Isabel Allende: “Puede haber un cambio positivo en Chile si no se meten los militares y la derecha cede sus privilegios”

Isabel Allende: “Puede haber un cambio positivo en Chile si no se meten los militares y la derecha cede sus privilegios”

mar 5, 20 • In Música y Letras, Tapa

Entrevista exclusiva por Andrés Gabrielli

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Isabel Allende es, en la actualidad, “la escritora viva más leída en lengua española”, como bien la define un reciente artículo en El País de España.
Desde que publicó su inaugural y consagratoria novela La casa de los espíritus (1982), ha vendido más de 74 millones de sus libros traducidos a 42 idiomas, tal cual señala su propio sitio web isabelallende.com.

La autora acumula 15 doctorados internacionales y más de 60 premios en más de 15 de países.
Lo que se dice, con todas las letras, una celebridad.

En esta entrevista, que concedió, en forma exclusiva, al programa “La Conversación” de Radio Nihuil, habla de su nueva novela, Largo pétalo de mar, un bello título inspirado en una línea de Pablo Neruda para pintar a Chile, el país que lleva en el corazón, pese a haber nacido en Perú y vivir hace unos treinta años en California, desde donde se prestó al diálogo.
Durante la charla, además de su obra literaria y de la tarea de su fundación humanitaria, surgieron otros temas de gran actualidad como la Norteamérica de Donald Trump, ese “misógeno” a quien detesta; su relación con Neruda, de quien aún se sospecha que fue asesinado por la dictadura de Pinochet; o de la conflictiva crisis que está atravesando Chile.

-Largo pétalo de mar, su nuevo libro, se trata de una novela histórica, que se desarrolla entre España y Chile, desde los años `30 a los `90, pero que, a su vez, anticipa varias de las cosas que están sucediendo en estos días. ¿Qué opina?
-Yo creo que es al revés. Recordé esa historia, esa época, por las cosas que están ocurriendo hoy. Pero la inspiración viene porque está en el aire el tema de los refugiados, el tema del fascismo. Mis últimas tres novelas se refieren a inmigrantes y refugiados. En este último caso son los refugiados españoles en 1939, que llegaron a Chile llevados por (Pablo) Neruda. Fue una situación muy dramática para ellos y muy beneficiosa para Chile, porque esa gente dejó una huella imborrable.

-¿Cuándo terminó de escribir la novela?
-Fue el año pasado, no me acuerdo bien. Se publicó en agosto en español.

-Le preguntaba porque ahí, sobre el final de la historia, cuando en Chile había vuelto la democracia tras el paso de Pinochet, usted dice que Santiago, en ese momento, es “una de las ciudades más segregadas del mundo” y que “los pobres se volvieron invisibles”. Como un anticipo de lo que está ocurriendo hoy, ¿no?

-Yo no lo podía anticipar. Pero esa es la verdad. Santiago es una ciudad segregada, donde los pobres viven separados de la gente que tiene dinero, de lo que llamamos el barrio alto. Y sigue siendo así.

-¿Cuál era el barrio de Santiago en su niñez?
-Providencia, que hoy en día es un barrio totalmente comercial. En aquella época esa zona era residencial, con casas de familia. No había comercio allí.

-Fíjese, justamente, que hoy el epicentro de los conflictos en la capital es donde empieza Providencia, en Plaza Italia.

-Claro, que hoy se llama Plaza Dignidad.

-Volviendo a su libro, es muy bonito el título, como metáfora de Chile.
-Es una cita de Neruda, que describe al país como un “largo pétalo de mar y vino y nieve”.

-Usted rescata otra línea preciosa de Neruda referida a su país: “Delgada es nuestra patria/y en su desnudo filo de cuchillo/arde nuestra bandera delicada”.
-Sí. Varias de las citas de Neruda que pongo en el libro son hermosísimas. Leí muchos de sus poemas para encontrarlas y que, de paso, calzaran con cada capítulo.

-Bueno, recordemos que usted lo entrevistó alguna vez a Neruda.
-(Ríe) En verdad, fui a verlo para eso, pero él no quiso que lo entrevistara. Resultó un poco trágico para mí.

-¿Cómo fue eso? Cuéntenos.
-Yo era una periodista joven y muy arrogante, muy feminista también. Y Pablo Neruda me invitó a su casa en Isla Negra en 1973, poco antes del golpe militar. Era invierno. Pensé que el poeta me estaba invitando para que lo entrevistara. Así que me fui bajo la lluvia, en una tormenta.

-¿Y qué pasó?

-Neruda me sirvió un almuerzo: una corvina preciosa, un vaso de vino blanco… Y cuando le dije, “Mire, don Pablo, ya está por oscurecer, yo me tengo que volver a la casa, hagamos la entrevista”, él me respondió: “¡¿Qué entrevista?! ¡Si tú eres la peor periodista de este país! No puedes ser objetiva. Te pones al medio de todo. Estoy seguro de que si no tienes una historia, la inventas”. Lo dijo en forma simpática, riéndose. Y añadió: “¿Por qué no te trasladas a la literatura, donde todos estos defectos son virtudes?”.

-Y usted no le hizo caso en ese momento…
-No. Debería haberlo hecho. Escribí La casa de los espíritus, mi primera novela, ocho años más tarde.

-Usted trabajaba en ese entonces en la revista Paula, ¿no?
-Correcto.

-¿Y entonces por qué Neruda la invitó a su casa?
-Porque yo escribía unos artículos de humor en la revista que a él le gustaban. No existía la Internet ni ninguna de esas cosas, por supuesto, pero le llegaba la revista y recortaba los artículos. Y me han dicho -aunque no lo puedo comprobar- que les hacía sacar copias y se los daba a los amigos.

-Hablando de humor, usted contó lo mal que le fue en Venezuela, cuando estuvo exiliada, porque allí el sentido el humor es muy distinto. No cuajaba con el espíritu de ellos.
-(Ríe) ¡Para nada! El humor es cultural y depende de la lengua y el lugar. El humor chileno es cruel. Puede ser muy negro… saca roncha. La gente en Venezuela no apreciaba eso para nada. El humor de ellos es mucho más simpático y alegre; es ingenioso, con juegos de palabras. Muy diferente al nuestro.

-¡Las ironías del destino! Tanto en la novela como en su propia vida, muchos chilenos, durante la dictadura, se exiliaron en Venezuela. Hoy es al revés: tanto Chile como otros países de la región están llenos de venezolanos que debieron emigrar.
-Exactamente. Si uno vive lo suficiente, ve cómo los círculos se cierran.

-Lo afirma, textualmente, en su libro…
-Yo en Venezuela conocí a Víctor Pey Casado, uno de los pasajeros del Winnipeg, el barco que llevó a los refugiados españoles de la guerra civil a Chile. Este hombre me inspiró para la novela. Él me contó su historia y yo la guardé durante cuarenta años en el corazón, hasta que llegó el momento de contarla. El relato se basa bastante en su vida, porque él pasó por todas las peripecias que tiene el protagonista de mi novela, Víctor Dalmau. Como verá, le puse el mismo nombre: Víctor.

-Precisamente, la tapa de su libro lleva la proa del Winnipeg, ese barco que llevó a los refugiados que eran rechazados por buena parte de la opinión pública chilena por delincuentes, comunistas y ateos.

-Claro. La derecha y la Iglesia Católica estaban completamente en contra. Es la retórica, la narrativa que uno ve en los periódicos de la época; en los documentos, las discusiones en el Congreso… Una retórica igual a la que vemos hoy en día contra los inmigrantes en Europa y en los Estados Unidos.

-Qué gran gesto el de Neruda, al adquirir el Winnipeg y empeñarse en el viaje, ¿no?
-Tenía muchos amigos en España. Él había sido cónsul allí; había escrito ese poema maravilloso, España en el corazón, y siguió de cerca lo que pasaba en la guerra civil. Muchos de sus amigos murieron, como Federico García Lorca y otros. O sea, que le importaban mucho España y la República.

-Usted menciona más de una vez a Víctor Jara, asesinado por la dictadura chilena. ¿Podríamos asimilar a Jara con García Lorca o Miguel Hernández como los poetas que fueron víctimas de los regímenes fascistas en ambos países?
-Nunca lo había pensado, pero usted tiene razón. Como voces que el fascismo acalla.

-En la página 287 de su novela usted desliza una pregunta que se sigue haciendo el mundo respecto de la posibilidad de que Neruda haya sido envenenado. ¿Qué datos tiene al día de hoy?
-No se sabe, porque se exhumó el cadáver y mandaron a hacer los análisis afuera. No sé los resultados. Pero la idea de que fue envenenado coincide con que Eduardo Frei Montalba, que había sido presidente de Chile y que podía ser una alternativa democrática a la junta militar, también fue envenenado. Hubo tantos casos de asesinatos que cometió la dictadura, algunos abiertamente y otros solapados, que se sospechó mucho la muerte de Neruda como envenenamiento.

-Él, en ese momento, tenía problemas de salud, ¿no?
-Tenía un cáncer, pero no estaba en etapa terminal ni mucho menos. Yo lo vi un mes antes, como les conté, en Isla Negra. Se veía una persona bien, totalmente normal. Nos sentamos a comer a la mesa, conversamos todo el día, tomó vino… No era una persona enferma. Ahora bien, esto no lo he comprobado personalmente, pero dicen que el día del golpe militar le allanaron la casa. Primero fue la casa de Santiago, donde quemaron cosas. Después llegaron los soldados a Isla Negra y se agravó su estado, o le dio algo al corazón, y se lo llevaron en ambulancia a Santiago.

-O sea, sigue abierto el enigma sobre el asesinato.
-No sería raro. Pero, ¿por qué asesinar a Neruda? ¿Qué peligro podía representar? Pues bien, el peligro mayor era que, el día del golpe militar, le llegaron a Isla Negra telegramas de todas partes del mundo, de Alemania, de los países escandinavos, de Inglaterra, de todos lados, ofreciéndole asilo. O sea que Neruda era una voz internacional que podía hablar contra la dictadura y contra la represión en cualquier parte.

-Claro. La junta militar quería arrasar con todo lo que tuviera que ver con el régimen de Allende, pero Neruda era intocable.
-Es así. No lo podían tocar.

-Usted toca, también, algo temas de soslayo, que son actuales, como el aborto. También hay un cura, bastante siniestro en la trama, que lo llama Vicente Urbina…
-Mire usted… Ese cura era miembro de mi familia, así que no me lo tuve que inventar. Esa historia existió. Por suerte no era muy cercano a mí (sonríe).

-¿Pero usted tenía contacto con él?
-Yo no, pero mi madre sí. Ella casi se murió cuando salieron a la luz los casos que lo involucraban. Y no era el único caso el suyo.

-Lo sacaba a colación porque este Urbina nos remite a un cura similar, Fernando Karadima, que también atendía a familias acomodadas de Santiago.
-Se parecen mucho. Pero Karadima no era el único, ¿no? Hubo otros. Hay como 300 casos de pedofilia entre sacerdotes en Chile. El desprestigio de la Iglesia Católica ha sido brutal.

-Hablando de referentes históricos reales, usted pone en acción, dentro de Largo pétalo de mar, a Neruda, que es fundamental para el desarrollo de la trama, y a Salvador Allende, que juega al ajedrez con su personaje central.
-Sí. Allende también es fundamental en la historia porque, si no, ¿cómo explicamos el golpe militar y el segundo exilio del protagonista?

-Su propio apellido, Allende, ¿cómo le pesa, teniendo en cuenta esta trágica historia?
-No lo siento como un peso. He llevado siempre el mismo apellido y nunca me lo he cambiado, pese a que me casé tres veces. Lo llevo con orgullo y con sentido de responsabilidad.

-¿Cómo es ese proceso que vivió usted, con una historia guardada durante cuarenta años, hasta que llegó el momento de contarla?
-Es que hay ciertos temas, como el de este caso, que están en el aire, en la conciencia colectiva. ¿Y cuándo es el momento de contarlo? Cuando uno ya siente como que le pica. Le pica la piel. Le pica adentro y ya no puede vivir con eso. Hay ciertas obsesiones, ciertas cosas que en mi vida han marcado un libro. Por ejemplo, cuando murió mi hija Paula escribí una memoria con su nombre, que no hubiera podido escribir en ningún otro momento de mi vida. Todo tiene su momento.

-Usted es una escritora siempre comprometida con la realidad local y mundial. En ese contexto, ¿cree usted que puede haber una posibilidad de resolver antiquísimos problemas de la humanidad con las nuevas tecnologías o tiene miedo de que se profundicen?
-Pueden pasar cualquiera de las dos cosas, pero en mi vida he visto que vamos como en zigzag. Hay momentos de gran oscuridad y otros momentos que son esperanzadores, en que parece que damos un paso más hacia la evolución. Y como escribo novela histórica y estudio el pasado, puedo decir que ningún tiempo pasado fue mejor; que la curva de la evolución de la humanidad es ascendente. Entonces no me dejo aplastar por este momento de oscuridad y de surgimiento del fascismo que vemos hoy en tantas partes del mundo, porque creo que es temporal. Eso va a cambiar. Las generaciones jóvenes están en otra. No creen ya en las instituciones que vienen del siglo XIX, inmutables; no creen en el Congreso, en el sistema judicial; no creen en nada. Entonces va a haber un cambio. Ese cambio puede ser muy doloroso al principio, pero va a ser para mejor. La humanidad progresa. No estamos en la Edad Media.

-Usted puede dar testimonio personal de todo esto.
-Fíjate. Yo nací a mitad de la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera existía la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No existían las Naciones Unidas. Era la época del Holocausto, de las bombas atómicas. Un momento espantoso de la humanidad. Y hemos evolucionado. Hemos cambiado.

-También para mal…
-Sí, hemos tenido culatazos que nos echan para atrás.

-En Largo pétalo de mar, el protagonista, Víctor Dalmau, se autodefine con estas palabras: “Mi vida ha sido una serie de navegaciones, he ido de un lado a otro en esta tierra”. Casi que habla por usted…
-(Ríe) Yo he sido, como decía Neruda, una eterna desterrada. Me parece un poco fuerte la palabra desterrada en mi caso. Diría, mejor, que he sido una eterna extranjera. Primero, porque nací en el Perú. Cuando mi padre abandonó a mi madre, terminamos en Chile, en la casa de mi abuelo, donde me crié. Después mi madre se casó con un diplomático, así que me tocó viajar en la adolescencia. Después vino el golpe militar y me fui a Venezuela como refugiada y a continuación vine como inmigrante a los Estados Unidos, donde vivo ahora. Entonces, ¿adónde pertenezco? Bueno, no sé… Creo que en los libros, en la memoria, en la gente que quiero, pero no en un lugar determinado.

-Por eso mismo, su vida ha sido una larga serie de navegaciones…
-(Sonríe) Podría ser. Son también navegaciones de la memoria y de la imaginación. Mis nietos dicen que yo tengo un pueblo en la cabeza y que vivo en ese pueblo. Y esas son también mis navegaciones: el irme a lugares imaginarios y hacia el pasado.

-¿Hace cuánto que vive en los Estados Unidos?
-Treinta años, más o menos.

-¿Cómo hace, entonces, para mantener el tono, la atmósfera, cuando escribe sobre Chile? La misma pregunta le hicimos a Rosa Ribas, que hace años que viven en Alemania, pero sigue escribiendo sobre su Cataluña natal.
-Sí, sé quién es ella. Yo creo que una lleva algo adentro. ¿Por qué, cuando me preguntan, digo que soy chilena, pese a que tengo pasaporte norteamericano y he vivido allí más que en cualquier otro lugar? Porque hay algo de la primera infancia que a uno lo determina; determina los recuerdos, la personalidad, el tono con que uno enfrenta la vida. Para mí Chile es lo que me dio eso, en esos primeros años en la casa de mi abuelo. La voz de mi abuelo adentro. El Chile que recuerdo… Yo escribí un libro que se llama El país inventado, porque el Chile que recuerdo es un Chile inventado, no el de hoy. Es el Chile de entonces. A ese yo pertenezco. No me cuesta nada evocarlo.

-No le pasa, entonces, con otras geografías.
-Claro. Si a mí me dicen, por ejemplo, que me refiera al mango de Venezuela, tendría que ir al mercado, comprar uno, volver a olerlo, probarlo, para poder describirlo. Pero sobre el durazno chileno, no tengo ninguna investigación por delante. Sé exactamente cómo sabe y cómo huele, cómo se ve.

-Hablando de aromas y sabores, usted, a Víctor Dalmau, para que evoque su tierra española, lo hace cocinar un arroz negro, con calamares. Usted misma, Isabel Allende, en Estados Unidos, ¿cuál su plato, ese que la devuelve a la patria?
-Hay una cosa que nosotros llamamos charquicán. Soy una experta en prepararlo.

-Celebro, por lo mismo, que en su libro lo cite a Neruda con su Oda al caldillo de congrio, de ese maravilloso catálogo chileno que son sus Odas elementales…
-Sí, cuando dice: “En el mar/ tormentoso/ de Chile/ vive el rosado congrio,/ gigante anguila/ de nevada carne”…

-Tenemos entendido que usted es, también, aficionada al vino.
-Me gusta tomar buen vino, porque, ya que vamos a consumir las calorías, por lo menos que sean de calidad. No me importa pagar lo que sea por un buen vino.

-Ha sabido elegir lugares, porque pasó de Chile a California, dos tierras vitivinícolas.
-Claro. Tengo un amigo que es viñatero, que me enseñó qué clase de vino es el que me gusta a mí. Supongo que es algo muy personal. Pero al darme a probar tanto, aprendí algo.

-¿Y cuál vino le gusta, Isabel?
-Me gustan los vinos rojos que no sean ácidos. Que sean suaves. Pueden ser aromáticos y profundos, pero suaves.

-Hay dos grandes vinos de Chile, como el cabernet y el merlot…
-También el pinot noir.

-También. ¿Y cómo anda con el malbec argentino? Mendoza es capital de esa cepa.
-¡Ah, pero aquí es muy famoso el malbec argentino! ¡Muy famoso! Yo, aquí mismo, en mi casa, tengo malbec, porque me encanta. Es un vino maravilloso.

-¿Cada cuánto vuelve a Chile?
-Cada dos o tres años, más o menos. Iba más antes, cuando estaban mis padres vivos, pero acaban de morir. Murieron viejitos, ella de 98 y él de 102.

-¡Qué bárbaro!
-Qué bárbaro, sí. Espero que no me ocurra a mí la misma desgracia. No quiero vivir tan largo.

-¿Por qué lo dice, si usted se acaba de enamorar?
-Sí, pero ¿cuántos años tenemos por delante Roger y yo? Unos pocos, nomás. No queremos, tampoco, estar totalmente decrépitos. ¿Pa’ qué?

-Pero dicen que el amor alarga la vida.
-Bueno… Mientras esté sana y me funcione la cabeza para escribir, está bien. Pero cuando una empieza a depender completamente y a necesitar ayuda para todo, no, ya basta.

-Volvamos a Chile. ¿Cómo cree que va a evolucionar la complicada situación actual?
-En este momento el Gobierno y la derecha esperan que las cosas se mantengan más o menos como están por cansancio; que llegue un momento en que la gente ya se cabree de protestar. Creo que hay un descontento acumulado de unos treinta años, por lo menos.

-¿Descontento ante qué?
-Ante la desigualdad, la falta de oportunidades, la corrupción; el hecho de que tan poca gente controle el país, en todo sentido, porque lo controla económicamente, políticamente. Y el 40% de los chilenos viven a crédito o viven pobres. Por lo tanto, no va a ser fácil aplastar ese descontento y ponerle un parche curita a la herida abierta que hay.

-¿Entonces?
-Pienso que puede evolucionar bien esto si no se meten los militares, si hay una nueva constitución y si la derecha cede parte de sus privilegios o se los quitan. Entonces va a haber un cambio positivo en Chile, sin duda.

-En su nuevo libro y en otros anteriores, usted ha abordado el drama de los inmigrantes en distintas épocas. Le preocupa seriamente. ¿Cómo está viviendo, desde adentro, la Norteamérica de Donald Trump?
-En forma muy personal, porque yo tengo una fundación (Fundación Isabel Allende o The Isabel Allende Foundation), cuya misión es invertir en el poder de mujeres y niños.

-¿Cómo es eso?
-Ayudamos a financiar programas que le den poder a la mujer, porque creemos que es la mejor manera de cambiar el mundo. Desde que salió elegido Donald Trump en 2016, hemos concentrado la labor de la fundación en ciertos temas que están en peligro en estos momentos. Unos son los derechos reproductivos. Están cerrando todas las clínicas donde hay planificación familiar y aborto. Otro es la violencia y la explotación contra la mujer, porque este es un gobierno misógeno, como sabemos que es Trump. Y luego nos hemos concentrado en la frontera con los inmigrantes, porque los que sufren más con las nuevas medidas son mujeres y niños, que están atascados al otro lado del muro en campos de refugiados.

-¿Campos de refugiados?
-Sí. No los llaman campos de refugiados, del mismo modo que no llaman a los campos de detención lo que verdaderamente son. Son prisiones. O sea, que se trata de eufemismos para tratar esta realidad. Pero como mi fundación tiene programas allí mismo, sabemos muy bien cómo es la situación. Yo la vivo muy intensamente.

-Estados Unidos, además, se encuentra en pleno proceso electoral. ¿Por quién va a votar? ¿Por Bernie Sanders?
-Por el que sea. ¡Por mi abuela voy a votar!

-(Risas) ¡Con tal de que no gane Trump!
-¡Claro!

-¿Cómo se financia su fundación y cómo se puede colaborar con ella?
-Se mantiene con mis libros. Yo tengo una vida bastante sencilla, porque no necesito más y gran parte de mis ingresos van a dar a la fundación. Si usted se mete en mi página web (isabelallende.com), lo primero que sale es la fundación. Para aquella gente que quiere colaborar, hay una lista de las organizaciones que nosotros apoyamos. Pueden invertir en cualquiera de ellas, directamente, porque nosotros ya las hemos investigado y les seguimos la pista, año tras año. Sabemos que son serias, sabemos dónde va el dinero y cómo se usa.

-¿Cuánto tiempo lleva en esto?
-Unos veinte años y muy pocas veces he tenido que eliminar alguna organización que hemos estado apoyando, porque ha habido corrupción o porque el dinero no se empleaba de manera transparente.

-Sus libros se venden por millones y se han traducido a más de 40 lenguas. Usted ha sido traductora. ¿Cómo convive con las versiones de sus obras?
-Yo la única traducción que leo es la americana, la inglesa. No conozco muchos otros idiomas. Podría leer mi traducción al francés, pero mi francés no es tan bueno como para ver sutilezas. Veo, sí, con mucho cuidado, mi traducción al inglés porque sirve de referencia para otros traductores también.

-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, digamos que en Bulgaria hay alguien que está traduciendo directamente del español. Si necesita una referencia, se puede ir a la versión inglesa.

-¿Y cuando el traductor está trabajando en la versión en inglés, usted colabora con él o no se mete?
-Sí me meto. No durante el proceso, pero me meto al final. En general, mis traductores ingleses trabajan muy bien. Lo que se pierde un poco son cosas de ironía, de humor.

-Ahora bien, usted que lee línea por línea, si llega a encontrar algo que no le gusta, que no le cierra, ¿puede meter mano o no la dejan?
-¡Por supuesto que sí! La palabra final es mía. Lo que yo digo, vale.

-¿Y se ha dado, alguna vez, que el traductor al inglés le haya mejorado un párrafo?
-¡Claro que sí! Pero ya es tarde… porque ha sido publicado en español (risas). Es curioso, pero hay cosas que funcionan en ciertos idiomas y en otros no. En materia de lo políticamente correcto y en inglés, sobre todo en los Estados Unidos, se ha llegado a una exageración total, de manera que no hay humor posible, porque todo cae mal.

-De acuerdo ¿Qué hacemos, entonces, con los viejos poetas malditos, con los rebeldes de antaño? Hoy no podrían ser editados.
-¡No, pue’! Hoy hay una censura total. En este momento hay una tremenda controversia en los Estados Unidos por un libro que se llama American Dirt, traducido como Tierra americana. Lo escribió una mejicoamericana (Jeanine Cummins), en inglés y ella misma lo tradujo.

-¿Y por qué la controversia?
-Ha tenido una crítica feroz porque lo escribió una mujer blanca poniéndose en el papel de una mejicana inmigrante, mientras que hay tantos escritores latinos, que han escrito historias semejantes y no han tenido ni el avance ni el dinero que le han dado a ella, ni la publicidad ni el respaldo que le ha dado la editorial. O sea, se considera políticamente incorrecto que un escritor o escritora se ponga en el papel del otro. Por lo tanto, acabamos con la ficción, porque, ¿en qué consiste la ficción justamente? Es un acto de empatía, de ponerse en el papel del otro y vivir su vida.

-¿Cómo haríamos hoy, pues, para editar a Céline o a Ezra Pound? ¿Podríamos sacar libros del Marqués de Sade?
-Bueno, del Marqués de Sade, sí, porque la pornografía, el erotismo y el masoquismo no han sido tocados ni con una pluma.

-Usted es una militante feminista de larga data. Suele contar cómo, años atrás, su propia hija la criticaba porque el feminismo, en algún momento, había pasado de moda…
-El feminismo dejó de estar de moda en un momento determinado. En los años ochenta, cuando mi hija me dijo eso, hubo un culatazo que echó para atrás no lo que se había obtenido legalmente, pero sí desde el punto de vista cultural. Y luego retomó impulso, porque son revoluciones que no se pueden detener, van en oleadas.

-¿Y ahora?
-Hay una oleada joven. Empezó con el Me Too y ha incorporado muchas otras cosas al feminismo como los problemas de raza o el LGTB.

-Las posiciones, a veces, se vuelven más agudas. Por ejemplo, hace poco entrevistamos en nuestro programa a una argentina, Carla Castelo, que acaba de publicar un manifiesto contra el amor romántico, algo que usted reivindica a esta altura de su vida.
-No lo había pensado así. Tendríamos que empezar por definir qué es el amor romántico. Si va a ser el de la Cenicienta, de la Blancanieves o de la Bella Durmiente, que espera que llegue el príncipe a despertarla con un beso, eso es políticamente incorrecto hoy, es antifeminista. Pero el enamorarse apasionadamente, el querer estar con el otro -heterosexual o no-, nunca va a pasar de moda. Bueno, pero puedo estar equivocada. Tendría que leer el libro.

-Recuerdo que alguna vez usted dijo que La Cenicienta era bastante estúpida…
-¡Estúpida y media, pue’!

-¿Se refiere a la Cenicienta de Disney o a la de los cuentos de hadas clásicos, como el de Perrault?
-La misma. La Cenicienta, la Blancanieves, todas eran indefensas, vulnerables, sumisas… ¡Tontas, pues!

-Volvamos a su trabajo de escritora. ¿Cumplió con el rito de empezar cada 8 de enero un nuevo libro?
-Sí, querido, pero me tocó ahora la promoción de la novela en inglés. Primero hice Alemania, Italia, España, Sudamérica… Después hice Estados Unidos. Ocho ciudades americanas en diez días. Y de ahí a Inglaterra. Por lo tanto no he tenido tiempo de dedicarle mucho. Ahora que volví a mi casa por fin -y por eso estoy hablando con ustedes-, estoy escribiendo de nuevo. Y como estoy un poco cansada de la promoción, no estoy muy inspirada.

-Pero lo suyo es voluntad de trabajo…
-Ya aprendí que tengo que empezar algo el 8 de enero, aunque no esté inspirada. Mi método es que, cuando no tengo una novela adentro, escribo no ficción, porque tengo, como ustedes, el entrenamiento de periodista. Y si me dan tiempo y un tema que me interese, bueno, puedo escribir sobre casi cualquier cosa.

-Una lección profesional admirable, sobre todo para aquellos que justifican su escasa producción con la ausencia de las musas.
-(Ríe) Claro, porque si vas a esperar a que venga la musa… puedes esperar sentado…

-¿Tiene algo de cine por delante? Usted siempre nutre con sus historias a otras disciplinas.
-Hay varios proyectos, pero más que nada para miniseries, que ahora están muy de moda, más que el cine, casi, para poner la literatura en la pantalla.

-¿Sobre cuáles libros?
-Son como cinco. Tengo una opción para La casa de los espíritus, otra para Hija de la fortuna. Inés del alma mía ya se está terminando de filmar en Chile y en España. También hay, curiosamente, una especie de biografía ficcionalizada de mi propia persona. La van a hacer en Chile. Me da terror, ¡porque pueden hacer lo que quieran y quedar yo como una bruja malvada en la teleserie! (ríe).

-Bueno, le damos el antídoto: publique su autobiografía. Con esa versión oficial será más difícil que la traten mal.
-He escrito memorias. Pero mi biografía no tiene ningún interés.

-Con todo respeto, Isabel, eso lo decidimos nosotros, sus lectores (risas).
-Lo que pasa es que no me importa lo que digan de mí, porque sé que soy una persona pública y, por lo tanto, estoy expuesta a todo, a lo bueno y a lo malo. Pero me angustia un poco cómo puedan retratar a ciertas personas de mi vida, cuya privacidad hay que defender; digamos, por ejemplo, mi exmarido, el padre de mis hijos; o mis hijos. Hay que tener respeto por ellos.

-Es verdad. Usted sabe bien que los periodistas no perdonamos nada. Somos muy irrespetuosos.
-Eso es lo que yo sé, justamente. He estado ahí, ¡cómo no voy a saber! (risas)

-¿Qué está leyendo en este momento?
-Estoy leyendo toda la obra de un escritor irlandés, que vive en Nueva York, Colum McCann, que viene de recibir una distinción muy importante aquí, el Premio Nacional de Literatura, con una obra que se llama Let the Great World Spin. Es su gran libro. Y no está publicado aún, pero yo estoy leyendo una copia que me mandaron de su nuevo libro titulado Apeirogon, que alude a una forma geométrica. Es sobre el conflicto israelí-palestino. Los protagonistas son dos padres, uno de cada comunidad, cuyas hijas han sido asesinadas por el enemigo. Este es un hecho real, las personas existen con sus nombres y se juntaron para crear un movimiento de paz. Es una novela muy compleja y muy linda. Esto es lo de última hora, pero, mira, en una semana yo leo como dos o tres libros.

-Y en materia de series, ¿hay alguna que la esté atrapando?
-No veo mucha televisión. Veo cine, muchas veces en el televisor. Pero no me dejo atrapar por las miniseries ¡porque son una esclavitud!

-Hablando de cine, ¿vio la coreana Parásito?
-Sí, la vi.

-¿Y Joker?
-También.

-Impactantes, ¿no?
-¡Mucho! Y curiosamente es el tema de hoy. El tema de la desigualdad entre los ricos y los pobres, del descontento. Cuando dieron el Joker en Chile, dicen que la gente salía de los cines de los barrios altos muda de terror (ríe).

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