-Que hay que mantener el orden. No debemos aflojar en eso. Pero hay una perspectiva de progreso. Ahora bien, vamos a estar muy atados al destino del país. No están dadas las condiciones de lograrlo solos.
-¿Y el destino del país cómo viene?
-Vamos moderadamente bien. Pero también dependemos, aquí, de algunos factores exógenos. Internacionalmente existen buena expectativas respecto de nosotros. Por lo tanto, no hay que dejar pasar la oportunidad.
-¿Decimos feliz año nuevo, entonces?
-¡Feliz año nuevo!

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