El sello de Marcelino: al pan, pan y al vino, vino

El sello de Marcelino: al pan, pan y al vino, vino

sep 30, 18 • In Columnas, Política, Tapa

“Pierdo amigos, pero gano respeto”. El intendente de Guaymallén juega fuerte con los vecinos, con Lobos, con Abel Albino…

Al centro Marcelino iglesias, Intendente de Guaymallén, Dr. Albel Albino y el exintendente  Luis Lobos. (Ilustra Diego Juri para UNO)

El intendente de Guaymallén, Marcelino iglesias, y las efigies de Albel Albino y Luis Lobos (Ilustra Diego Juri para UNO).

Por Andrés Gabrielli
Diario UNO

Diría un español que se trata de un tío cojonudo. Un valiente. Alguien que se las aguanta, avanzando a pecho descubierto.

Marcelino Iglesias ha sido siempre así, toda vez que le tocó ejercer de funcionario. Desde mucho antes de ser, hoy, intendente de Guaymallén, comuna populosa y complicada.

“Tengo muy buena relación con la gente, porque siempre empiezo diciéndole que no”, se define.

Por eso mismo no da audiencias en el palacio municipal. Porque, como explica con cruda llaneza, “cada uno que se acerca al despacho es para pedir una excepción”.

Y a Iglesias, que vive en tierra de lobos, no le van las excepciones.

Pocos amigos, pero respetado
La política, sobre todo en la Argentina, es un ámbito de simulaciones. Donde buena parte de los protagonistas se expresa con ambigüedades o, directamente, con mentiras.

Y donde nadie se arrepiente.

Detesta, precisamente, a quienes dicen, muy orondos y de nariz parada, “yo no me arrepiento de nada”.

Acostumbrado a ir al frente sin medir demasiado las consecuencias, acepta, por el contrario: “Yo me vivo arrepintiendo, porque todos cometemos errores. ¿Quién no? Que levante la mano”.

Sus embates, desde que asumió, han sido intensos y constantes.

De movida la emprendió contra su antecesor, Luis Lobos y la numerosa manada de lobitos que dejó desperdigada, cual onerosa herencia, por la administración municipal.

Es una de sus refriegas que menos objeciones recibe de parte de los vecinos. Igual que el ítem recinto, que se aplicará a los concejales guaymallinos. En cambio otras acometidas lo han metido en el ojo de tormentas menores, pero tormentas al fin.

Como fue apoyar que le retiraran la distinción de ciudadano ilustre al pediatra Abel Albino o, una más reciente, la quita de rejas en barrios semiprivados que intentan morigerar la inseguridad reinante.

Del fundador de CONIN lo separa una disputa lejana, cuando Iglesias era legislador y se debatía la ley de salud reproductiva. “Campeaba el espíritu conservador como el del Verbo Encarnado. Albino era uno de esos santones. Yo lo enfrenté y lo derroté claramente”, saca cuentas.

En cuanto a las rejas barriales, el concepto es claro: la comuna apunta a dejar expedito el espacio público. Como manda la ley.

“Acciones como esta implican pagar costo, costo, costo…”, martilla el intendente. “Lleva, en consecuencia, a perder amigos y a ganar adversarios. Pero, al mismo tiempo, gano en respeto. Algo de lo que muy pocos políticos se pueden ufanar”.

Lo que queda en limpio es que no bajará la guardia, pese al reflujo de sus iniciativas: ”A algunos les jode que alguien les corra el maquillaje”, desafía. Disfruta incomodar. Sobre todo a los propios.

Chinchudo y dubitativo
De haber optado por los cánones marketineros prescriptos en Cambiemos por Durán Barba, Iglesias podría ofrecer un rostro de cabecilla bonachón y besuqueiro de infantes. Algo así, aprovechando el nombre, como Marcelino, pan y vino, el recordado filme español que relata la historia de un niño expósito que se comunica con el Jesús del madero.

El Marcelino guaymallino es su opuesto en cuanto a temperamento: “Soy grande, chinchudo y cascarrabias”, dice, a modo de autorretrato. También para poner distancia.

Redondea: “No tengo plata. No tengo mujer. Y no me gusta, por lo tanto, que nadie me diga lo que tengo que hacer”.

Esto último apunta a dos frentes. A aquellos que lo impulsan a anotarse en la carrera para la gobernación del año próximo. Y a quienes le ruegan que pelee por la reelección, debido al gran peso electoral de su comuna.

Descarta la gobernación de cuajo. En cuanto a repetir otro período en la intendencia, no lo tiene decidido aún: “No sé qué va a ser de mi vida”.

Un gran condicionante es la crisis nacional: “No veo la luz ni cerca. La recaudación es todo un interrogante. Va a estar muy lejos de lo que nos estamos imaginando”.

Illia, Cobos… viejas lealtades
El temple político y las lealtades personales se le forjaron desde muy chico. Desde que conoció a Arturo Illia, que “era muy amigo de mi padre” (Marcelino Oscar), por entonces intendente de Chazón, un pueblito de Córdoba de 500 habitantes.

Esa línea de conducta lo lleva a sostener hoy su amistad y su aprecio por Julio Cobos, pese a que no logra explicar los errores cometidos por el exvicepresidente con la imagen pública de su novia Natalia Obón y que prácticamente, según piensa, lo dejan afuera de la competencia por la gobernación. “No entiendo qué le pasó, pero respeto su silencio”.

Tampoco se desdice de lo que opinaba de Macri ya en la campaña electoral de 2015. “No me gustaba entonces por lo mismo que no me gusta hoy. Por su estilo dubitativo y tibio. Aunque admito que ha mejorado mucho su mensaje”.

Esto es lo que lo lleva a reconocer en Cornejo a un gobernador decidido y con carácter: “No soy de los que le chupan las medias a Alfredo. Pero me llevo muy bien con él”.

Cuestiones de sello. De maneras de ser. Que lo ponen, paradójicamente, en la vereda opuesta de sus aliados políticos directos, Julio Cobos y el lasherino Daniel Orozco, a quienes retrata como cultores del estilo Bambi, pues se asientan en la creencia del carisma personal.

“Yo soy al revés. Alguien con experiencia en administración. Y un obsesivo de la gestión”, detalla Iglesias.

A tal punto, que asegura tener acopiados los recursos suficientes para pagar los sueldos hasta marzo.

Así vale la pena ganar adversarios.

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